jueves, 26 de diciembre de 2013

Mi bendita locura.

—No puedo evitarlo— dijo, mirándose las manos.

Quise abrazarle, pero en su lugar me mordí el labio inferior. Aparté la vista cuando volví a sentir la necesidad de describir la luz del atardecer y ese tipo de cosas que le ponen de los nervios. Me miré los zapatos y durante dos parpadeos deseé que las cosas volvieran a estar como hace dos años, cuando aún no le conocía lo suficiente como para permitirme no juzgarle.

—¿Siguen ahí?— pregunté, cauta. Mantuve la mirada fija en el suelo, percatándome del contraste que presentaban los cordones blancos con la oscuridad de las zapatillas raídas.

Alzó la vista. Me negué a mí misma a mirarle directamente al iris. Sabía que no podría soportar la imagen de sus ojeras violáceas, sus pupilas dilatadas, su interminable y frenético parpadeo, esa escasez de razón, de entendimiento y complicidad.

—¿Quiénes?— articuló.

Bañé mi labio inferior, ya dolorido, saboreando el reguero de sangre que sin apreciarlo había surcado mi boca hasta llegar a la comisura derecha. Inspiré hondo. No podía apartar la vista del suelo.

—Las voces— respondí. —¿Siguen ahí?

—No lo sé.

No pude reprimir durante más tiempo el vacío que amenazaba con devorarme por dentro y comencé a llorar.
Lloré, sí. Como quien sabe que lo ha perdido todo. Me sentía pequeña, frágil. Yo misma percibí como mis pensamientos intentaban evitar desconectarse del todo de mi consciente.

Pero no podía. Aquello era más fuerte que yo. Siempre lo había sido.


—¿Siguen ahí?— dije, quizás elevando demasiado el tono. Sentí como Eloy se tensaba junto a mí, agarrándome las muñecas mientras yo lloraba.

—Se irán.

—¿Siguen ahí?

—Se irán.

Lloré más fuerte. Las lágrimas habían empapado ya la mayor parte de mi rostro. Supe que el color de mis ojos se había aclarado cuando me esforzaba por no perder las pocas fuerzas que le quedaban a mis piernas. Aquello se había alargado demasiado. Eloy se erguía a mi izquierda como quien trata de que un niño pequeño cese de llorar sólo con mirarlo. No decía nada, no trataba de consolarme, simplemente me observaba. Y yo lo agradecía. Él sabía, a pesar de su situación, que no soportaría mirarle directamente a los ojos. No podría verle así.

—¿Por qué vienen?— pregunté a duras penas, esforzándome por no articular fonemas sin sentido.

—Porque necesitan recordarte que estás viva.

Había escuchado esa misma frase tantas veces. De boca de Eloy todo parecía tan sencillo. Tan real.
Quise apoyarme en su hombro, pero él se apartó.
Entonces cometí el error de mirarle.

Sus ojos me miraban cansados, confusos. Su boca, fina y perfecta, me recordaba que no podría alcanzarle nunca. Sentí de nuevo ese torrente de lágrimas queriendo escapar por los ojos.

Entonces me rompí.

Caí al suelo, notando como el frío de un charco empapaba mis rodillas. La noche anterior había llovido como no lo hacía desde hace dos años. No me esforcé por cubrirme los ojos, siquiera. Simplemente lloré mientras Eloy seguía mirándome.

¿Vivir? ¿Para qué demonios quería yo vivir si no podía tenerle a él?

Se agachó hasta quedar a mi altura, sin palparme, mientras escuchaba su voz en el oído, en la cabeza, en el pecho.

—Lo siento.

Seguí llorando, con los ojos cerrados.
Supe que se había ido.
Supe que mi esquizofrenia había vuelto a llevárselo.

martes, 24 de diciembre de 2013

¿Y si no me quisieras?

La gente escribe poesía porque necesita expresar sentimientos.
A mí me gustan más los espacios en blanco. Nada de metáforas.

Perfectamente podría empezar un poema contando lo bien que me sabe el dolor cuando los subtítulos de sus comisuras me aseguran que aún queda viento para todas las mareas que ajustaremos juntos. Pero no lo haré, porque llevo toda la vida escribiendo versos que nunca envié.
Nunca he sabido equilibrarme y tú eso lo tienes ya aprendido. (Sí, ya ves, sin embargo me apetece escribir sobre ti). Voy a cambiar de persona a la velocidad del amor, el tiempo y aspecto como quien maneja un barco de papel que se descompone en un charco sin encontrar un puerto decente para tanto miedo.
Ay, ay, que me desvió.
Es decir, desvío.


Hablaré de la noche, de lo bien que suena cualquier pianito triste si me abraza.
Ayer quise que volviera a besarme y lo hizo. Chas. Deseos cumplidos como quien sopla un diente de león sin preguntarse antes dónde irán sus fragmentos. Jugar a ver quién aguanta más, quién cede. Llevamos meses jugando sarcásticamente a esto. Ya sabéis, como quien promete el cielo pero nunca ha sabido aterrizar luego.
Cuando acabe todo le echaré las culpas. Le llamaré idiota, le contaré que le odié siempre por hacerme sentir frágil. Le lloraré como las viejas judías y le coseré en la piel cada poema del que siempre tuvo constancia y por los que nunca preguntó. ¡Por eso detesto escribir poesía! ¿Quién guarda dentro ese dolor salvo yo? ¿Quién recuerda las lágrimas que enjugo y enjuago mientras la tinta y mi visión se emborronan?
La intensidad de esta catástrofe aumenta como el pulso de su pecho cuando me tiene encima. Cuando piensa que pienso lo feliz que soy. Cuando recoge mi alegría desperdigada en sus suelos y decide hacer una rima ingeniosa mirándome al contraluz de su habitación. Cuando sonríe y me clava cada palabra como quien inyecta razón en un corazón ya loco. Martirios así deberían repetirse más. Martirios que hablan, como sus dueños, del morir si me besa, si me atrapa, si me ahoga, si me mata, si me calma o me hace el amor con esa carita de culpable. Me ha enseñado tanto, y él sin enterarse. Sin creerse que deliro cuando habla.
Ay.

Creo que ya no sirvo para esto, corazón.

"Porque volveré a hacerlo."

Íbamos drogados aquel día. Quizás tú un poco más que yo, aunque ya no me interesa. Por ese entonces a ti te llamaban el chico ambiguo y de infancia gris y yo era una loca de los vinilos y el café templado y a oscuras. Me duele que el recuerdo no sea tan bonito como lo fue aquel beso.

Lo primero que pensé al verte fue que jamás volvería a pensar en ti. Entonces no me dolió.
Pero claro, quién iba a imaginar que la muchacha de la mesa 3 escribía poemas.
Pensando en aquella parte de mi vida y la canción que sonó en la habitación se me acaba de ocurrir que quizás ahora mismo tú estés pensando en mí.
Bueno, ya sabes... no en mí, sino en ella. La que no sabía quién era Rocky Balboa. La de "estoy esperando el momento". Tú te reíste y me llamaste cría. Qué bonito sonó entonces.
"¿Cómo es posible eso de hablar y estar ausente?"
Ay, claro, ahí no te conocía. Solías callarte, acabar la frase con la cabeza girada hacia mí, para que te mirase con cara de "no vuelvas a hacerlo, porque no querré perdonarte".
Pero claro, Ana siempre perdona a alguien que no es ella. Siempre.
Siempre.
Quizás no te odio porque el amor hizo de resorte. O la canción triste que no quiero volver a escuchar más.


A ti te dio igual que llorase. Como el día que empezaste a gritarme delante de todo el mundo. El día que empecé a llorar delante tuya. Decías que así me querías más, que era inevitable que me hicieras daño. Y yo te creí. Te creo. Aún no sé por qué sigo acordándome de ti. No comprendo la necesidad de escribir recuerdos que te pertenecen a ti y quiero abandonar. Como me abandonaste tú.
Como me cambiaste al terminar la película.
Lo escribiste todo.
Pero claro, ya no somos los mismos.
Ya no somos.
Quizás yo un poco menos que tú.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Párrafo 399.

Querido diario, hoy también he deseado estar muerta.
Mamá cada vez me mira más raro, creo que está perdiendo la fe en mí. Supongo que le duele saber que cada día estoy más abandonada.
Es normal. Ojalá yo tuviera su fuerza.
¿Sabes? No te lo conté, pero hace un par de meses papá volvió a dar señales de vida. Ni siquiera se atrevió a hablar él. Sigue tan cobarde como le recuerdo. En su lugar habló una mujer. Parecía joven. Quizás sea su nueva novia.
Pobrecita.

Los días siguen tan extrañamente monótonos que no distingo unos de otros. Todos tienen el mismo sabor pútrido. Otros saben a vómito.
Me siento como si estuviera caminando sobre un hilo finísimo, pero a ras del suelo. No sé por qué no me esfuerzo por intentar bajar un pie y apoyarlo en la tierra. No sé por qué sigo esperando poder caminar sobre el hilo.


He descubierto una canción preciosa, es francesa. A él también le gusta mucho, por eso quizás me haga sonreír. Tiene violines, pianos, trompetas y todos esos instrumentos que nunca aprenderé a tocar. Pero bueno, me conformo con escucharlos.
La música aún me calma y sé que eso es bueno.
Quizás un día de estos decida bailar.
Quizás.

El baño cada día me parece más feo. Y las personas más simples.
No me gusta pensar eso, no me gusta sentirme ajena, aunque supongo que a todo el mundo le sucede cuando pierde la fe.
Dicen que la esperanza es lo último que se pierde.
Si es lo último que puedes perder, es porque, seguidamente, mueres.
Creo que Dios ha muerto hace un par de balas, aunque ellos siguen esforzándose por pensar que no.
Yo no me esfuerzo por bajar del hilo mientras la canción francesa siga sonando.

Querido diario, hoy también deseo estar muerta.


Mi vida sin mí.

Volver es sinónimo de morir de éxtasis por segunda vez, por eso nos resulta tan atractivo.
El alma ha venido, quizás vuelto, por eso, para sangrar y resurgir en un comienzo .
Los comienzos, qué bonitos... Nuestra esencia humana también los plasma.
Volver es sinónimo de doler dos veces.
Volver es sinónimo de desear que duela. Por sentir, al menos, algo mejor que la nada.
La nada.
El paraíso.
Al final de la vida, nadie quiere vivir.
Deseamos no sentir y se convierte en nada.
La nada.
El vacío.
El paraíso.

Ojalá, al menos, pueda seguir llorando allí.


"Morir no es tan fácil como parece."

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Saudade.

Llévame a París.
Déjame observar el mundo desde arriba, detrás de un cristal. Deja que todas las luces, las nubes y los colores parezcan reales.
Seré Amélie durante una noche, quizás un par. Ríete luego y dime que no quieres que finja ser nadie y que siga mirándote así. Desde arriba, como en lo más alto de la balanza del mundo. 
Y así, ir aterrizando poco a poco, igual que nuestra mitad de la balanza, haciéndose cada vez más pesada. Más real.
Estamos a ras del suelo.
Podemos saltar.
Ya no hay balanza.



Por favor.
Por favor.
Por favor, llévame a París.



domingo, 6 de octubre de 2013

Nada que temer.

El espejo grita y yo me paro en medio de la habitación. Veo la tragedia pintada en folios con trazos negros, algo desquiciados después de un polvo mal y echado y un último: “dame un beso, que ya me voy”. 

El amanecer si tienes un vinilo al lado es algo más francés. Se lleva la compraventa de sonrisas por no parecer cansada, con la camiseta vieja y los ojos en repeat. Que la siguiente madrugada haga el resto, me digo antes de no dormir. 

Me tumbo e imagino la distorsión del color de unos ojos cuando lloran. La simpleza de las cosas bonitas. Lo bonito de las cosas simples.

Como una comida de coño, pienso.

Qué más da. No soy más que las miserias, los escombros que deja la luna. Si es que los deja y yo me he vuelto demasiado poética. Demasiado loca para alguien con tanta lógica.

Escribir por escribir jamás salió rentable.
Ojalá la música pueda vivir para contarlo.
A ver si despierto. A ver si por fin exhalo.



"Después de ti, todo me parece insuficiente."

viernes, 4 de octubre de 2013

Je ne suis pas toi.

1/09/13.

Escribir se me antoja lejano. 
Raro. Ahora mismo suena un piano y no sé qué sentir. 
Estoy por cantarle a la nostalgia, por eso de que siempre vuelve y Septiembre ya está aquí. 
Acaba de recorrerme la brisa, desde la nuca a la entrepierna y no te tengo delante para contártelo.
Quién lo hubiera dicho. 
Quién lo hubiera escrito así de exacto.
Porque a veces los finales están para no olvidarlos, sólo por el hecho de querer joder. 
De jodernos.
U olvidarnos.
Vuelve a sonar el piano y no nos hemos vuelto a ver. 
Tienes derecho a odiarme, de silencio y otro placer. 
Qué extraño se nos hace. Qué difícil volvería a ser el tenernos sin matarnos. 
Tú disfruta tu otoño, que yo prepararé un ramillete de hojas secas con mis dudas. 
Sé que te gustaban, que te las sabías todas desde la primera hasta la última, esa en la que yo gritaba y todo dejaba de ser para sentir.
Para vivir.
O dejar de estar viva.

Vete tú a saber.


"Ni el mundo entero puede destruirte tanto como tú mismo."

lunes, 30 de septiembre de 2013

Huracanes.

Él no volvería a dirigirle la palabra nunca más. Se lo prometió a sí mismo cuando la lluvia volvía a decorar los ventanales.
El tiempo allí dentro parecía pasar mucho más lento que de costumbre, aunque claro, quizás el problema fuese que tenía demasiado tiempo para pensar en todo. Para pensar en ella.
Era el sexto café que tomaba en la semana sin su pelo en la almohada y ya volvía a saberle tan insípido como antes. Llegó a la conclusión de que su vida a partir de entonces sería como aquel café: delicioso cuando llevas años sin probarlo, pero insípido una vez que te acostumbrabas a su sabor en el cielo de la boca.
Cómo deseaba que ella fuese café. Que todo aquel dolor se fuera tan rápido como su aroma.

La lluvia siguió empañando los cristales día tras día y noche tras noche. 
Una de las veces, sonrió al ver la carrera que dos gotas mantenían en su ventana. 
"Cuánto le habría gustado a ella", pensó.
En seguida se abofeteó. Era un método algo brusco, es cierto, pero el único que llegó a ver realmente factible. Quería asociar su recuerdo con el dolor físico, y no solo con la presión de su pecho. Quería hacerle ver a su mente que aquel rostro no podría volver a traer nada bueno a su vida.

Y así pasaron uno tras otro los días, las semanas, los meses. Cada vez la sentía más lejana.
Él reía, salía a la calle, se emborrachaba, besaba, vomitaba y volvía a salir. Volvió a retomar su día a día con normalidad, sin importarle cuánto tiempo hubiera precisado para ello.

Hasta que un día, la olvidó.


Él estaba en el bar cuando la chica del pelo negro llegó llorando. La reconoció al instante.
La chica tardó un poco en reaccionar, pero acabó estrechándose en los brazos de él.
Y allí, siguió llorando.
Preocupado, le alzó el rostro y la observó de cerca. Sintió que todo su mundo se venía abajo cuando ella habló por fin.

—Está en coma.

Deseó con toda su alma no haber oído bien. Las rodillas le temblaron has dejar de responder las órdenes de su consciente. 
Cayó súbitamente al suelo.

Estaba en coma. Era la primera noticia que tenía de ella después de tres años.
Se llevó las manos a la cabeza e intentó pensar con claridad, con sensatez.
El recuerdo efímero de aquella tarde de lluvia le cruzó la mente. 
"No volvería a dirigirle la palabra. No volvería a verla. No volvería a recordarla."

Y, por primera vez en su vida, supo que había cumplido una promesa.

miércoles, 28 de agosto de 2013

El pozo.

No todo el mundo es capaz de entrar en el pozo, puesto que no todos poseemos la misma fuerza o valentía que el resto.
No, no todos entran, pero mentiría si dijera que es un lugar de difícil acceso.

El pozo es un lugar sereno y solitario donde tienes la oportunidad de verte reflejado a ti mismo. Un buen sitio para conocerse o perderse, pero a estas alturas podría justificar, inevitablemente, que a mí una cosa consiguió llevarme a la otra.
Mi necesidad de buscar el pozo se inició cuando comencé a escuchar las voces.
Primero aparecieron de la nada como un susurro apenas audible del cual sólo deseaba ignorar su existencia o traspasar a un segundo plano.
Con el paso del tiempo, sin embargo, se volvieron insoportables.
Estruendos, gritos irrefrenables.

Aquellas voces me atormentaban por las noches sin dejarme tiempo, fuerzas ni ganas de conciliar el sueño. A veces, incluso me costaba respirar al escucharlas. Me oprimían el pecho y me nublaban la vista.
Pero a mí me daba miedo... ¡qué digo miedo!, un pánico insoportable que los demás supieran de la existencia de esas voces. 
Pronto estuvieron en todos lados. Ante cualquier cosa que veía, tocaba o escuchaba, se anteponían. Miles de voces repitiendo las mismas palabras en mi cabeza una, y otra, y otra vez. 
Interminables. 
Insufribles.



Hasta que apareció, como un rayo enorme de esperanza.
Lo cierto es que ya había oído hablar del pozo antes, pero de él nunca traían buenos augurios. Todo el mundo lo calificaba de un lugar hostil, oscuro y pútrido, aunque, en aquellos momentos, yo jamás podría haberlo siquiera sospechado.
Al entrar fue como si, por fin, hubiese encontrado la forma de evadirme de todo lo demás. 
Allí las voces no desaparecían, pero el eco de un sonido aún más fuerte impedía que ocupasen la mayor parte de mis pensamientos. 
Bastaba con que estuviese diez minutos allí sola, con el rostro sobre el agua del pozo, observándome y preguntándome el porqué de tantas preguntas que aún no entiendo para calmarme.

Pero todo se torció.
Con el paso del tiempo, llegué a añorar el sosiego momentáneo que me producía el pozo. Quería más. Siempre quería más.
Las visitas aumentaron, arrancándome un tiempo crucial.
Llegué a necesitarlo, a prescindir del goteo y del eco. 
Entonces comenzó la ansiedad. Y las ojeras. Y las náuseas.
Todo se volvió negro, y supe que ya era demasiado tarde para volver atrás.
Por las noches, intentaba que mamá no me viera llorando, que hiciera como si las cosas fueran bien. Ella no se merecía eso.
Así es como comencé a odiarme. A autodestruirme.
Así fue como comenzó mi calvario. 

martes, 30 de julio de 2013

Hoy no.

Y follamos.
Esa noche follamos como almas hambrientas de placer. El deseo de aquellos ojos sólo era equiparable al ritmo en el que mis latidos le pedían a mi respiración que no parase.
Y él tampoco paraba.
Sus manos, exploradores en un mundo extraño, olvidaron el pudor y la vergüenza que los silencios de la habitación habían creado entre los dos. Por fin podía palpar cada uno de los centímetros de su piel; casi podía saborear el desenfreno de su boca.
Deseaba que el tiempo se congelara; que los segundos se volvieran noches sólo si él se quedaba para saciarlas. No podía diferenciar la lujuria del amor, lo justo y lo erróneo, lo correcto y lo indicado.
Pero, ¿qué diablos importaba? Estaba allí, sobre mí, meciendo cada gota de sudor para llenarme. Pronto no pude distinguir la cuna de mis gritos. El éxtasis había hecho pactos con el miedo, creando un torbellino imparable dentro de mí. Porque lo sentía; lo sentía tan dentro como mi propia esencia.
Nada, nadie podía apartar su cuerpo del mío.
Nada ni nadie recordaba que alguna vez sólo fuimos dos.
Pero nada ni nadie podría haber sabido que aquella noche, también sería la última vez.


Tú y yo,
ya nos hemos olvidado antes.

lunes, 29 de julio de 2013

Viata mea.

Creo que el verdadero vacío empieza cuando escribir no calma la ansiedad. Cuando me veo delante de ti sin conocerte y queriendo pedirte explicaciones, mientras mi boca se empeña en que lo mejor es que te largues.
No me juzgues, cuesta olvidar la última vez que una piel estalla.
De espaldas y desnuda, mirando por una ventana con forma de abismo.
Y abajo nada.
Llámame idiota si te digo que prefiero el precipicio.



"Si de tus dones y de tus destrucciones pudiera destinar una medida, escogería tu reposo distante, las líneas de tu acero, tu extensión vigilada por el aire y la noche, y la energía de tu idioma blanco que destroza y derriba sus columnas en su propia pureza demolida.

No es la última ola con su salado peso la que tritura costas y produce la paz de arena que rodea el mundo.
Es el central volumen de la fuerza, la potencia extendida de las aguas, la inmóvil soledad llena de vidas.
Tiempo, tal vez, o copa acumulada de todo movimiento, unidad pura que no selló la muerte. 
Verde víscera de la totalidad abrasadora.

Del brazo sumergido que levanta una gota no queda sino un beso de la sal. Viviente y ordenada como el pecho y el manto de un solo ser y sus respiraciones, en la materia de la luz izadas, las llanuras levantadas por las olas forman la piel desnuda del planeta.
Llenas tu propio ser con tu substancia.

Colmas la curvatura del silencio."

Pablo Neruda.

No espero que lo entendáis.

miércoles, 24 de julio de 2013

Tan negro como el gris.

"Mis alas no dependen de tus brazos".
O eso decía. 

Recuerdo la primera vez que le vi. En aquel momento, podría haber alcanzado sus labios con el meñique de mi mano izquierda; podría haberme hecho estremecer con solo un hálito, un gesto o un latido. Todo a mi alrededor parecía ser la más tonta de las ficciones, tan pequeña e insostenible comparada con el ardor de aquellos ojos. El mundo giraba, y yo solo podía agarrarme inconscientemente al débil hilo del que pendía de su alma.
Entonces supe que él no estaría más.
Porque así hubo de haber sido. Sabía que ese momento había sido creado para destruirse varias miradas después. Él también lo supo, y sin embargo, no titubeó un solo instante al regalarme un último atisbo de luz de su iris. E intenté no volver a respirar.
Aún hoy en las noches frías me pregunto si habrá vuelto a mirar a alguien así. No siento rabia, ira ni celos. Quizás solo un poco de dolor. Quizás porque puede que haya sido la última vez.
Su pupila dilatada, siempre seguirá en mi presente.

'Los ojos encharcados de un alma hecha trizas.'

lunes, 22 de julio de 2013

Llamémoslo amor.

Vivir en la bohemia del silencio es a veces un poco difícil.
Pero no me importa, porque sé que allí puedo nadar por los cielos de su mente y acompañar a las notas de voz que caminan sobre los cables de la Ciudad Infinita.
No. De él solo recuerdo que tenía las arterias de neón y los sueños de plomo; la sonrisa cansada y dos días de oscuridad. Me gustaba verle sonreír mientras resbalaba descalzo sobre mí, solo porque la crueldad de la su piel no podía mentirme.
Pero yo ya no quiero ver.
Quizás solo con los ojos cerrados, porque si los abro tendré que volver a mentirme.
Navegar golpeando cada tecla de sus instintos me hacía ver el mundo un poco más humano.
Él decía que teníamos tres horas antes de despertar.

«Estábamos, estamos, estaremos juntos. 
A pedazos, a ratos, a párpados, a sueños.»

Él se presentó diciendo que no volvería a quererme, y que cuando llegue el momento de elegir, no sé como voy a reconocerle. No podré verle. No podré sentirle.
Pero siempre quedará. Él dijo que siempre quedará.
Yo le prometo serle infiel solo en la realidad; prometo que esos ojos siempre ocuparán mis sueños y la pequeña parte de mí que dice que no le conoce. O le reconoce.
Porque si abro los ojos, tendré que volver a mentirme.



Te estoy tejiendo un par de alas. 
Sé que te irás cuando termine… pero no soporto verte sin volar.

sábado, 20 de julio de 2013

Ni la memoria es tan fuerte.

Buenas noches.
Pensé en escribirte a oscuras, pero no rentaría dejar de dormir por recordar ese perfume mal deletreado. O tus ojos cuando la luz no es buena, las pupilas se dilatan y ese iris que me pierde vuelve a cantarle a la luna. La sonrisa pícara y los brazos abiertos. La música de sus labios y sus doce mil lunares de la espalda.
 Podría decirte tanto... Tanto... Tanto...
Pero ahora mismo no tengo ni tiempo, ni fuerzas, ni vida para decir algo que no sea...

(Socorro.)

Ya no quiero recordar.


Dicen que hasta las personas valientes tienen que cerrar los ojos ante el abismo.
Y yo ahora mismo estoy deseando gritar.
Tiembla el suelo y tiembla mi alma. Tiembla hasta la última pestaña de mi esencia.
Podría escribirte tanto, y sin embargo ahora mismo las palabras no me dejan liberarte. No dejan de asfixiarme.
Y yo estoy deseando gritar.
Y gritar...
Y gritar...
Y gritar...





Socorro.

Me esperarías. Eso dijiste. Dijiste que estarías ahí por mí, y ahora solo encuentro vacío.
¿Dónde estás? ¿Por qué no vuelves?
No digas que no tienes nada que decirme después de tanto.
Y tanto...
Y tanto...

Ya no quiero volver a recordar.

lunes, 1 de julio de 2013

Cristales rotos y un poema más.

Nadie tiene el valor suficiente para escribir canciones de amor con sangre, pero echa la vista atrás y dime si ves algo que pueda guardar sin echarme a llorar. Dime si tú guardarías el puñal con el que me mataste, y luego pregúntame por qué creo en los demonios.
Entonces, hablaremos de todos tus cuentos y tus cuentas pendientes. Hablaremos de amor cuando tengamos miedo al silencio y escribiremos cada palabra con la mente en blanco.

Dime adiós y suéltame.
Porque voy a caer antes de decirte la verdad.

Nos ha salido caro eso de enamorarnos sabiendo lo que pasaría. Y me pierdo, como siempre. Porque eso de perder se me da de fábula contigo.
Quién pensaría que seríamos tan parecidos que acabaríamos odiándonos. Perfecta forma de jugar, mundo. Perfecta forma de ganarnos.

Voy a dejar de conocerte.
"Cierra los ojos y léeme".



"El cuerpo tiene un ayer que no se cura mañana,
nueve noches por semana y sin ganas de amanecer.
Laberintos del placer cuando baja la persiana del crepúsculo."

Joaquín Sabina.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Impossible.

"Jamás nadie soñará contigo como yo, ¿entiendes? Nadie.
No quedarán  razones. No quedarán motivos cuando me vaya. ¿Y sabes qué? Que eso es lo peor de todo esto. El hecho de tener que negarme a mí mismo lo que siento; lo que se ha ido y no volverá a pertenecernos nunca. El hecho de saber que te irás con otro. Que amarás a otro. 
Sólo de pensarlo se me retuercen las tripas. 
Y sin embargo es inevitable. Tanto como que tengamos que dejarnos hoy. Tanto como que volvamos a vernos dentro de años y descubramos que nos suicidamos y acabamos con el corazón podrido.
No quiero vivir pensando eso, ¿lo entiendes?
Pero no puedo compartir el resto de mi vida contigo. No puedo hacerte promesas que sé que no voy a cumplir. No puedo volver a permitirte el lujo de hacerte daño. 
No a ti.
No otra vez.
No es que no te quiera. Es que no puedo quererte."


(Mátame mucho, ¿recuerdas?).


Sinestesia.

"Y entonces, sus ojos se enlazaron con los míos por primera vez. Desesperados, como si tratase de crear un puente entre los dos. Como si encontrara por fin una vía de escape, una salida para aquel caos.
Los últimos rayos de sol se reflejaban en su piel de hielo, proyectando sombras difuminadas en el lado derecho de rostro. Sus ojos violáceos buscaban con ansiedad los míos, suplicantes.
Gritando.
Sus labios, sin embargo, no cambiaron de posición. Permanecieron así, como arcos tensados a punto de disparar una flecha inyectada con la más letal de las ponzoñas.
No sentí miedo.
Luego se acercó a mí. Me observaba como si fuese algo que no debería estar allí. Como si no cuadrara en aquel cuadro. 
Miré hacia atrás en un inconsciente impulso de salir de allí cuanto antes, pero mis pies no se atrevieron a ejercer un solo movimiento.
Cada vez más cerca, escrutaba con sus iris cada ápice de mi rostro, tratando, quizás, de encontrar una razón que explicase mis facciones. Alzó una de sus pálidas manos hasta llegar a la altura de mis mejillas.
Y así, acarició con súbita delicadeza mi piel, provocando escalofríos en sitios insospechados. Cerré los ojos para disfrutar de la caricia, mientras sus ojos seguían fijos en los míos en el crepúsculo de la habitación.
Ladeó la cabeza y sonrió. No era una sonrisa alegre. 
Su mueca estaba henchida de una honda tristeza. Una tristeza que, quizás, yo jamás podría llegar a comprender. 


Simplemente permaneció así, con sus dedos en mi piel durante unos instantes que parecieron eternos, hendido en la más amarga de las penas. 
Lentamente, me atreví a alzar una mano temblorosa, con miedo a ser rechazada. Avancé hasta quedar a la altura de su pecho, a la vez que mi consciencia se preguntaba qué estaba haciendo allí, y por qué no podía dejar de sentir su dolor. Coloqué la palma de mi mano sobre él, recorriendo con mis dedos su torso, en una búsqueda casi interminable. 
Sus ojos seguían navegando en los míos, a la deriva en un mar de nublada calma mientras anochecía. Mientras recorría su pecho, saboreando cada tacto que su piel me ofrecía. 
Mientras descubríamos que algo dentro de ambos iba muriendo poco a poco."

viernes, 29 de marzo de 2013

Amor en subjuntivo.


"Siempre fuiste mi espejo.
Quiero decir, que para verme, tenía que mirarte."

Es lo último que pienso cada vez que busco tu boca en otra boca cuando voy borracha. O cuando me faltan ganas para salir del bar ese que acabó condenándome hace años. 
Hombre, también pienso en el mar; pero sé que eso no lo entenderías. Porque, en realidad, hace tiempo que dejé de imaginarte. 
Perdón, imaginarnos. 
Nunca se me han dado bien las despedidas.

Ayer volví a pedir café frío, y Cortázar me dijo que en realidad no te quiero, que solamente quiero la imposibilidad tan obvia de quererte. Como si fuese el guante izquierdo enamorado de la mano derecha.
Siempre podré decir que nos enamoramos a medias.
O a la mitad, para no cambiarte nunca.

Y tú aquí, delante mía, siempre quejándote de todo y a la vez fingiendo no darle importancia a nada. Viviendo de esperanzas, sin siquiera saber qué esperas.
Quizás todo dura siempre un poco más de lo que debería.

Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir se desborda del alma.

Que te quiero.
Aunque nunca fuese suficiente.




jueves, 28 de marzo de 2013

Palabras, palabras, palabras...

¿Me seguirá doliendo el alma cuando pare de llover?

Imagina que escampa y volvemos a vernos. 
Ahí estamos, los dos, tan cuerdos y desconocidos como antes, pensando en lo mucho que llueve en Diciembre.
Palpitamos, como los corazones o los ojos húmedos, mientras los segundos se miden en latidos antes de las doce. 
Tik. Tok. Tik. Tok.
Entonces es cuando sonríes y entiendo que se ha acabado.
Y es que lluvia y llanto no se diferencian tanto.
(A ver si lo superas).


Gris, azul y negro. Frío y luces de neón anunciando descuentos.
Así éramos. Tan ciudad y tan misterio.
Como si el miedo a conocernos nunca pudiera superar la emoción de mirarnos y echarnos en cara lo poco que nos vemos, y en silencio, lo felices que seríamos mañana. 
No sabíamos cuando volveríamos  a vernos.
Eso me encantaba.
Teníamos más que perder que todos esos cobardes. Y ahí seguíamos, rogando minutos sin hablar, esperando que el reloj parara. 
Entonces me besaba.
El mundo se callaba y yo empezaba a gritar.
Afónica y llena como la luna, reflejada en unos ojos de "ahora sé por qué me enamoré de ti".

Hoy quiero verte.
Por si las moscas.
Por si la luna.
Por si mañana no llueve.

lunes, 4 de marzo de 2013

A veces tú, a versos yo.

"Creo que nunca te he dicho que descalza estás preciosa.
Sí, ya lo sé, son estos arrebatos de felicidad que me entran; aún no puedo controlarlos.
Pero sí, estás preciosa.
Incluso más que cuando te desperezas por las mañanas, o cuando el cielo se nubla y tus ojos se vuelven de ese verde tormenta tan bonito.

¿Yo?
Aquí sigo.
Con mi taza sin café hirviendo a medio consumir, esperando por el cigarrito de después o a que vuelvas, lo que salga más rentable.
Y no vengas con eso de que todo sale bien en los finales, porque he vivido ya demasiadas guerras y resacas como para conocerme lo que viene luego.

Ya apenas escribo, con lo que llorabas.
Supongo que han cambiado demasiadas cosas y llevo demasiado en las venas distinto a la tinta o la pasión por la poesía.
Ay, culpa tuya, por marcharte, criaja.
Aunque no te lo reprocho; yo también querría escapar de mi mierda, ¿sabes?
De esto de encerrarme y no salir ni con la luna.
Ya no aúllo, no ladro ni muerdo, y tengo el colchón de cartón esperándome en aquella bocacalle."
...


"A ver si vuelvo un día de estos.
Por joder, ya voy y te jodo bien.
Ya te estoy echando de menos."

martes, 19 de febrero de 2013

Cero razones.



“Yo con hielo en el corazón y tú con corazón de hielo."


Ahí está nuestra diferencia.

Yo podré fundir cada pedazo con un calentón o un par de polvos, pero el día en el que tú ardas, no quedará nada que salvar. 

Es por eso por lo que actúas así, como si nada pudiera hacerte daño. Como si las miradas y los recuerdos no te quemaran. 

Y es que tienes hasta bonita la manera de adiestrar el latido para que no se acelere y acabe en ascuas. Porque sabes que si se encendia, se funde, y acaba empapándolo todo en forma de caudal de aguas que se convierte en tu propio mar de caos y nostalgia. 



Y pasa que el mar acaba saliendo por tus ojos marrones vida en líneas rectas, como tus labios. 

Y es ahí cuando sabes que estás jodido, que se te han acabado las armas y la pólvora para arrasarme por completo. 

No quedarán segundos asaltos, ¿sabes? 

Vuelvo a intentarlo. 

Dame cuartel o pido yo la guerra. 




Y tal cual, fuiste verso.


“Tu problema es que tienes el corazón más abierto que las piernas, pequeña.

Tu alma no está hecha para un mundo en el que un golpe vale más que una palabra. Donde se derraman más litros de sangre en guerras que agua potable. 
Y mientras, tú te ocultas tras muros de poesía de prosa sin verso.

Por eso, cuando alguien del exterior acaba ahí dentro, no consigues encontrarte.
Los sentimientos acaban en caos, y eres incapaz de diferenciar el odio, el amor, el placer o las náuseas.

Y sé que es jodido.

Te desnuda. 
Te vuelves humo y cristal y acabas con diez años menos llorando en la esquina de tu consciencia. Deseas que se vaya, que acabe de desmenuzar en dos miradas cada uno de tus complejos, pero ahí sigue.

Entonces es cuando echas el valor que jamás has tenido para hacerte oír con tres estrofas en subjuntivo. Cuando decides mirarle tú. Cuando descubres que en su alma también se escriben compases.
Y él se va.



Vuelven las noches de mierda y cuchara.
De analgésicos y folio. 
De suspiro, verso, suspiro.

Tardas años en reconstruirte, pero siempre sales.
Y eso es admirable, pequeña.
No comprendes lo grande que eres, ni lo pequeño que me haces a mí cada vez que lloras. Eres  capaz de hablar por los ojos, de mentir sin palabras.
Y eso es éxtasis. Y temblores. Y heroína.
Mí heroína.”