miércoles, 8 de mayo de 2013

Impossible.

"Jamás nadie soñará contigo como yo, ¿entiendes? Nadie.
No quedarán  razones. No quedarán motivos cuando me vaya. ¿Y sabes qué? Que eso es lo peor de todo esto. El hecho de tener que negarme a mí mismo lo que siento; lo que se ha ido y no volverá a pertenecernos nunca. El hecho de saber que te irás con otro. Que amarás a otro. 
Sólo de pensarlo se me retuercen las tripas. 
Y sin embargo es inevitable. Tanto como que tengamos que dejarnos hoy. Tanto como que volvamos a vernos dentro de años y descubramos que nos suicidamos y acabamos con el corazón podrido.
No quiero vivir pensando eso, ¿lo entiendes?
Pero no puedo compartir el resto de mi vida contigo. No puedo hacerte promesas que sé que no voy a cumplir. No puedo volver a permitirte el lujo de hacerte daño. 
No a ti.
No otra vez.
No es que no te quiera. Es que no puedo quererte."


(Mátame mucho, ¿recuerdas?).


Sinestesia.

"Y entonces, sus ojos se enlazaron con los míos por primera vez. Desesperados, como si tratase de crear un puente entre los dos. Como si encontrara por fin una vía de escape, una salida para aquel caos.
Los últimos rayos de sol se reflejaban en su piel de hielo, proyectando sombras difuminadas en el lado derecho de rostro. Sus ojos violáceos buscaban con ansiedad los míos, suplicantes.
Gritando.
Sus labios, sin embargo, no cambiaron de posición. Permanecieron así, como arcos tensados a punto de disparar una flecha inyectada con la más letal de las ponzoñas.
No sentí miedo.
Luego se acercó a mí. Me observaba como si fuese algo que no debería estar allí. Como si no cuadrara en aquel cuadro. 
Miré hacia atrás en un inconsciente impulso de salir de allí cuanto antes, pero mis pies no se atrevieron a ejercer un solo movimiento.
Cada vez más cerca, escrutaba con sus iris cada ápice de mi rostro, tratando, quizás, de encontrar una razón que explicase mis facciones. Alzó una de sus pálidas manos hasta llegar a la altura de mis mejillas.
Y así, acarició con súbita delicadeza mi piel, provocando escalofríos en sitios insospechados. Cerré los ojos para disfrutar de la caricia, mientras sus ojos seguían fijos en los míos en el crepúsculo de la habitación.
Ladeó la cabeza y sonrió. No era una sonrisa alegre. 
Su mueca estaba henchida de una honda tristeza. Una tristeza que, quizás, yo jamás podría llegar a comprender. 


Simplemente permaneció así, con sus dedos en mi piel durante unos instantes que parecieron eternos, hendido en la más amarga de las penas. 
Lentamente, me atreví a alzar una mano temblorosa, con miedo a ser rechazada. Avancé hasta quedar a la altura de su pecho, a la vez que mi consciencia se preguntaba qué estaba haciendo allí, y por qué no podía dejar de sentir su dolor. Coloqué la palma de mi mano sobre él, recorriendo con mis dedos su torso, en una búsqueda casi interminable. 
Sus ojos seguían navegando en los míos, a la deriva en un mar de nublada calma mientras anochecía. Mientras recorría su pecho, saboreando cada tacto que su piel me ofrecía. 
Mientras descubríamos que algo dentro de ambos iba muriendo poco a poco."