viernes, 16 de octubre de 2015

¿Hasta qué?

Que a mí me da igual que te folles a diez diferentes en una noche.
Me da igual que despiertes con dolor de cabeza y veas a tu lado unos ojos más cansados, una piel más oscura, unos pasos distintos por tu pasillo. Me da igual que abraces un cuerpo frío que te recuerda al metal ardiendo después de haberte corrido dentro. Me dan igual los minutos que tardes en besarla. Los días que pierdas pensando en ella. Los segundos que dure tu amor eterno.
Me dan igual sus piernas largas, sus ojos negros, su música clásica o sus noches sin frenos. No me gusta su risa alta, su pelo suelto ni la manía que tiene de morderse los dedos.
No me gusta tu chica imaginaria.
Me dan igual las agujas del reloj paradas de tu cuarto, tu obsesión por la felicidad y tu sonrisa estúpida de los miércoles borracho. Me da lo mismo tu voz a las ocho de la mañana pidiéndome una tregua infinita y tus días de mierda suplicando no haberme conocido nunca.

No me fastidian tus intentos de joderme la vida.
Y mucho menos los de aparentar que no lo intentas.

Hoy me he descubierto a mí misma pensando en dejar de lado el miedo que ha nacido (no sé porqué, ni cómo, ni en qué momento) dentro de mi pecho, y me he preguntado qué estoy haciendo mal para acabar bebiendo, acordándome de unos días que ni siquiera hemos vivido.

Nada.

Durante toda mi vida, me he esforzado por escurrir hasta la última gota de voluntad en aquellas cosas en las que he creído de verdad. He dado meses de mi vida a personas que no se merecieron tantas esperas, y he creído siempre que el amor puede salvarlo todo.

Qué le vamos a hacer. Tener el alma bonita también tenía que tener sus consecuencias.

Me habría encantado acabar enamorada de ti hasta los huesos, llorándote, suplicándote una mirada bonita por una vida completa entregada a ti.
Pero, cariño, ya ni siquiera sé si te lo mereces.
Y, mucho menos, si me lo merezco yo.

Una cosa es segura, y es que no saldrá de mis labios una sola despedida triste.
Debería dolerte que alguien que siempre ha creído en las palabras no dedique cinco minutos de su vida a firmarte un adiós.
Pero no es odio. Nunca podré odiarte, quizás porque nunca he llegado a quererte lo suficiente tampoco.
Prefiero hacerlo así, invisible entre el tiempo. Como una bomba que acabará explotando en el minuto cero antes de correrte. Como una sacudida que te despierte de ese mundo en el que crees que eres feliz.
Un aviso con mi voz de que deberías valorar más los segundos antes del beso, y un poco menos la lista de tontas que serían capaz de quererte sin amor y sin horas.


Es un aviso.
Habré desaparecido.
No lo forzaré, porque forzarlo sería reafirmar que todavía te siento en un rincón oscuro, que te pienso cuando el frío escuece y el alma arde. Será instantáneo. Instintivo.
Te encontrarás de pie en el mismo sitio del que querías lanzarte al vacío conmigo. Abrirás los ojos con el sabor de otra piel en la boca (más canela) y sin mis remordimientos de haberte equivocado de vida a mi lado. Le abrirás la puerta del salón a una que esté más loca (que no sepa ser tan soga) y sucumbirás lentamente a unos labios más húmedos, pero sin sonrisa en los ojos. No seré yo quien te mire desde abajo cuando la abraces. No tendrá el brillo verde de después del polvo en el iris. No te dirá que te quiere sin hablar, mientras besa sin prisa y sin miedo cada rincón de tu rostro, culpable de no poder dejarte ir, inocente hasta que se demuestre a sí misma lo contrario.
No te escuchará mentir con la mirada de estar descubriendo un nuevo mundo en tu voz, y encima acabar creyéndoselo, ni escurrirá tus problemas llamándote valiente. No recordará cada pequeña porción de tiempo que le has regalado, porque para ti sólo será un amor efímero, un número en gris que, aunque ahora brilla, acabará apagándose con el regusto del ron y el tabaco de tus días de mierda.
Posiblemente, será capaz de mirarte sin vergüenza. Será capaz de abrirse de piernas sin suspirar un poquito primero. Nunca te dirá que no. Nunca te escribirá un adiós sabiendo que no hay dios que se lo crea.

Te asustarás. No vas a tener ni puta idea de qué te pasa. De por qué no vives ya.
¿Y sabes qué?
Que no. Que ya no. Que ya no volveré a abrazarte después. Que no te llamaré y escucharé tu ronquera del domingo. Que no estaré dispuesta a esperar a que llegues pronto, sudado y con el alma abierta, esperando que alguien te cure. Esperando, quizás, a que algún día te confiese que sí, que en realidad tengo dos alas blancas a las que renuncio por ti cada vez que me pides un beso y juego a que no.
No te bailará con miedo, tapándose la cara porque le asusta que seas capaz de verla por dentro. No temerá como yo que escuches su corazón a dos mil. Que ni siquiera tenga sueño después del clímax.
Excitarás otro coño, pero nunca su mente.
Nunca más mi mente, ni mis ganas de quedarme muerta sobre tu pecho cualquier viernes.
No creeré que, en el fondo, sí estabas hecho para mí.

Has querido quererme demasiado deprisa.
Octubre va a acabarse, y estoy más convencida que nunca de que este es el adiós más duro que sabrán dedicarte nunca. Porque, en realidad, ni siquiera es un adiós. Es solo un punto. El sonido de la página arrancándose sin odio, sin dolor, sin heridas.

El final menos triste de un amor que siempre hemos sabido que existía.

Aunque no nos haya dado tiempo a verlo.

lunes, 12 de octubre de 2015

No sé escribir.

Hablamos de sexo porque muchas veces el amor se nos acaba escapando de las manos
y termino con la extraña sensación de haber apostado demasiado corazón en cada una de las veces que me has hecho,
sin amor.

Otras veces ni siquiera hablas, y te dedicas a dedicarme treinta minutos de tu vida a joderme por dentro,
en todos sus sentidos,
y con todas sus complicaciones.

La cosa es, que en cada una de esas veces, nunca sé y nunca he descubierto si lo que nos pasa es normal o si siquiera es cierto.
Últimamente te beso y no sé si me falta amor,
o si sin embargo el problema es que no puedo contenerlo entero.
Porque cuando te corres, me miras y no me preguntas si te quiero,
sé bien que en realidad te lo preguntas a ti,
y te enfadas, te cabreas y te quema hasta el suelo,
porque no sabes qué te pasa, ni de qué cojones te entra miedo.

Que ni tú ni yo sabemos si esto es real,
ni si nos queremos,
ni si podemos dejarnos ir;
y eso es peor que que no exista, pero al menos saberlo.

Estamos en un punto que empezó desde que nos conocimos y del que no salimos aunque pongamos tierra, mar y tiempo.
Ninguno de los dos tenemos paciencia y nos dedicaríamos media vida a deducirnos sin llegar a conocernos, 
solo por el miedo que nos entra a descubrir que no somos,
(o peor:
que sí somos)
lo que nosotros creemos.



Y mientras tanto, ¿qué?
Volver a dejar correr el tiempo, esperar a corrernos otra vez o decidir que es mejor no pensar más en eso.
Pero existe (yo la he visto) una energía de mierda que me hace volver,
un reloj biológico de ti, que no me deja dormir si no me besas.
Y luego, contigo cerca, 
conmigo ya lejos,
arriba,
descubro que no, que no me haces falta, que no te quiero.
Que en tus ojos con los míos no hay fuego y que no necesito tu boca para seguir viviendo.

Hasta que me quema,
y descubro que sí,
que me haces falta,
y que hasta parece que te quiero.

Ahora me río de los físicos que han hablado de atracción y desconfío de quien me habla de polos opuestos. 
No comprendo las leyes que han hablado siempre del acercar y alejarlo todo si no han leído de sus labios un "lo siento, pero esto no está bien".
Como si nos hubieran visto alguna vez comernos la boca, destrozarnos la vida y desaparecer,
pero seguir creyendo que se puede
y que aunque nos matemos luego,
lo suyo y lo mío,
lo mío y lo suyo,
lo que nunca es nuestro,
nunca dejará de ser.


—Todas las heridas tienen un tiempo para cicatrizarse...
(Silencio)
— ...pero las nuestras parecen eternas.

Feliz aniversario.

jueves, 1 de octubre de 2015

Pre-amor a primera vista.

Maledúcame.

Enséñame
—en imperativo—
a esperarte en los portales
con la bufanda cubriéndome la boca
para que no se me escape el suspiro tonto de verte llegando,
mojado y tiritando,
despeinado,
con los ojos achinados y la sonrisa puesta.

Bájame los humos con un beso en la frente
y aléjate luego andando de mí hasta que te alcance
a diez metros,
a un kilómetro,
o a los pocos segundos que dura un año luz contigo.

Vuélvete loco y respira hondo.
Dime que llueve demasiado como para no irnos a dormir,
que es muy tarde
y te acaba de amanecer el apetito de no viajar nunca más
si no es a mis brazos.
Que te quedas porque acabas de llegar de haberte ido:
"como en casa, sólo contigo".


Llámame sin voz y susúrrame dormido a gritos
que te gusta imaginarme mirándote de lejos,
con las ganas cerca
y mis manos acariciado el aire,
besando en hielo del cielo de tu boca
para morir de un incendio después.

Ábreme las puertas y disimula bien no haberte dado cuenta
de que mi alma se acaba de caer al suelo.
Y tírame a mí,
como si nunca fueses a quererme,
sobre el sofá rojo de tu casa
y finge que estás tan cansado como finjo que lo estoy yo.

Vete,
(pero de mentira)
y vuelve luego a quemarme,
esta vez sin prisa.

Repíteme que se puede,
que nuestra coincidencia no fue nunca una cuestión de suerte
porque te sobran formas de vida conmigo.
Miénteme siempre
porque es la única forma que tengo de sobrevivirte.
Hazme sueño.
Y no me despiertes.

"—Cuando conozcas a alguien que sea todos los colores en uno, no lo dejes ir."