jueves, 26 de diciembre de 2013

Mi bendita locura.

—No puedo evitarlo— dijo, mirándose las manos.

Quise abrazarle, pero en su lugar me mordí el labio inferior. Aparté la vista cuando volví a sentir la necesidad de describir la luz del atardecer y ese tipo de cosas que le ponen de los nervios. Me miré los zapatos y durante dos parpadeos deseé que las cosas volvieran a estar como hace dos años, cuando aún no le conocía lo suficiente como para permitirme no juzgarle.

—¿Siguen ahí?— pregunté, cauta. Mantuve la mirada fija en el suelo, percatándome del contraste que presentaban los cordones blancos con la oscuridad de las zapatillas raídas.

Alzó la vista. Me negué a mí misma a mirarle directamente al iris. Sabía que no podría soportar la imagen de sus ojeras violáceas, sus pupilas dilatadas, su interminable y frenético parpadeo, esa escasez de razón, de entendimiento y complicidad.

—¿Quiénes?— articuló.

Bañé mi labio inferior, ya dolorido, saboreando el reguero de sangre que sin apreciarlo había surcado mi boca hasta llegar a la comisura derecha. Inspiré hondo. No podía apartar la vista del suelo.

—Las voces— respondí. —¿Siguen ahí?

—No lo sé.

No pude reprimir durante más tiempo el vacío que amenazaba con devorarme por dentro y comencé a llorar.
Lloré, sí. Como quien sabe que lo ha perdido todo. Me sentía pequeña, frágil. Yo misma percibí como mis pensamientos intentaban evitar desconectarse del todo de mi consciente.

Pero no podía. Aquello era más fuerte que yo. Siempre lo había sido.


—¿Siguen ahí?— dije, quizás elevando demasiado el tono. Sentí como Eloy se tensaba junto a mí, agarrándome las muñecas mientras yo lloraba.

—Se irán.

—¿Siguen ahí?

—Se irán.

Lloré más fuerte. Las lágrimas habían empapado ya la mayor parte de mi rostro. Supe que el color de mis ojos se había aclarado cuando me esforzaba por no perder las pocas fuerzas que le quedaban a mis piernas. Aquello se había alargado demasiado. Eloy se erguía a mi izquierda como quien trata de que un niño pequeño cese de llorar sólo con mirarlo. No decía nada, no trataba de consolarme, simplemente me observaba. Y yo lo agradecía. Él sabía, a pesar de su situación, que no soportaría mirarle directamente a los ojos. No podría verle así.

—¿Por qué vienen?— pregunté a duras penas, esforzándome por no articular fonemas sin sentido.

—Porque necesitan recordarte que estás viva.

Había escuchado esa misma frase tantas veces. De boca de Eloy todo parecía tan sencillo. Tan real.
Quise apoyarme en su hombro, pero él se apartó.
Entonces cometí el error de mirarle.

Sus ojos me miraban cansados, confusos. Su boca, fina y perfecta, me recordaba que no podría alcanzarle nunca. Sentí de nuevo ese torrente de lágrimas queriendo escapar por los ojos.

Entonces me rompí.

Caí al suelo, notando como el frío de un charco empapaba mis rodillas. La noche anterior había llovido como no lo hacía desde hace dos años. No me esforcé por cubrirme los ojos, siquiera. Simplemente lloré mientras Eloy seguía mirándome.

¿Vivir? ¿Para qué demonios quería yo vivir si no podía tenerle a él?

Se agachó hasta quedar a mi altura, sin palparme, mientras escuchaba su voz en el oído, en la cabeza, en el pecho.

—Lo siento.

Seguí llorando, con los ojos cerrados.
Supe que se había ido.
Supe que mi esquizofrenia había vuelto a llevárselo.

martes, 24 de diciembre de 2013

¿Y si no me quisieras?

La gente escribe poesía porque necesita expresar sentimientos.
A mí me gustan más los espacios en blanco. Nada de metáforas.

Perfectamente podría empezar un poema contando lo bien que me sabe el dolor cuando los subtítulos de sus comisuras me aseguran que aún queda viento para todas las mareas que ajustaremos juntos. Pero no lo haré, porque llevo toda la vida escribiendo versos que nunca envié.
Nunca he sabido equilibrarme y tú eso lo tienes ya aprendido. (Sí, ya ves, sin embargo me apetece escribir sobre ti). Voy a cambiar de persona a la velocidad del amor, el tiempo y aspecto como quien maneja un barco de papel que se descompone en un charco sin encontrar un puerto decente para tanto miedo.
Ay, ay, que me desvió.
Es decir, desvío.


Hablaré de la noche, de lo bien que suena cualquier pianito triste si me abraza.
Ayer quise que volviera a besarme y lo hizo. Chas. Deseos cumplidos como quien sopla un diente de león sin preguntarse antes dónde irán sus fragmentos. Jugar a ver quién aguanta más, quién cede. Llevamos meses jugando sarcásticamente a esto. Ya sabéis, como quien promete el cielo pero nunca ha sabido aterrizar luego.
Cuando acabe todo le echaré las culpas. Le llamaré idiota, le contaré que le odié siempre por hacerme sentir frágil. Le lloraré como las viejas judías y le coseré en la piel cada poema del que siempre tuvo constancia y por los que nunca preguntó. ¡Por eso detesto escribir poesía! ¿Quién guarda dentro ese dolor salvo yo? ¿Quién recuerda las lágrimas que enjugo y enjuago mientras la tinta y mi visión se emborronan?
La intensidad de esta catástrofe aumenta como el pulso de su pecho cuando me tiene encima. Cuando piensa que pienso lo feliz que soy. Cuando recoge mi alegría desperdigada en sus suelos y decide hacer una rima ingeniosa mirándome al contraluz de su habitación. Cuando sonríe y me clava cada palabra como quien inyecta razón en un corazón ya loco. Martirios así deberían repetirse más. Martirios que hablan, como sus dueños, del morir si me besa, si me atrapa, si me ahoga, si me mata, si me calma o me hace el amor con esa carita de culpable. Me ha enseñado tanto, y él sin enterarse. Sin creerse que deliro cuando habla.
Ay.

Creo que ya no sirvo para esto, corazón.

"Porque volveré a hacerlo."

Íbamos drogados aquel día. Quizás tú un poco más que yo, aunque ya no me interesa. Por ese entonces a ti te llamaban el chico ambiguo y de infancia gris y yo era una loca de los vinilos y el café templado y a oscuras. Me duele que el recuerdo no sea tan bonito como lo fue aquel beso.

Lo primero que pensé al verte fue que jamás volvería a pensar en ti. Entonces no me dolió.
Pero claro, quién iba a imaginar que la muchacha de la mesa 3 escribía poemas.
Pensando en aquella parte de mi vida y la canción que sonó en la habitación se me acaba de ocurrir que quizás ahora mismo tú estés pensando en mí.
Bueno, ya sabes... no en mí, sino en ella. La que no sabía quién era Rocky Balboa. La de "estoy esperando el momento". Tú te reíste y me llamaste cría. Qué bonito sonó entonces.
"¿Cómo es posible eso de hablar y estar ausente?"
Ay, claro, ahí no te conocía. Solías callarte, acabar la frase con la cabeza girada hacia mí, para que te mirase con cara de "no vuelvas a hacerlo, porque no querré perdonarte".
Pero claro, Ana siempre perdona a alguien que no es ella. Siempre.
Siempre.
Quizás no te odio porque el amor hizo de resorte. O la canción triste que no quiero volver a escuchar más.


A ti te dio igual que llorase. Como el día que empezaste a gritarme delante de todo el mundo. El día que empecé a llorar delante tuya. Decías que así me querías más, que era inevitable que me hicieras daño. Y yo te creí. Te creo. Aún no sé por qué sigo acordándome de ti. No comprendo la necesidad de escribir recuerdos que te pertenecen a ti y quiero abandonar. Como me abandonaste tú.
Como me cambiaste al terminar la película.
Lo escribiste todo.
Pero claro, ya no somos los mismos.
Ya no somos.
Quizás yo un poco menos que tú.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Párrafo 399.

Querido diario, hoy también he deseado estar muerta.
Mamá cada vez me mira más raro, creo que está perdiendo la fe en mí. Supongo que le duele saber que cada día estoy más abandonada.
Es normal. Ojalá yo tuviera su fuerza.
¿Sabes? No te lo conté, pero hace un par de meses papá volvió a dar señales de vida. Ni siquiera se atrevió a hablar él. Sigue tan cobarde como le recuerdo. En su lugar habló una mujer. Parecía joven. Quizás sea su nueva novia.
Pobrecita.

Los días siguen tan extrañamente monótonos que no distingo unos de otros. Todos tienen el mismo sabor pútrido. Otros saben a vómito.
Me siento como si estuviera caminando sobre un hilo finísimo, pero a ras del suelo. No sé por qué no me esfuerzo por intentar bajar un pie y apoyarlo en la tierra. No sé por qué sigo esperando poder caminar sobre el hilo.


He descubierto una canción preciosa, es francesa. A él también le gusta mucho, por eso quizás me haga sonreír. Tiene violines, pianos, trompetas y todos esos instrumentos que nunca aprenderé a tocar. Pero bueno, me conformo con escucharlos.
La música aún me calma y sé que eso es bueno.
Quizás un día de estos decida bailar.
Quizás.

El baño cada día me parece más feo. Y las personas más simples.
No me gusta pensar eso, no me gusta sentirme ajena, aunque supongo que a todo el mundo le sucede cuando pierde la fe.
Dicen que la esperanza es lo último que se pierde.
Si es lo último que puedes perder, es porque, seguidamente, mueres.
Creo que Dios ha muerto hace un par de balas, aunque ellos siguen esforzándose por pensar que no.
Yo no me esfuerzo por bajar del hilo mientras la canción francesa siga sonando.

Querido diario, hoy también deseo estar muerta.


Mi vida sin mí.

Volver es sinónimo de morir de éxtasis por segunda vez, por eso nos resulta tan atractivo.
El alma ha venido, quizás vuelto, por eso, para sangrar y resurgir en un comienzo .
Los comienzos, qué bonitos... Nuestra esencia humana también los plasma.
Volver es sinónimo de doler dos veces.
Volver es sinónimo de desear que duela. Por sentir, al menos, algo mejor que la nada.
La nada.
El paraíso.
Al final de la vida, nadie quiere vivir.
Deseamos no sentir y se convierte en nada.
La nada.
El vacío.
El paraíso.

Ojalá, al menos, pueda seguir llorando allí.


"Morir no es tan fácil como parece."

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Saudade.

Llévame a París.
Déjame observar el mundo desde arriba, detrás de un cristal. Deja que todas las luces, las nubes y los colores parezcan reales.
Seré Amélie durante una noche, quizás un par. Ríete luego y dime que no quieres que finja ser nadie y que siga mirándote así. Desde arriba, como en lo más alto de la balanza del mundo. 
Y así, ir aterrizando poco a poco, igual que nuestra mitad de la balanza, haciéndose cada vez más pesada. Más real.
Estamos a ras del suelo.
Podemos saltar.
Ya no hay balanza.



Por favor.
Por favor.
Por favor, llévame a París.