jueves, 11 de diciembre de 2014

No quiero volver.

Poca gente sabe lo cara que salgo después de todo. Y quienes lo averiguan, quienes apenas ven un resquicio, deciden huir antes de enfrentarse al precio.
Mientras me lo planteo, utilizo la borrachera como excusa para decir lo que nunca digo, (para cagarla, vamos), y me escondo del día a día tras la mejor máscara de indiferencia fingida.
Cuando acabas guardando la mierda, sin embargo, termina por apestarlo todo. No es raro que el olor alcance a quienes te rodeen. Y eso te jode más.
Escribo porque me jode callar y, en última instancia, porque parece que no me sale la voz. Me encantaría beberme un barril y mil lágrimas después soltarlo todo. Coño, y a quién no, a estas alturas; pero siento que me estoy acostumbrando paulatinamente a esto. Y no sé si es bueno. No sé si quiero este mundo para mí.


Por otra parte, hay gente que se preocupa, y a esos los veo cada día. Están ahí mirándome de reojo, preguntando discretamente qué me pasa. Les sonrío porque sé lo transparente que puedo llegar a ser, pero al mismo tiempo, siento una sensación parecida a cuando te ven desnuda y te preguntan si te están apaleando en casa al verte los moratones.
Aunque es algo que sé que no puedo evitar, así que lo sumo a la lista de limitaciones absurdas que se me escapan de las manos y continúo entrando por la misma puerta, con la misma sonrisilla absurda de "todo está bien".

Él, como de costumbre, también lo nota, pero él no pregunta. Él no habla. Él nada.
La razón de todo soy yo, han sido mis errores. Cada día lo hago peor y me molesto en echarle a él y a su silencio las culpas. Y quiero sacar tiempo para lanzarle aunque sea una mirada corta de "sigo aquí", un suspiro bien dado, un algo. Pero nada. No hay nada. Él nada.

Esto, y con ello no quiero que haya ningún tipo de equivocación, no es una explicación de por qué estoy así. Esto tampoco es nada. Es una simple nota a pie de página, un paréntesis entre línea y línea, un recordatorio en la nevera de mi conciencia para avisarme de que no baje nunca la guardia.
El humo puede acabar disipándose y encontrarme con algo que vuelva a darme miedo. Aunque tenga todas las luces del interior encendidas, esta vez.

Como ya he dicho con anterioridad en las cientos de entradas de este rinconcito blanco: nada es eterno.
Y, como también he dicho ya, me aterra.
Me aterra que nada sea eterno
Y me aterra que no lo sea, también.
No quiero volver al pasado. Nunca.

¿Quién salvo yo pagará mi precio, después de todo?


domingo, 30 de noviembre de 2014

Dame whisky y labios.

En mis mejores días verle me recuerda al ron a palo, caliente e indigerible, como una ola de calor que te deja el esófago ardiendo, las mejillas al rojo vivo y la valentía inconsciente de los ebrios. Describirle es extraño, difuso, porque creo que ni él mismo sabría cómo empezar.
"Soy raro", me dijo. "Sé que soy raro".
Le echo las culpas cada día por sentir la necesidad de escribir cada cosa nueva que nos une y nos separa a la mañana siguiente (para variar). Sí, por su culpa la vena literaria se ha cansado de contraerse y ahora uso unos pésimos recursos para que mi objetividad (o lo poco que queda ya de ella) pueda recordar a la perfección los hoyuelos blancos que se le forman cuando sonríe de medio lado.
También me aferro al recuerdo de la noche antes de la catástrofe —como he decidido llamar a aquel día en el que me defraudé a mí misma por primera vez—, cuando lo tuve en frente para mí, por mí, con los ojos más abiertos que nunca y la alegría que necesitaba camuflar cada ratito de noche que me regalaba con las miradas de: "está bien así, chiquitina".

Es tan opaco que a veces me duele mirarle. Aún hoy.
Los muros que le impone al mundo son de acero, porque a él eso de los corazones de hierro le parece una mariconada sin sentido. ¿Por qué hierro, pudiendo utilizar acero, que además nunca se oxida? Más dúctil y elástico. Todo lo contrario a él.
Siempre puedes fiarte de lo que dice, porque apenas habla. Es de esos que saben que es mejor morir callando y que se toma al pie de la letra cada letra que puedas soltar en falso. Es ignífugo y solitario, aunque detesta la soledad. Y yo he descubierto por qué.
Y a él le aterroriza que lo sepa.


Empiezo a sospechar que estamos en la cuerda floja.
Bueno, que yo estoy en equilibrio y él es la cuerda. Y viceversa. Ayer me dijeron que somos imbéciles y volví a reírme. ¡Cómo si no lo supiese ya! Como si no lo supiésemos.
Pero nos gusta así, a pesar de lo que mostremos al resto del mundo. Inalcanzables, tirantes y vanidosos. "Orgullosos como imbéciles", nos llama A.
Nos gusta, sí. Nos gusta porque seguimos palpando eso que un día salió de la nada, despedido, haciendo que la asquerosa normalidad a la que nos habíamos acostumbrado de disipara con cada día mal dado juntos. Nos gusta, quizás, porque seguimos ahí, al fin y al cabo.

Ahora todo es raro, porque los dos continuamos alimentando esa la lucha tirante, pero con la espalda dada, —como el logo de Kappa, chuchos—. Como intentó dormirse a mi lado aquella noche y la fuerza de mi fragilidad le obligó a abrazarme para que no tuviese frío, cuando me acariciaba los pies en una promesa muda de: "yo te cuido".
A día de hoy parece que ese día nunca ha existido, que se ha quedado suspendido en el tiempo y si volvemos a mirarnos no recordamos haberlo vivido; como si aquel día él abrazara a otra persona y yo soñara con alguien imaginario que solo volvía a ver en sus ojos cuando iba borracho y me llamaba guapa.
A pesar de todo quiero recuperar el resquicio de esperanza que pusimos, con la vida desordenada que nos ha tocado. Tirar del hilo elástico que cede por semanas, unos días a su favor y otros en los que parece que voy venciendo yo.

Quiero someterme a su guerra y tirar la bandera blanca que hice con su camiseta manchada de rimmel después de llorarle en el pecho.
Quiero que deje de desordenarlo todo y que esta vez, en lugar de a los viernes, sea a mí a quien ponga patas arriba, contra la pared o mirando al cielo.

Entrego las armas y el alma, mi general.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Muérete, hijo de la gran puta.

"Mi querida A, apaga las luces cuando acabes de leer esta carta y procura dejar entreabierta la ventana del salón, la de las vidrieras de colores.
(En unos años lo entenderás).

Ínfimo parece ahora el tiempo que hemos pasado separados: tú de mí y yo de mi conciencia.
Tengo la sensación de haber despertado de un sueño, de un letargo que se ha prolongado demasiado. Siento que el mundo ha ido girando y cambiando sin mí, dejándome atrás, ignorando a un cuerpo muerto que no sabía regresar a casa. Aunque eso es algo que, probablemente, ahora te costará entender.

Los lirios aquí crecen fértiles y fuertes, con tallos elásticos y pétalos claros que reflectan al sol por las mañanas, regalando a los valles un sin fin de colores que bailan con el aroma de la tierra húmeda.
Lo describo así porque sé que cerrarás los ojos y sonreirás un poco, a pesar de la sorpresa de ser yo quien te escribe.
Te conozco, hija mía, espero que no lo hayas olvidado.
(Mi alma poeta).
Que no me hayas olvidado a mí.

Cada jueves por la mañana abro la persiana y dejo que la suciedad de mi mente se disipe durante apenas unos segundos. Repito que todo irá bien, que no puedo morirme sin antes haber solucionado mi vida y haber pedido perdón a toda la gente a la que hice daño.
No soy un monstruo, aunque verdaderamente llegué a pensarlo. Esa desolación únicamente traía más miedo, más deshonra y más violencia, y me dejé llevar.
Me dejé llevar.
Hasta que fui yo quien empezó a caminar hacia ella.




No pasa un día en el que no recuerde la imagen de tus ojos en los míos, preguntándome por qué. "¿Por qué, papá, por qué?".
Y yo también me lo preguntaba.
Me he cagado en tantos dioses que ya no sé si tendré misericordia de quien sea que me espere ahí arriba. Ya no tengo fuerzas para ser yo quien elija. Ya no puedo seguir amenazándote con que me voy, cariño.
Yo ya me voy.
Y ahora tengo miedo de irme.

El perdón es la cuerda de los idiotas que se encuentran al borde del precipicio. Tú lo sabes, al igual que yo. Siempre has sido la más inteligente de los dos.
Pero, como yo, (y permítete una licencia poética absurda) también sabes que escribir salva y yo ahora no espero más que un simple asentimiento de cabeza.
No llorarás, no temblarás y no sentirás que estoy cambiando el ritmo de tu vida. Puede que incluso sea insignificante a estas alturas.
Pero no quiero morirme sin decirte que lo siento.
Algún día tendrás el valor suficiente para perdonarme, por eso prefiero dejarte escrita cada palabra que sale de mí. Porque los dos sabemos que lo escrito no se pierde, que perdura. Que somos parte de cada marca de tinta que dejan las letras, de los espacios en blanco y el interlineado vacío que llenarás con momentos de esa vida que jamás llegaré a ver.
Despedirme a estas alturas parece una comedia. Nunca he sido demasiado ordenado.
Me he dejado vencer por el placer de vivir dormido, y a pesar de todo lo que hoy te escribo, no puedo decir que me arrepiento.
Siempre he sido un estúpido impulsivo.
Espero que en eso te parezcas a tu madre: controla cada movimiento que hagas, manipúlate a ti misma antes de dejar que cualquier desalmado que apesta a ron lo haga.
Esas historias, cariño, nunca han acabado bien,

En fin, la vida a veces nos recuerda que la única meta es aquella que se camufla de felicidad: en nosotros está saber apreciar si es tan solo un espejismo o, por el contrario, algún día perderemos la soberbia para agradecer al resto del mundo haber sabido encauzarnos.
No somos nadie, mi querida A.
No somos nadie.

Te querré siempre en cualquier vida, a pesar del daño, mi alma poeta."

miércoles, 19 de noviembre de 2014

La vida pasa, y tú igual.

Desde que sé que existe ya no me interesa abrir el armario de los zapatos y coger los tacones rojos, vestirme de negro e ir pregonando mi propio luto, con los labios pintados y la marca violácea de otros mordiscos en el cuello.

Y mira si lo he acabado haciendo, por más que jure que a mí eso no me interese.

Ya sabes, todos nos encontramos más cómodos en un papel ficticio, inmersos en un rol donde no tenemos que dar explicaciones sobre cómo somos, quién somos o cuándo somos. Porque es ahí donde nos convertimos en aire. Y reímos, y cantamos esas canciones que siempre hemos dicho que odiábamos, mientras nos bebemos la inseguridad y la pesadez del domingo insomne que sabemos que nos tocará vivir cuando la euforia acabe en vasos de tubo de plástico barato. Esos que se rompen con nada.

Pero no me interesa, aunque esa sea la vida que tengo preparada para mí.

Desde que sé que existe he planeado bajo, sin volar del todo, perdida en excusas baratas de fin de semana e intentos de parecer auto-suficiente. Sí, ya, claro. Como si colase eso de ser feliz sabiendo que hemos alcanzado el límite de besos y que hemos sobrepasado de lejos el exceso de velocidad (¿hay también carnet para eso?). Al menos él se toma la molestia de fingirlo y aún me sonríe, no sé de qué manera, utilizando la amplitud de su boca como si fuesen manos y yo su cubo de rubik ya usado, con las pegatinas de colores despegadas y cambiadas de sitio, que, sin embargo, puede resolver ya de memoria, con los ojos cerrados.


Desde que sé que existe he tirado mis principios por el mismo balcón por el que eché la pota cuando supe que ya no estaba enamorada. Y acabé con las piernas (demasiado) abiertas y la boca cerrada, delante de otro y detrás de ti, suponiendo que todo iba a estar bien, que era lo correcto, que nada podía ser demasiado malo si te hace gemir.
Dios santo, parece que aún no me conozco.

Cuando supe que existía, el esquema conceptual de mi mundo, ese del que tanto presumía y por el que me vanagloriaba aún más de por el hecho de tener los ojos verdes, se suicidó arrojándose a los tiburones entre carcajadas. Se volvió loco, y a mí me dejó con el cuerpo descubierto y las mejillas rojas, con un foco sobre mí y el resto de la gente señalándome con el dedo.
Así llegó a mí vida y así se marcha ahora, girando la cabeza a veces, asegurándose de que todavía estoy ahí, no demasiado lejos.
Porque claro, no seamos idiotas, ¿a quién no le gusta ser el reflejo de los errores jamás reconocidos de alguien?
 Los peores, los que nunca han llegado a ser, salvo de pensamiento.

Desde que sé que existe, es cierto, escribo más y me reconozco menos.
Sigo con los tacones en la mano y el vestido recién planchado, sonriendo de más, buscando cualquier vía de escape lo suficientemente tentadora como para poder olvidarle unos días.
Procuraré no acabar borracha.
Es cierto.
La última vez acabé mirando dentro de la botella, y en el fondo tampoco estaba.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Prope tua.

Me he dejado vencer de mil maneras,
de las cuales tú tomaste novecientas,
y me dejaste cien,
reduciéndome
a cincuenta deseos de que vinieras,
y sólo diez de ser yo quien regrese a ti.

Me has doblegado convirtiéndome en esclava,
de una incertidumbre difusa y etérea,
de noches pendientes de tenerte cerca,
de promesas mudas y sordas respuestas.

Y sin embargo, mira,
tan idiota,
inconsciente,
¡como si nada de esto me doliese!
Como si aprobara en silencio tu renuncia,
y por única respuesta
te girase la cara, fingiendo ser valiente.

Me minas, te aproximas y me hundes
y es que, después de naufragarte,
¿quién querría tener rescate?
O una segunda vida después del mar,
la tormenta y tus desastres.

Me miras y lo entiendo,
en sólo tres segundos
me regalo un último intento:
que quiero que vuelvas,
que me hundas,
que no lo acepto...
Que grito en silencio si me prohíbo verte,
y clamo a los dioses,
como si tú no me oyeses:

¡Devuélvanme su iris gris!
¡Su caos sin mí!
Y sus ganas locas de no tenerme...

lunes, 10 de noviembre de 2014

La vie en gris.

Noviembre ha entrado con los ojos vendados y pegando gritos.
La misma gente, las mismas calles, los mismos intermitentes, los misma mierda disfrazada de viernes noche.
Aprieto el paso con la voz de un Juancho que me lo pide suave en los auriculares, con el viento fustigándome en la piel que dejo al descubierto. Meto las manos en los bolsillos del abrigo mientras cuento mentalmente las carreras que llevo ya en las medias, medio borracha antes de las once, con un pie dentro y otro desencajado, preguntándome si soy ya valiente.

Nunca he sido demasiado avispada, ni guapa, ni astuta. Siempre me ha dado por llorar en las malas rachas y conocerme a mí sería darme por perdida. En eso pienso siempre que me mira y no puedo aguantarle la mirada. ¿Qué podría hacer? Todo parece una broma pesada, una historia cutre que, muy probablemente, acabará con uno de los dos drogado en la cama de otro, de otra.
Sé que me mira sin querer, que pese al dichoso guirigay de idas y venidas, charlas estúpidas y terceras personas, existe algo más: un hilo, un elástico invisible entre los dos.
Que para lo bueno y para lo malo saltan chispas.

Patino por el helor y el vaho, dejo atrás todas esas formas difusas.
Subo las escaleras con el crujir del metal bajo las suelas, despertando a los monstruitos invisibles, los que susurran y soplan hasta erizarme el bello de la nuca.
Las luces interiores están encendidas, y la puerta de la casucha entreabierta.
Oigo a alguien dentro, por lo que retrocedo inconsciente, aguzando el oído. La voz de un conocido presentador de tele-basura consigue apaciguar mi estómago. Echo un vistazo dentro, sintiéndome una intrusa, movida por el frío y la inseguridad que producía en mí aquel lugar escondido. Doy un paso dentro cuando escucho el sonido de la cadena del váter.

Sale sacudiéndose las manos mojadas, con las mangas remangadas, sin percatarse siquiera de que estoy ahí.
La sudadera gris, los ojos grises, la vida gris.



—¡Pizza!— grito, alzando el rectángulo de cartón. Las bolsas blancas prendidas del antebrazo se mueven con fuerza, haciendo tintinear el cristal de las botellas.

Él se ríe de mí, con esa media sonrisa estúpida y la misma mueca de los viernes por la noche que lleva puesta desde hace meses.
Me mira de frente.
Me mira.
Me mira.
Me quema.
Bajo la cabeza.

—¿No vendrás ya borracha?

Ups.

Comienza a beber de la primera botella de cerveza como si le hubiesen arrancado el alma y la hubiesen encerrado allí dentro. Y yo sólo puedo mirarlo, embobada, preguntándome cómo diablos he acabado aquí, a las puertas de un mundo al que sólo se me permite echarle un ojo desde fuera, cuando, en realidad, lo que estoy deseando es arrancar las bisagras de todas sus puertas y quedarme a vivir dentro.

"Esto no tendría que estar pasándome."
Ya me lo advertí, pero no quise hacerme caso.

Esta noche sé que volveré a llorar y que aunque esté a mi lado no vendrá a rescatarme.
Por más que él lo quiera, seguirá encerrado dentro, con sus ojos grises y su vida patas arriba, deseando crecer, deseando ser aire.
Deseando, quizás, que ese alguien llegue de una vez a ordenarle el caos de la habitación y de la vida.

miércoles, 22 de octubre de 2014

I'm so immature...

"Mientras yo me empolvo la nariz, él empolva sus pistolas,
y cuando intento no separarme de él,
descubro que ya se ha marchado...

No sé a dónde irá.
No sé dónde estará.

Pero sé que esta noche está preocupado, sé que tiene sueños horribles; así que nos tumbamos en la oscuridad, porque ninguno de los dos tenemos nada que decirnos, y sólo escuchamos el latir de nuestro pecho, como dos tambores en la inmensidad.

No sé qué estamos haciendo.
No sé qué hemos hecho.

Pero sé que el fuego está llegando, y creo que es mejor que huyamos...

Huir, huir, huir, huir...



Mientras yo me ato los zapatos, él se abotona el abrigo,
y así caminamos fuera, asegurándonos de que el lugar está despejado en ambos lados...
No queremos ser vistos en este suicidio.

Pero ahora mismo puedo ver las sogas, y yo no quiero contárselo a mamá. Sé que lo mejor es que no lo sepa,
Y él... él no se lo contará a su familia, porque ahora son todos fantasmas.

Así que nos protegemos el uno al otro con tanto cuidado como podemos, antes de llegar al límite, hasta que nuestro plan termine...

De huir, huir, huir, huir...

¿Te quedarás conmigo un día más?

Porque no quiero estar sola mientras esté así.
No quiero estar sola... cuando mis huesos se descompongan.

Huir, huir, huir, huir...

Mientras yo me empolvo la nariz, él empolva sus pistolas,
y cuando intento no separarme de él,
descubro que ya se ha marchado...

No sé qué estamos haciendo.
No sé qué hemos hecho.

Pero el fuego está llegando, y creo que es mejor que huyamos..."


Daughter - Run.


martes, 21 de octubre de 2014

Run and run.

Los cristales empañados me estaban gritando exactamente lo último que necesitaba escuchar. No sé si había conseguido emborracharme bien o por el contrario estaba todo en mi cabeza, si aquella nulidad mental era solo fruto de mi imaginación, de mi deseo de que algo cambiase, de que aquello ocurriese.
El techo quedaba cada vez más bajo mientras yo me perdía en la obviedad de que aquello tenía que suceder tarde o temprano, que cuando acabase yo no sería la culpable de nada, solo la víctima de un universo que lo aproximaba y lo separaba de mí, como si estuviésemos unidos por cuerdas invisibles que se estiraban y se atraían al son de cualquier canción que hablara de lo bonito de hacer las cosas mal.
Imaginé que tenía las pupilas más dilatadas que él hubiese visto en su vida. Imaginé que fuera era todo precioso, que las nubes cubrían el cielo y que los edificios se habían teñido de ese gris verdoso que a mí tanto me gusta. Imaginé que él había organizado todo ese alboroto para mí, que había sacado la cabeza por la ventana y había gritado como un loco: "¡Que el mundo se transforme para ella hoy, que quiero besarla!".
Lo imaginé y sonreí.
Quizás no me había emborrachado tan mal, después de todo.
Lo llamé sin voz, mirándole sentada. Sonreía como un tiburón, como el recién proclamado rey del mundo. Me acechaba de pie, como si yo fuese su presa, su comida favorita, como si planease la mejor artimaña para abalanzarse sobre mí. Eso era para él, su trofeo, su victoria, su reconocimiento. Aquello no era más que una obra mantelada para atraparme, aquella habitación era mi jaula y él me había acorralado allí para exprimirme y doblegarme como el campeón universal del amor.
La diferencia, es que yo eso sí lo sabía.

¿Y ahora qué?

La pregunta muda vino respondida por una caricia lenta en la mejilla.
Yo sonreí, tonta, interpretando el papel que se esperaba de mí, mientras él se acercaba a mi cuello. Olía la ansiedad en su aliento, escuchaba a su saliva gritar.
Me besó como si fuese a romperme en cualquier momento. Mi boca, paralizada, aceptaba la suya con la lentitud con la que las nubes avanzaban fuera. Me volvía húmeda y aire al mismo tiempo. La duda que tenía entre los dedos se ciñó a su pelo.
Ya no quedaba nada que salvar, ya no quedaban barreras, solo la estúpida convicción de que aquello estallaría conmigo, de que todo se iría al traste, de que estaba corriendo hacia el final. No quería que dejara de besarme y no quería corresponder a aquel beso porque sabía que estaba encaminándome a mi propio adiós.

¿Y luego qué?

—¿Por qué la luz de las farolas es naranja?— me zafé de su boca con toda la delicadeza que pude, empujándole hacia atrás.

Su cara parecía esculpida en cartón-piedra.
¿Y a quién diablos le habría importado entonces de qué dichoso color fuesen las luces?

—A mí. A mí me importa— me respondí a mí misma, inconsciente.




Si esperaba que se cabreara o me mandase a la mierda, iba equivocada. En lugar de señalarme la puerta o levantarme el dedo corazón, se sentó con las piernas cruzadas y la espalda contra la pared y miró hacia la ventana.

—No lo sé— respondió, sincero—. Pero creo que no me gustaría que fuesen de otro color. Me gusta cuando dejan sombras en los edificios y cómo las gotas de lluvia parecen rayos a contraluz.

Él miraba fuera y yo lo escrutaba por dentro, preguntándome qué pensaba, si estaría enfadado conmigo o molesto por haber detenido aquello que tanto tiempo nos había llevado decidir.
Pensé en abandonar, en pirarme corriendo de aquella habitación con mis preguntas sobre el hombro y no volver a aparecer nunca más, exactamente como él haría. Era un error, una decisión estúpida.

Después de todo, un beso es solo un beso.

Volvió a mirarme y suspiró. 
Sonrió.
Apoyé la espalda contra la pared, posicionándome a su lado, cubriéndome las piernas con el largo de la camiseta. Dejé el peso de mi cabeza contra su hombro. 
Las farolas ya creaban sombras sobre nuestra piel.

—Tenemos miedo a lo que no conocemos— dijo.

El mundo parecía haberse parado fuera.

—Creo que te tengo miedo— añadí.

Nos quedamos así sentados, uno junto al otro, durante horas. El cielo terminó por oscurecerse y el ruido de la ciudad por exterminarse. 
Ya no quedaba nada que salvar.

—Voy a comer algo— se levantó, dejándome la cabeza en el aire y el olor a perfume en la pituitaria—¿Te preparo...?

Negué con la cabeza antes de que terminase la frase.
Vi cómo se perdía por el pasillo.

Me tumbé en la cama cuan larga era y me llamé estúpida. Me retorcí, me arañé y empecé a dar vueltas sobre mí misma.
El pitido del microondas sonó cuando puse el primer pie en el suelo y corrí por el pasillo sin pantalones hasta llegar al salón.
Estaba sentado en el sofá, sin camiseta y con la cara entre las rodillas.
Me miró como si viese su cristal favorito echo añicos en el suelo.
Me abalancé a su boca sin pensar en lo cerca que había estado de perder el equilibrio.

Y así fue.
Me besó como si tuviese que exprimir mi boca para seguir respirando. Me dejé besar y palpé cada rincón de él, dando y pidiendo una guerra que había desencadenado sin pensar, dejándome llevar por el maldito impulso de no perderle.

Y le estaba perdiendo.
Le estaba perdiendo mientras me follaba.
O mientras me hacía el amor.

Eso es algo que nunca supe.

martes, 14 de octubre de 2014

Casi sin querer.

No sabía ya si era agua o cerveza lo que me recorría los labios.

Lucía el vello de la nuca erizado, preguntándome si noviembre le habría metido mano a todo esto o si, por el contrario, no era frío, sino un torrente de vida lo que suplía mis parpadeos por espasmos y me impedía mantener la compostura con su pecho frente a mí.
Se inclinó y me mordió el cuello. Su declaración de intenciones me obligó a soltar un rugido sordo que parecía decir "si decides parar acabaré empujándote yo".

La humedad de mi boca recibió con una oda a su lengua, en mitad de una melodía de violines y tubas, como ocurre con el buen jazz y las noches de verano borrosas que tuve que aprender a dejar atrás para no morir entre remordimientos.
Obligó a su mano a enredarse en el largo de mi pelo mientras el ritmo de aquel beso se volvía rebelde y paulatinamente menos constante, más salvaje, más instintivo.

Y nos pasó lo que les pasa a las bestias.

El descontrol, con una contradicción poética de las que a mí me gustan, tomó las riendas de su canibalismo y mis maullidos persas, meciendo la noche en un colchón raído, iluminado entonces por mi ingenuidad y su no tan casual pérdida de conciencia.

Tomaba de mí sin reparo lo que le placía, volviéndome a mí más burda y primitiva y, sin embargo, más mujer a cada amago de grito. Él sonreía al verme atada a sus muñecas, sin escapatoria y esclavizada a él, al gusto de los vaivenes de su lengua en mi lengua, con su curva insistente dibujada en la cara en la cual podía leerle los subtítulos: 
"Y aún no hemos empezado".

Una ola de energía me sacudió por dentro desplegando una onda tan intensa que él pareció percibirla.
Me desnudó aplicando sobre mí el magnetismo de sus labios, jugando con la ilusión que yo ponía en alcanzarlos, zafándose y fundiéndose luego en mí entre risas malévolas.
Estaba en su círculo, en su núcleo y lo sabía.
Podía haberme matado y lo sabía.



La desnudez me hizo abandonar durante unos segundos la embriaguez del vodka y ubicarme sobre su torso desnudo, pero pronto sus colmillos se encargaron de facilitarme la vuelta al mundo de su erotismo extraterrenal.
Se quedó allí y succionó de mí hasta que creí haberme dejado el corazón en su garganta, pidiendo a gritos que le pagase el rescate con la lentitud del amor a las cuatro de la madrugada, a cuatro patas, con las puertas del alma abiertas y un cartel que señalara: "tómalo todo y regresa mañana a devolverlo".
Y así se lo ofrecí, más gata y más humana que nunca, desgarrando con las zarpas cualquier trozo de carne que se quedaba a descubierto, buscando limarme entera con los rotos de su voz y el ruido de los muelles contando asaltos.

Me zafé de él y lo embestí. Y él, cambiado el rol de héroe por el de víctima de una fiera, se dejó hacer. 
Pedía más, pedía lento, pedía fuerte, pedía y pedía. Los pensamientos se escapaban de su mente y llegaban hasta mí en una frecuencia nueva, arrolladora y exuberante que me llenaba a mí de su placer.

Volvió a violentarse él cuando sabía que estábamos cerca del fin. Se puso en pie y me empotró contra la madera vieja de un armario que sirvió como testigo de la brutalidad del ser humano dominado por la noche y el deseo constante de lo que creía que sería amor barato.
Bebió de mi humedad haciéndome música y volviéndome creyente, alabando al cielo y a cualquier dios que pasase por allí y sonriese al palpar mi euforia.
Y llegó.
Intenso como una descarga y apetitoso como el calor del voltaje, estremeciéndome y arrancándome un suspiro de mil hercios, doblegándome y devolviéndome del cielo a los límites de la realidad.
No terminé de suspirar cuando me clavó la estaca y volví a ascender.
La energía se transformó en un bucle intenso y uniforme del que necesitaba y al que recurría cerrándo los ojos.
Empezamos a ser uno y todo el mundo dejó de tener significado completo.
Levitábamos a la vez, pedíamos a la vez, recibíamos a la vez.
Nos fundimos y nos convertimos en aquello que creo debe ser el significado de la vida.
La felicidad.
Fuimos felicidad desnudos y con las gargantas rotas, mojándonos de algo tan abstracto que aún hoy me cuesta recordar sin querer morir para olvidar que no volverá a suceder.

¡Qué cantidad de palabras complejas para explicar un polvo!
Pero qué polvo.
Me hizo el amor más sucio que recuerdo, tan lleno de metáforas que, si alguno de vosotros pudiese entenderme algún día, os olvidaríais de buscar la felicidad en los cajones vacíos de los veranos muertos.



domingo, 12 de octubre de 2014

Roto.

El viento en la cara y la adrenalina me evadían de toda la mierda. Imaginé que la moto se estrellaba de repente contra un muro y no sentí miedo. Necesitaba acción, euforia. Necesitaba el grito que me despertase de la pesadilla.

"Y te sientes mal, y todo es una mierda. Y estás borracho, y quieres arrancarte los pelos para que el dolor supla el vacío del pecho."

Las calles paralelas se transformaban en manchas difuminadas con el ruido del motor. El frío me hacía vivir, me mantenía alerta.
"Más rápido, más rápido".
O que se pare ya el mundo.
Que se pare todo.
Que se pare...

"Y quieres llenarte de algo, como el sexo, para sentir que no estás empezando a desmoronarte, para experimentar euforia y no miedo."


En casa el agua caliente no arregló nada. Quise quemarme hasta acabar llorando de dolor, con las gotas recorriéndome las mejillas, como lágrimas.
Volvía a aquello.
Volvía a ser la chica triste, la que lloraba en la ducha, la que necesitaba salir de casa a las dos de la mañana para poder encontrarle un sentido a seguir viva.
De la noche al día volvía a transfigurarme, a ser un ser dependiente de afecto, una marioneta con la que cualquiera puede trabajar, a la que fácilmente se le mendiga un beso.
Pero yo no quería, no podía quererlo,
Yo no.

"Necesitas estabilidad, un equilibrio, una mínima seguridad en algo...
En alguien."


Me había convertido en la que se odia, la del adiós. Atrás solo quedaban los gritos, los tragos recién potados y un polvo de despedida a la mitad. La puta cara de "qué estoy haciendo con mi vida", la del "dime que me quieres, aunque sea mentira".
Y nada de eso cura, nada mejora, nada cambia el pasado.
Lo llamaría, le pondría la voz más tierna y le suplicaría que pasara la noche conmigo. Que fingiese quererme él. Que me follara porque sí, sin argumento, como ley de vida.
Y no podía.
No podía hacerlo.

Lo juro, a partir de hoy.
A partir de ahora.
No me volverás a ver llorar aunque me esté muriendo.

sábado, 11 de octubre de 2014

Para ti, todo lo que yo me deje.

Las farolas y el ruido de los coches no sirvieron de relleno. Todo estaba negro, todo era una inmensidad opaca y rígida que me destruía segundo a segundo.
La sensación de ardor en el intestino se extendió, ocupando la totalidad de mi cuerpo, haciéndome caer. Alguien me besó. Alguien me golpeó. No encontré diferencia y sonreí.
Me desnudé ahí mismo, sin importarme nada, sin visión de futuro, sin tenerte en cuenta.
Me miraste taciturno.
Sabía que solo me pedías una explicación en silencio mientras en tu cabeza me estrangulabas con aquella maño cerrada en el aire.

¿Me odiabas?

Es lo único que me preguntaba y lo único que no podía dejar escapar. En lugar de eso, me esforzaba por preguntarte sin respiración por qué te lo llevabas todo, como a rastras, cargando un peso muerto, con esa linea en la boca y moratones colgando de los párpados, como si vieses el universo al andar, sin órbita.
Me miraste la piel y te derrumbaste también. Una lágrima turbia te acarició la mejilla.

¿Me odiabas?


Follar con odio, lo sabíamos, siempre fue la última opción, la de emergencia, a la que recurríamos cuando la monotonía los mordía en la nuca.
Yo quería follar y tú querías volver a sentir algo, como en los libros, como en los labios.
Yo era una víbora y tú un lobo recién salido del psiquiátrico, con el rabo entre las piernas y la espada desenvainada.
A punto de algo dulce, como el caramelo.
Yo era la mejor de todas y tú el estúpido que lo reconocía siempre que te pedía amor.
Tu chica inigualable, la del cielo, la caída en picado de cualquier pecador con una botella de ron y conversaciones de extraplaneta.

Me mordía el labio hasta sangrar, hasta que me doliese a mí, porque me parecía injusto que no compartiésemos vacío. Hay que saber ser comprensivo con quien prefieres levantarte que acostarte, hay que saber llevarlo.
La piel nívea y los labios rojos, como de piedra, y tú observándome enfrente, sin entender qué pasaba y cómo habíamos acabado así.
Yo tirando de ti y tú dejándote mecer.
Hicimos la guerra intensa, nos ametrallamos y nos crucificamos después.
Te dejaste vencer, como siempre, y yo volví a arrancar de cuajo mi bandera en busca de otros mundos que me quisieran menos, en busca de los ojos abiertos y las sanguijuelas del estómago.

Volviste a mirarme y balbuceaste algo.

Te estaba tentando.
Te estaba matando.
Me estabas odiando.

Mi vida es una puta tragedia.


jueves, 9 de octubre de 2014

Hazme un guiño y sigo todas tus señales.

"Baby, get back"

Como el día que nos conocimos, ¿recuerdas?

Yo con aquel dichoso mono y sin pedirte por vergüenza. Bebías de aquella botella de vidrio verdosa como si la vida se te estuviera disolviendo en las burbujas. Me limitaba a mirarte de frente, maravillado, escuchando la reverberación de tus cuerdas vocales al soltar una carcajada.
Pobre de mí. Eras la tristeza con el pelo más largo que había visto nunca y bailabas las canciones de los Soprano con los ojos cerrados, como una cuba, ajena al resto de idiotas que te miraban de reojo.
Alguien me ofreció un porro y me lo llevé a la boca, sin pensar, todavía observándote.
No fumaba.
Y sin embargo ahí estaba, absorbiendo aquella mierda para que me mirases, para que al menos te percataras de que allí estaba, jugando con el humo en la boca, presumiendo de ser un tipo extraño con vicios inadecuados y ganas de ser un títere.

Había escuchado de ti que te gustaba volar.
Te recordé entonces, con un par de años menos, bebiendo la cerveza más rubia de la ciudad, enseñando el corazón (el dedo y el alma a partes iguales) a todo el que se atreviese a llamarte cría, sentada en un taburete alto, dominando todo aquel tugurio como un halcón expectante.
Te relamías los labios después de cada buche, como en aquel precioso y preciso momento. Quise de ti lo que querías enseñarle al mundo pero te aterrorizaba perder.
Quería morderte tres mesas detrás de ti.



Dejaste de reír y saliste de la habitación. Otro par de imbéciles siguieron tu culo con la mirada.
Me adelanté, mareándome al abandonar el suelo. Te agarré el brazo en el pasillo y te pedí un beso.
Me reí. A mi alrededor todo daba vueltas.
Quise morderte delante de ti.
Dejé de sobreactuar cuando comenzaste a llorar.
Me gritaste.
No nos conocíamos.
Y lloraste, llamándome maldito capullo pajillero de mierda.
Acentuaste aquel "mierda" de una forma preciosa.
Te abracé y te canté un cacho de aquello que guardaba para ocasiones especiales, como un idiota. Como los demás que esperaban fuera, esperando un hálito de ti.

Me dejaste la camisa manchada y el corazón empapado de rímmel.
Me pegaste y te largaste de allí, drogada y muerta de miedo, meneando la vida al ritmo de tus pasos.
Pensé en correr hacia ti y besarte.
Luego no pensé.

Aquella noche acabé borracho, escuchando a los Soprano y masturbándome en la cama de siempre, mientras gritaba nombres de mujer, buscando alguno que encajara con aquella mirada de muñeca de trapo usada.

Se me olvidaba que en los finales exageradamente tristes nunca hay protagonistas.

sábado, 4 de octubre de 2014

Inconveniente.

—Se me hizo tarde. Las horas volaron y no fui consciente del frío y la soledad de las calles. Iba drogada. Me metí hasta que dejé de tener control sobre mí. Fue alucinante. La dependencia emocional desapareció, la serotonina salía despedida a raudales por mis poros. Fui feliz, a pesar de no saber si saldría de aquella. 

El hombre me miró como solía hacerlo cada miércoles: con la mano derecha bajo la barbilla y una ceja arqueada.

—No me arrepiento. 

<< Las calles daban vueltas y escuchaba un sonido intermitente, parecido al de un teléfono comunicando. Empecé a cantar.

"No recuerdo una anti-historia mejor... de contenido incierto."

Él reía mientras me agarraba de los brazos. con los ojos achinados y la mirada perdida. 
Hablaba de la felicidad efímera y sus consecuencias, pero reía.

"Y alzo el vaso más vacío que yo... lo elevo hacia el infierno."

Algo se estaba muriendo en las calles mientras nosotros cabalgábamos como bestias narcóticas, olvidando el mundo.
Pero fui feliz. >>



El hombre levantó el bolígrafo.

—Ya.

—Creo que puedo ser feliz.

Él me miró de reojo, se acomodó en su sillón.

—¿Te consideras dependiente?

Sonreí.

—¿De qué estamos hablando?

Calló.

—¡Soy dependiente de la felicidad!

El hombre se levantó y me tendió un libro rojo.

"Autoayuda", leí.

—No voy a domesticarme. Quiero convertir las rectas en curvas. Sería una mezcla de beata y ramera. Una chica de la noche eterna. Una ilusión de los días no vividos. Quiero nacer y ser el hambre invisible.

El hombre rió.
Yo me desplomé.



jueves, 11 de septiembre de 2014

Final del primer acto.

Me hicieron falta dos minutos —dos jodidos incesantes minutos— para comprender que te habías ido. Me quedé impasible ante el ruido de la puerta cerrándose. Lo obvié, mi cerebro se resignó a procesar el indicio, porque, sencillamente, era imposible que ya no estuvieses allí.
Durante esos ciento veinte segundos me dediqué a suspirar y a rechinar sandeces: hablaba de lo mucho que hemos cambiado, de tu inestabilidad emocional y esa manía de cuadricularme, de hacer de tu vida una aburrida aritmética constante. Estabas ahí, escuchándome y no me respondías, y yo, egoísta y orgullosa, dos adjetivos de los que sé que no podré desprenderme, levanté la voz. Sí, sí, grité. Te gritaba que dejaras de ser así. Que crecieras. Que dejases de vivir midiendo cada paso, organizando cada minuto de tu vida. Que fueras viento. Que me entendieras. Que cambiaras.
O, sino, que te fueras.

—¡VETE, JODER, VETE!— aquello parecía una escena dramática de alguna película mala.

Yo te gritaba y tú no respondías.
No aparecías, ni siquiera rechistabas.

Abrí el armario y empecé a tirar tu ropa al suelo: la camiseta negra de ese grupo que siempre te empeñaste en que escuchara, los pantalones que te regalé en tu cumpleaños, la camisa de cuadros tres tallas más grande que te hacía parecer un artista callejero, el gorro de lana azul que me gustaba que te pusieras en la cama.
Provoqué una avalancha textil sobre el suelo, arrasé con todo, porque no tenía otra forma de expresar aquella injusticia silenciosa que estabas cometiendo.
De un momento a otro llegarías y me chillarías:
"¿¡Qué se supone que estás haciendo, Ana!? ¡Estás loca! ¡Loca!"

Aunque siempre supiste que lo que más odiaba en el mundo era tu silencio.


La rabia se cayó al suelo y se quedó desperdigada junto a la ropa. Una lágrima me corrió por la mejilla y cayó sobre la camisa.

—Joder... No... no quiero esto...

Tú seguías callado.

—¿Qué nos está pasando...?

Avancé por el pasillo, aún con la lágrima al borde del acantilado y te busqué, como siempre y como aún te busco.
La cocina, el baño, el salón.
Y no estabas.
¿Dónde estabas?

—Quiero arreglarlo— dije.

Detrás de las puertas, de las cortinas, bajo las mesas.

—Quiero arreglarlo...

Me hicieron falta dos minutos para comprender que te habías ido.
Me quedé temblando en la entrada, frente al espejo, procesando que me habías dejado allí, gritando como una loca, mendigando algún sonido, alguna respuesta.
Tú no volviste a llamar y yo aprendí a odiarte.
Porque siempre supiste que lo que más odiaba en el mundo era tu silencio.


miércoles, 27 de agosto de 2014

Héroes.

Pi pi, pi pi, pi pi.

Puto despertador.
Puta mierda.
07:07.
Maravilloso.

Apago el cacharro de un manotazo, tirando la lamparilla al suelo, y me dejo vencer por la atracción de la cama durante segundos. Me estiro cuan larga soy y me quedo así, como una estrella de mar, ocupando la inmensidad de la cama de matrimonio.
El tacto frío de las sábanas en el lado derecho de la cama me provoca un escalofrío que contrarresto incorporándome. Los primeros rayos de sol me acarician la piel y dibujan sombras en la camiseta gris que uso como pijama. Me arrodillo sobre el colchón y vuelvo a estirarme, frotándome un ojo.
Margot me da los buenos días con un ronroneo y un beso de su hocico mojado.
El helor del suelo en Diciembre termina de despertarme. Enchufo el microondas y saco el brick de leche sin lactosa de la nevera. La excesivamente maquillada presentadora de noticias de la 1 me dice que ha habido otro asesinato en París y que el resto de la semana seguirá tronando. La taza de los Beatles se boza de leche, manchándome los brazos.

—¡Puta mierda!— grito, sacudiéndome la leche.

Margot se acerca a lamer las gotas que han llegado al suelo y pasea entre mis pies descalzos, refregándose el lomo.
Le lleno su plato y meto la taza en el microondas.
Apago la televisión y enciendo la cadena de música que me dejó el abuelo. La presentadora de la 1 parece insoportable una vez que escuchas a David Bowie hablar sobre héroes.
Empiezo a bailar con Bowie sobre la alfombra, con los brazos extendidos en el aire y los ojos cerrados.

—We could be heroes...


El pitido del microondas me devuelve a la realidad, al cielo de ciudad encapotado y los lunes de mierda con resaca. Me meto en la boca las dos pastillas y le pego un trago a la leche, quemándome la lengua. Tras la ventana los primeros madrugadores salen del bloque de enfrente con el paraguas bajo el brazo y entre bostezos se despiden de sus señoras. Suspiro cruzada de piernas sobre el sofá, con la cabeza apoyada en el marco de la ventana.

Casi puedo imaginármelo aquí, justo detrás, sonriendo como un bobo y señalando el poste telefónico cubierto de nubes.

"Las rubias de verdad no se pasan la vida soñando".

Las rubias de verdad...
Me cago en dios.

Cuándo diantres me he quedado sola.

Margot aparece a mi lado, agradeciéndome la leche con otro refregón sobre el pecho. Sus ojos azules me invitan a contárselo todo, a suspirar con ella y llorarle lo que sea necesario.

—Ella tenía más tetas— contesto a la gata, encogiéndome de hombros.

Ronronea cuando le acaricio el lomo y sonrío.
Ella tenía más tetas.

Me estremezco entera al escuchar unos pies mojados.
Justo detrás.

—Buenos días, gatitas— sonríe Marco.

Mierda.

El lomo de Margot se transforma en una capa de púas al oírle llegar.
Normal.
El torso denudo le acentúa la cara de gilipollas.

—Lárgate— le invito.

—¿Y mi desayuno?— replica, indignado.

—Que te largues.

Vuelvo el rostro en el momento en el que me lanza las bragas a la cabeza.
Mis bragas.
Me cago en el whisky.

Recuerdo el lado derecho de mi cama y le miro.
El pelo oscuro chorreando y la toalla sobre los hombros indican que acaba de ducharse, después de levantarse de mi cama, después de haber dormido conmigo, después de haberme follado.
Me cago en el whisky doscientas mil veces.

Bowie sigue cantando y yo sigo sin bragas, con su camiseta gris y mis ojeras malva.
Él se larga y yo sigo con la vista fija fuera cuando da el portazo. Margot me mira interrogante y yo me pongo a temblar.
La leche se me ha quedado fría.

—Las rubias de verdad no se pasan la vida soñando...

Margot ronronea.

¿Yo nunca he sido de verdad?

—Puta mierda...

martes, 5 de agosto de 2014

Tanta poesía.

Grito al verme desnuda delante de un cuerpo que consigue palparme con los tentáculos de su mente,
y descubro,
con los labios abiertos en forma de quejido,
que aún no se ha inventado para mí arma tan mortal como su espada,
desenvainada,
apuntándome,
clavándose en mí,
intentando atravesarme el corazón.
Reculo y huyo lejos de su boca, de su sed y de su influjo,
sin éxito.

Y como un héroe, me aprisiona y me obliga a mirarle antes de volver a ensartarme.
Aúllo,
y la luna cierra las ojos, dejando un claro, un resquicio lo suficientemente amplio para bañarme,
mitad en sangre,
mitad en vida,
dentro de su boca.
Mientras yo canto al cielo y me invento a unos dioses que acaban de dejarse ver,
y afirmo,y grito,
y reclamo,
que no vuelva a parar nunca.
Tanto hablar de drogas blandas y viajes al espacio,
tanta química,
sin saber, que en realidad, me valía enloquecer con menos ciencia,
más humanidad,
y sobretodo letras.
Tanto hablar de alcohol y narcóticos,
y yo sin saber que la magia de su sexo,
de su espada,
la creaba la poesía de la encimera.

lunes, 28 de julio de 2014

Colores pastel.

Clementine solo tenía los ojos pequeños cuando miraba al sol, por eso pasaba la mayor parte del tiempo con el balcón cerrado. Yo me había pasado la vida en casa, observando cómo los petirrojos anidaban en primavera y cómo emigraban en invierno. Por eso sabía cuando ella decidía volver a abrir las ventanas y asomarse al mundo: siempre en invierno, siempre nívea.

Una vez al año, el blanco de su mallorquina de madera rugía y sus hojas se abrían, imitando a las alas de mariposa, para mostrarle un mundo cambiante, totalmente distinto a su pequeña guarida. Yo sabía que le gustaba mirar la nieve caer desde la rama del árbol que separaba su ventana de la mía, o cómo los colores anaranjados del atardecer se iban consumiendo en la noche fría y seca de un Noviembre cerrado. Una vez al año, se escuchaba una bonita canción francesa que algo decía sobre la tristeza de los violines, y la veía suspirar, mirando al vacío, lamentándose de Dios sabe qué miseria. Sus pestañas parecían humedecerse, pero parpadeaba y en un instante creía haberlo imaginado; nada era del todo cierto cuando ella se asomaba y posaba la barbilla sobre una mano, semejando a aquellas damas de las historias del pasado.


La veía tan pequeña y frágil, que mil inviernos pensé en bajar corriendo los escalones, de dos en dos si fuera necesario, y plantarme bajo ese balcón, con un violín y una enorme flor blanca. ¿Que por qué no lo hacía desde allí? Pues por miedo, por qué iba a ser. ¿Quién osaría llamarla desde un balcón, nombrarla con la voz temblorosa y clavar su negra mirada en ella? Clementine sólo tenía los ojos pequeños cuando miraba el sol, pero juro haber visto nieve en polvo coloreando sus iris, juro haberme congelado mientras mi mirada patinaba en las curvas de sus blancas mejillas. Y juro, por el mayor de mis suspiros, que no creí haber descubierto el invierno hasta el día en que la vi llorar.

jueves, 24 de julio de 2014

El canto triste de Buenos Aires.



—Un café solo, por favor.

Sin azúcar, sin crema, sin ella.
Sonrió ante su propia idiotez; por supuesto que estaba solo. ¿Qué esperar después de que sus ansias le hicieran abandonarlo todo? Espoleó la cabeza en un acto automático de evitar que los sentimientos de culpabilidad le recorrieran los intestinos y que el nombre de aquella mina presuntuosa volviera a ensuciar sus pensamientos. Ahora no podía arrepentirse de haberla engañado. Todo era tan claro entonces, que no podía permitir que aquella asentada decisión se tambaleara de la noche al amanecer.
Los cristales tintados de sus anteojos reflejaban el rincón preferido de su Buenos Aires. El azul de su cielo le regalaba una calma de la que estaba lejos de imitar. A pesar de la brisa argentina y el olor a café caro, no podía mantener la mano alejada de su cabellera negra, nervioso. Sacó un cigarrillo del bolsillo de los tejanos y lo encendió, acompañando el momento por la risa de las muchachas que colgaban del brazo de un grupo de jóvenes. No se molestó en deslizar los anteojos por la base de su nariz y dirigirles una mirada cómplice, un vistazo propio de un galán argentino entusiasmado ante las perspectivas que le ofrecía aquel lugar perdido en el mundo.
Pero él no era argentino y ni siquiera le gustaban los cigarrillos. Las muchachas pasaron, meciendo sus faldas junto a la brisa. "Como todo", pensó. Apuró el cigarrillo con una mueca de repugnancia cuando llegó el café. El primer sorbo de aquel mejunje amargo le revolucionó el paladar. La gramola se encendió con el canto triste de Beto Fernan, que se entrelazaba junto al aroma del café, mientras él movía los labios, acompañando al solitario cantante, queriendo ser protagonista de aquella historia de amores fallidos y vidas robadas. Se sentía tal como un navío perdido atracando en la isla de los milagros y la plata, como si aquel aire pudiera devolverle su pasado solo con acariciarle las mejillas.

El atardecer le alcanzó en aquella mesa, rodeado de personas que no conocía, escuchando historias que no eran la suya, pero que deseaba intercambiar. Aún podía escuchar a Amanda llamarle cobarde. Quizás ella fuera el motivo de su vuelta. Quizás esperaba encontrarla en aquel lugar, sola como él, con un café frío en los labios. O quizás solo quería auto-convencerse de que nada había cambiado. Aquel pensamiento le pareció tan triste que se alarmó ante el frenesí de su pecho. Las primeras estrellas le saludaban cuando decidió marcharse de aquel lugar del diablo, que tanto le había dado y arrebatado, que había cambiado su vida, la había puesto patas arriba y la había descolocado para luego dejarle sentado en una mesa de cristal y mimbre, junto a una farola y una multitud extranjera, con un café solo en los labios.

Pagó el café mientras maldecía a Amanda, por miedo a hacerlo a sí mismo, como cada día.

La voz de Beto Fernan enmudeció cuando giró la esquina. Su mirada baja puesta en los adoquines no pudo ser testigo de la figura de Amanda, que amarrada al brazo de otro hombre, pensaba en su propio café solo.

Ultraviolencia.

Tengo escondidas extremidades que nadie ve y yo ya no siento.
Como quien guarda las hojas de los poemas en el mini bar y sólo las recuerda cuando quiere emborracharse.
Cuando quiere olvidarse de ellas.

Y a sabiendas de que queda poca vida en lo que escribo,
guardo la tinta y los mapas,
nos sirvo un chupito de aire, olvido el vestido blanco en la última farola y me dedico a llover.

Llevo cinco días bebiendo orujo y llevo cinco días leyéndote.
Llevo cinco días creyéndote.
Como quien sabe que el papel no es más que el envoltorio de lo que nadie ve y yo ya no siento,
y aún así sirve para limpiar la mierda y olvidar lo que ya no tengo
o lo poco que me queda.


A sabiendas de que queda poca vida en lo que escribo,
saco un billete de avión para el sur y lo guardo en el cajón de lo que olvido,
lo que tengo y lo poco que me queda.
A sabiendas de que queda poca vida en lo que escribo,
me recompongo desde el barro de los tacones y digo
"escribo lo suficiente como para destruirme".

Y así pasan las estaciones,
el clima y los trenes,
vaivenes de un tiempo que ya no pertenece a nadie y sin embargo,
sigue esperándote.
Como quien ve amanecer y lo olvida a las siete,
como quien tiene extremidades que nadie ve y que él ya no siente.
Como quien se queda con lo poco que olvida y pierde todo lo que tiene.

lunes, 21 de julio de 2014

Ya no es primavera.

Todo lo que he sido desde que te conozco, han sido retazos de ti de los que has decidido desprenderte en algún momento. He cantado y he llorado tanto durante tanto tiempo a la vez, que ahora me parece ser una parte de alguna canción sin acabar que dejaste colgando de alguna de tus cuerdas. Cerrabas los ojos cuando el mundo desaparecía y la gravedad te empujaba solo hacia mí. Y era precioso.

Sigo escribiendo cartas, por si algún día decides presionarlas contra ti una vez más.
Recuerdo como en aquellas noches a tu alrededor solo se escuchaba el corazón latir y las olas impactando en las rocas, mientras subías y tocabas el cielo, arrancando haces de luz para iluminarme a mí. Lo rellenabas todo chasqueando los dedos, pasándote la arena de una mano a otra, alzando la cabeza para que el viento te revolviera el pelo. Todo era simple y maravilloso.
El agua se volvía aire y el mar firmamento, y me querías como se quiere a un ángel que solo tú conoces.
Ahora el viento no sopla huracanes y el agua no se embravece, pero estoy bien.
Aunque ya no te diga te quiero a todas horas, aunque ya no te bese, aunque ya no te llore. Todo está bien.
Hace ya tiempo que no nos aprisionamos ni nos prometemos mañanas etéreos. Ya no nos apuñalamos ni nos declaramos guerras de añoranza eterna. No sé si es solo disimulo. No sé si te escondes.

Una parte de mí a la que renunciaste necesita verte. Necesita llorar solo para que le recuerdes que tengo que dejar de ser así. Aunque todo este bien.
Te querré siempre.

Aunque mueras.

Bajo las escaleras del piso corriendo, sin importarme caer en el vacío. Un cielo ambarino me ampara en la carrera mientras dejo las farolas y los autobuses atrás. Paso por la plaza central, me reflejo en los cristales de todas las ventanas bajas, aprieto la carrera.
Corro por las avenidas, por la carretera, bajo los alambres telefónicos.
Me paro en seco.
Ahí estás.
Has muerto.
Me arrodillo mientras el ámbar se convierte en gris y el cielo me engulle. El viento marino se lleva mis gritos mientras una canción resuena en mis oídos, inapropiada. Las luces de todas las farolas, de los escaparates, del faro, de las casas se encienden junto a las estrellas. Me miran desde el cielo, expectantes, acompañando a tu cuerpo en un velatorio solemne y puro, mientras tu alma se alza con el aire hacia un lugar donde no puedo alcanzarte aún.
¿Estoy llorando?
La sangre me recorre los labios, pero no siento dolor. Yo no quiero que te vayas.
No te vayas. Vuelve a casa. No te vayas.
Yo no quería dejarte, ¿sabes?
Todo lo que veía eras tú. Todo lo que quería era que me quisieras como se quieren los humanos, aunque fuese demasiado tarde. Aunque no pudiese tenerte.
¿Oyes cómo grito, verdad? Dime que me escuchas. Sé que me escuchas.
Faltó tan poco para ser yo quien se lanzara al vacío. Supe que ibas a morir y no quería creerlo. Podía leerte y no quise mirarte. Soy yo la inerte.


El sudor se convierte en escalofríos y el chico que se parece a ti acaba de asomarse al balcón. Sé que piensa que estoy loca y que tú no existes, por eso no puede velarme. Quédate conmigo esta noche, hasta que él comprenda que eres tú y puedas volver a levitar sobre mí. Hasta que me coja de la mano y me hable en francés. No me sueltes ahora, por favor. Sigue escuchándome. Siempre te quise, aunque no estuvieras, aunque me mintieras, aunque te fueras. Aunque no te quisiera. Siempre te quise. Y tú lo sabías, te reías de mí y me dejabas sola. Volvías y te quedabas. Te ibas y volvías de nuevo. Y yo, que creía que no podría vivir así, estaba alimentándome de tu existencia, de tu aliento y tus fuerzas. Yo te estaba matando.
Has muerto.
No te vayas.
Quédate conmigo.
Quédate conmigo.
Báñame en una nube cuando te necesite. Lluéveme. No te vayas aunque mueras.


sábado, 17 de mayo de 2014

Lo que sería si viviese.

Los días pasan delante de mí como si estuviera subida al tiovivo antiguo del parque: siempre la misma imagen dinámica, difuminada y borrosa que nunca cesa, que nunca me permite descansar.
Vuelta y vuelta y vuelta y vuelta y vuelta. Y nunca pienso igual.
Hace poco me preguntaron por qué ya no escribía. Yo les dije que estaba bien.
Estoy bien.
Estoy bien.
Pero miento más.
Aunque nadie se de cuenta.
Hay un hombre mayor y barbudo que me pregunta constantemente qué siento. Y me gusta, porque es la única persona que no me pregunta cómo estoy. Me habló también de los demonios y los fantasmas infantiles. Recordé que yo sabía quién era cuando aún no era mujer. Mi concepción inmadura de la vida me permitía sobrevolar los cuerpos cansados de todos los demás durante las noches, y al despertar, me sentía atrapada en un cuerpo físico, que me angustiaba con tantas voces y réplicas. Tantos juramentos. Tantos golpes.
Puños contra las paredes que permanecen todavía allí, en el lugar donde lo lloré todo.
Papá no la creyó nunca y nunca me quiso a mí. Y no me lamento. Ahora se está muriendo. Papá se está muriendo y no es él quien llama para decirlo.
Yo no soy tuya.
Yo no tengo cuerpo.
Ya no hay juramento, papá.


Esa canción de jazz azul y blanca que se cuela por las ventanas de Nueva York en un anochecer lluvioso. Así le describo, porque es mejor que desescribirlo. Es la parte trasera de toda mi vida ahora. La que se va borrando y dibujando conforme a los caprichos del tiempo. No sé cuánto durará, pero tengo preparados los muelles para salir despedida en el más mínimo atisbo de dolor.
No me engañes. Por favor, no me engañes tú.

Las luces naranjas se han vuelto blancas. 
Pero sigue habiendo monstruos.