domingo, 30 de noviembre de 2014

Dame whisky y labios.

En mis mejores días verle me recuerda al ron a palo, caliente e indigerible, como una ola de calor que te deja el esófago ardiendo, las mejillas al rojo vivo y la valentía inconsciente de los ebrios. Describirle es extraño, difuso, porque creo que ni él mismo sabría cómo empezar.
"Soy raro", me dijo. "Sé que soy raro".
Le echo las culpas cada día por sentir la necesidad de escribir cada cosa nueva que nos une y nos separa a la mañana siguiente (para variar). Sí, por su culpa la vena literaria se ha cansado de contraerse y ahora uso unos pésimos recursos para que mi objetividad (o lo poco que queda ya de ella) pueda recordar a la perfección los hoyuelos blancos que se le forman cuando sonríe de medio lado.
También me aferro al recuerdo de la noche antes de la catástrofe —como he decidido llamar a aquel día en el que me defraudé a mí misma por primera vez—, cuando lo tuve en frente para mí, por mí, con los ojos más abiertos que nunca y la alegría que necesitaba camuflar cada ratito de noche que me regalaba con las miradas de: "está bien así, chiquitina".

Es tan opaco que a veces me duele mirarle. Aún hoy.
Los muros que le impone al mundo son de acero, porque a él eso de los corazones de hierro le parece una mariconada sin sentido. ¿Por qué hierro, pudiendo utilizar acero, que además nunca se oxida? Más dúctil y elástico. Todo lo contrario a él.
Siempre puedes fiarte de lo que dice, porque apenas habla. Es de esos que saben que es mejor morir callando y que se toma al pie de la letra cada letra que puedas soltar en falso. Es ignífugo y solitario, aunque detesta la soledad. Y yo he descubierto por qué.
Y a él le aterroriza que lo sepa.


Empiezo a sospechar que estamos en la cuerda floja.
Bueno, que yo estoy en equilibrio y él es la cuerda. Y viceversa. Ayer me dijeron que somos imbéciles y volví a reírme. ¡Cómo si no lo supiese ya! Como si no lo supiésemos.
Pero nos gusta así, a pesar de lo que mostremos al resto del mundo. Inalcanzables, tirantes y vanidosos. "Orgullosos como imbéciles", nos llama A.
Nos gusta, sí. Nos gusta porque seguimos palpando eso que un día salió de la nada, despedido, haciendo que la asquerosa normalidad a la que nos habíamos acostumbrado de disipara con cada día mal dado juntos. Nos gusta, quizás, porque seguimos ahí, al fin y al cabo.

Ahora todo es raro, porque los dos continuamos alimentando esa la lucha tirante, pero con la espalda dada, —como el logo de Kappa, chuchos—. Como intentó dormirse a mi lado aquella noche y la fuerza de mi fragilidad le obligó a abrazarme para que no tuviese frío, cuando me acariciaba los pies en una promesa muda de: "yo te cuido".
A día de hoy parece que ese día nunca ha existido, que se ha quedado suspendido en el tiempo y si volvemos a mirarnos no recordamos haberlo vivido; como si aquel día él abrazara a otra persona y yo soñara con alguien imaginario que solo volvía a ver en sus ojos cuando iba borracho y me llamaba guapa.
A pesar de todo quiero recuperar el resquicio de esperanza que pusimos, con la vida desordenada que nos ha tocado. Tirar del hilo elástico que cede por semanas, unos días a su favor y otros en los que parece que voy venciendo yo.

Quiero someterme a su guerra y tirar la bandera blanca que hice con su camiseta manchada de rimmel después de llorarle en el pecho.
Quiero que deje de desordenarlo todo y que esta vez, en lugar de a los viernes, sea a mí a quien ponga patas arriba, contra la pared o mirando al cielo.

Entrego las armas y el alma, mi general.

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