miércoles, 19 de noviembre de 2014

La vida pasa, y tú igual.

Desde que sé que existe ya no me interesa abrir el armario de los zapatos y coger los tacones rojos, vestirme de negro e ir pregonando mi propio luto, con los labios pintados y la marca violácea de otros mordiscos en el cuello.

Y mira si lo he acabado haciendo, por más que jure que a mí eso no me interese.

Ya sabes, todos nos encontramos más cómodos en un papel ficticio, inmersos en un rol donde no tenemos que dar explicaciones sobre cómo somos, quién somos o cuándo somos. Porque es ahí donde nos convertimos en aire. Y reímos, y cantamos esas canciones que siempre hemos dicho que odiábamos, mientras nos bebemos la inseguridad y la pesadez del domingo insomne que sabemos que nos tocará vivir cuando la euforia acabe en vasos de tubo de plástico barato. Esos que se rompen con nada.

Pero no me interesa, aunque esa sea la vida que tengo preparada para mí.

Desde que sé que existe he planeado bajo, sin volar del todo, perdida en excusas baratas de fin de semana e intentos de parecer auto-suficiente. Sí, ya, claro. Como si colase eso de ser feliz sabiendo que hemos alcanzado el límite de besos y que hemos sobrepasado de lejos el exceso de velocidad (¿hay también carnet para eso?). Al menos él se toma la molestia de fingirlo y aún me sonríe, no sé de qué manera, utilizando la amplitud de su boca como si fuesen manos y yo su cubo de rubik ya usado, con las pegatinas de colores despegadas y cambiadas de sitio, que, sin embargo, puede resolver ya de memoria, con los ojos cerrados.


Desde que sé que existe he tirado mis principios por el mismo balcón por el que eché la pota cuando supe que ya no estaba enamorada. Y acabé con las piernas (demasiado) abiertas y la boca cerrada, delante de otro y detrás de ti, suponiendo que todo iba a estar bien, que era lo correcto, que nada podía ser demasiado malo si te hace gemir.
Dios santo, parece que aún no me conozco.

Cuando supe que existía, el esquema conceptual de mi mundo, ese del que tanto presumía y por el que me vanagloriaba aún más de por el hecho de tener los ojos verdes, se suicidó arrojándose a los tiburones entre carcajadas. Se volvió loco, y a mí me dejó con el cuerpo descubierto y las mejillas rojas, con un foco sobre mí y el resto de la gente señalándome con el dedo.
Así llegó a mí vida y así se marcha ahora, girando la cabeza a veces, asegurándose de que todavía estoy ahí, no demasiado lejos.
Porque claro, no seamos idiotas, ¿a quién no le gusta ser el reflejo de los errores jamás reconocidos de alguien?
 Los peores, los que nunca han llegado a ser, salvo de pensamiento.

Desde que sé que existe, es cierto, escribo más y me reconozco menos.
Sigo con los tacones en la mano y el vestido recién planchado, sonriendo de más, buscando cualquier vía de escape lo suficientemente tentadora como para poder olvidarle unos días.
Procuraré no acabar borracha.
Es cierto.
La última vez acabé mirando dentro de la botella, y en el fondo tampoco estaba.

2 comentarios:

  1. Echaba de menos leer algo así y es que escribes de puta madre.

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    1. Últimamente estaré bastante por aquí.
      Gracias por tu apoyo siempre.
      ¡Un abrazo grande!

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