sábado, 10 de diciembre de 2016

Viator.

Lo he cambiado todo.
Esa tal yo ahora solo me mira de reojo, ya no me grita desde lejos. La mayor parte del tiempo la veo caminando de espaldas, suspirando a veces, meditándome a ratos. Miedosa de perderse, deseosa de encontrarme unos kilómetros más adelante de donde ahora estoy.
Reconozco mis cambios, los símbolos de mi decadente metamorfosis hacia un futuro inútil por el que me dejo la vida. Solo tengo constancia de que he perdido algo en el camino, de que me he olvidado de algo indispensable. Algo indomesticable que he dejado morir de sed para no cargar con su responsabilidad. Puede que esa sea la razón por la que ya apenas escribo.


Siento lástima al ver cómo lee y apenas puede traducir lo que siento a su fútil lenguaje. Es una misericordia repugnante que, al menos, en ocasiones contiene las lágrimas en un sacrificio mudo por no despertar a más demonios.
Me pregunto si he dejado de desear, si mi ambición ha muerto, si esa tristeza que conseguí llevarme - yo, solo lo conseguí yo - algún día me devolverá aquellas cancerígenas mariposas que me hacían sentir que seguía viva por algo. Quizás mi talón de Aquiles fuera también mi único lazo a la conciencia de una vida con sentido.
Escribir con tristeza siempre fue más fácil. Creí que siendo feliz era casi imposible componer algo realmente hermoso.
Nunca comprendí que la verdadera inutilidad de la palabra llega cuando un día amaneces con el alma vacía.

Que cada cual avive el alma dormida,
creo que aún tardaré en despertar.

sábado, 16 de julio de 2016

Tréboles.

La parte bonita fue verlo allí, con la calma propia del anticipo de la tormenta y los ojos bañados en el cielo de otro mundo. Automáticamente sentí un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. El aliento y su vaho era más pálido que en ninguna otra época del año. La ciudad entera bailaba con el castañear de sus dientes en una melodía helada y armónica que me hizo sonreír sin apenas percibirlo. En ese momento pensé que todos los comienzos de todas las historias deberían empezar así, con la sonrisa congelada de quien sabe que va a llegar a amar mucho.

Te vi en algún lugar, en algún momento de mi vida en el que mi mente estaba demasiado ocupada para saber que algún día decidirías arriesgarte por mí. "Como si ya te conociera". No es la primera vez que lo escucho, pero la línea semicurva de tu boca tiene un drama nuevo.

Suspiro siempre después de escribirte, como si aún no te hubieras atrevido a besarme. Pero ya son muchas las noches en las que venzo sobre el mundo cuando me hago amor contigo. También me haces planes de presente, sin miedo y sin vergüenza, con tu risa traviesa de "sin querer pero queriéndote".
Creo que siempre me quedará la duda de qué nos habría pasado si no hubiera decidido ser valiente. Me voy a quedar con la duda de si habrías vuelto a saludarme, sin dos besos, sin café y sin probabilidad. Sin ley de gravitación, ni atracción universal.
Ahora me escuchas como si la locura fuera una canción nueva que solo me pertenece a mí y que serías incapaz de arrebatarme si yo no te la ofreciera con el alma abierta antes.

Debería haberlo visto mientras conducías:
El hilo rojo, tu instinto y mi nueva buena suerte.

jueves, 26 de mayo de 2016

Consulta 3.

Me pregunto si algún día podré encontrarme de cara con un espejo sin tener que hacer un ejercicio mental olímpico antes de observarme. El pánico insulso de mi enfermedad a veces se materializa de formas extrañas: hoy se ha convertido en la certeza absoluta de que  existe un contador, un reloj inverso, un cronómetro que me descuenta el presente.
He visto ese reloj en mi muñeca, golpeándome, convirtiéndose en mi pulsación y creándome un vértigo olvidado.

Yo, igual que una estúpida, decidí en su día basar la vida en el amor futuro. No soy la única, hay mucha gente así. A nuestro tipo de personas el amor le parece un fin idílico, una meta, una consecuencia final de la vida. 
Yo invierto cada segundo en amar intensamente, aunque a veces no se me note. Amo, amo todo el tiempo, y me convierto así en esa clase de personas a las que me encantaría señalar con el dedo y acusar de tonta dependencia emocional, de incapacidad de supervivencia, de cachorro domesticado y con bozal.
El problema es que, una vez descubrí que el amor romántico se disuelve, comencé a basar mi potencial necesidad amorosa en mí misma. Creo que ese fue mi punto de inicio sobre el papel, el motivo por el que tuve, por vez primera, un ansia imperante de escribir todo lo que no sabía decirme en voz alta. 
Aun a riesgo de convertir mis palabras en un manifiesto ególatra, sí: la mayor parte de las veces me he escrito a mí misma. 
He escrito sobre amor, sobre el sentimiento que te destroza el pecho y te hace parecer un títere, sobre la vida después del alguien; pero, en realidad, solo me he estado escribiendo a mí.
Y me he destrozado.


No puedo mirarme en un espejo. Hay días en los que no puedo mirar a la gente a los ojos. Me recuerda a mi infierno, a la búsqueda del algo en otros cuerpos que nunca he podido encontrar. No es pasión, no es ternura, y ni siquiera es alma. Es algo mucho más superficial, algo que me ha pasado desapercibido durante mi madurez, algo que se ha quedado cojo, sostenido por mi estúpida creencia de que la vida se basaría en palabras y tinta. Me falto a mí misma sosteniéndome, regalándome fe y minutos de vida. Pero pensaba que era suficiente con amar sin dimensión definible.
Luego comprendí y escribí, con el trazo más amargo, que el amor no salva. 
La enfermedad te convierte en un esclavo de ti mismo, crea un hueco insaciable que no se puede completar con el amor ajeno. No puede llenarse con el amor puro, con las lágrimas de felicidad, con la esencia de la vida que tanto anhelaba encontrar mientras besaba.

Me he destruido a mí misma para siempre, y aunque suelo repetirme que algún día podré curarme, en el fondo, en ese pliegue interno que todo el mundo esconde, sé que jamás será posible. 

Y esto es solo el comienzo.
Este es el epitafio de mi vida sin mí.

martes, 24 de mayo de 2016

Acuarelas azules.

"Hay un rincón color vermut y un pentagrama inverso. Un cuadro de Magritte y una carpeta azul. Hay un disco roto y tres cuartos de alegría. Hay silencio. Hay un libro de Cortázar y dos gaviotas. Hay naranjos y hay mucha tristeza. Un jersey gris, unas tijeras y una ecuación sin letras. No hay manzanas. Hay Spinoza y rencor. Y más silencio." 

Me vendí porque sabía que si no me iba te querría toda la vida. Ya no tengo ese miedo oscuro, ese pánico que me entraba al leerme el futuro. He sido consciente desde el primer momento de que algún día tocaría escribirte a ti pidiéndote perdón sin poder mirarte a los ojos, llena y viva, pero sin ti. Sabía perfectamente que podría sobrevivirte. Sabía aún mejor que tú no lograrías hacerlo nunca. 

Me guardo rencor por haberte destrozado la vida queriéndote. Tenías razón: iba a hacerte daño. Iba a hacerte daño porque guardaba un Victor Hugo en el alma a los diecisiete que no podía permitir regalarte la vida sin arrebatártela cuando la usaras. Quizás mi amor era solo una excusa preciosa para hacerme a mí misma, para engañarte en otra cama conmigo y no sentirme culpable después. 

No significa que no haya sufrido. Todavía hoy raspa. Irremediablemente he tenido que aprender a que no me joda que finjas estar bien. Antes solo pensaba en arrancarme los brazos. 

El 6 de enero fue la última vez que te lloré. Fue la última vez que me dijiste que me amabas. Fue la noche de mi despedida y mi confesión: ese día te quise como no lo hice en años. 
Te vi, por fin, con las lágrimas de un soldado que teme más a la vida futura que a la muerte; te vi como un niño temblando que predice su destino; te vi como un dios que acepta el hecho de que su pasional capricho le hará sufrir para siempre. Pero no lo evitabas. Llevabas años sin querer evitarlo “porque de eso se trata el amor”. 

Te he escrito tantas veces en mi mente, pero siempre acababa llorando. Algún día te veré y lo descubrirás sin necesidad de decírtelo. 
Vuelves a estar sobre mí, yo he decidido descender. No me lo merezco. 
Ojalá algún día no eche de menos volar. Ojalá lo hagas tú siempre. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Este invierno apenas ha llovido.

Arriesgarme a ti como quien apuesta sus siete primeras vidas sin ser gato ni saber huirte. Atreverme a plantarme frente a tu plan de reconstrucción de esparadrapo, sin pensar cómo saldré yo de ahí mañana, pero diciéndote que sí a todo. Que sí a mí con los ojos cerrados, a mí patidifusa, ensangrentada o geocéntrica.
A mí polivalentemente tuya.

Dices que la posibilidad de la certeza de que algo va a romperse te atraviesa el pecho. Y tienes miedo. Y yo aguanto, valiente, las ganas de echarme a llorar para que puedas apoyarte en mi metro sesenta y hacerte fuerte cuando tú rompes a llorar por los dos.


Me gusta mucho mirarte y que sonrías. Que me veas. O que me mires. O lo que sea que dices tú siempre cuando me hablas de arte. Me gusta cuando te pones así de serio y me cuentas cosas de las que no podré olvidarme aunque deba. Y me gustas cuando repites lo mismo cada vez que tus pensamientos te llevan a algo, aunque sepa exactamente qué vas a decir porque el hilo de los míos ha llegado al mismo punto sin quererlo.
Me gusta que no creas en nada que no veas y digas que no puedes creer que esté delante de ti cuando me miras. Me gusta tu inestabilidad y tu forma de volverte loco en segundos. Me gusta tu risa de niño y todas y cada una de las manías a las que les tienes miedo aunque no me lo digas. Porque también —y sobre todo— me vuelves loca cuando no dices nada.

Otras veces te miro y creo que voy a morirme.
No tengo razones, pero creo que voy a morirme. Que ahí, en ese momento, el coche va a estrellarse y voy a morirme, delante de ti, sin haber llegado a llorarte a la cara.
Y cuando pienso en eso, sé que estoy en el lugar correcto.
Que aunque "me defino como una persona ajena al destino" con casi toda seguridad éramos inevitables el uno al otro. Porque quizás no seamos destino y seamos eso, una inevitabilidad constante a la que nos hemos ido preparando durante todos estos años sin mirarnos.

Sigo arriesgándome a ti desde que te conozco, aunque tú no lo sepas.
Y sería capaz de inventarme una octava vida para seguir haciéndolo mientras pueda.
Hasta que decida matarme.
O hasta que ya no me quieras.