lunes, 27 de julio de 2015

Amar, matar, y viceversa.

Tengo un problema importante con todo esto; y es que después de años, aún no sé ponerme a escribir sin salirme de la línea esa que se dice que todo escritor decente debe trazar y seguir cuando trata de expresar un sentimiento.
A mí, personalmente, me parece una de las mayores estupideces que se han publicado en mucho tiempo.
Un sentimiento no es algo que pueda dibujarse. No puedes pensar en un sentimiento y dibujar un rectángulo perfecto, con sus cuatro lados y sus vértices punzantes. Un sentimiento es borroso, difuso, etéreo y efímero. Así que aconsejo a todos esos escritoruchos que se dejen de gilipolleces o Bukowski acabará maldiciendo también a esta generación.
Y perdónenme, señores literatos, pero yo necesito cumplir mi sueño.

Me explico.

A veces, me encuentro sin querer en uno de esos días en los que la calle parece mucho más sepia y noctambula que de costumbre. Los mismos días que, por otro lado, se convierten sin darme cuenta en un lunes a las doce y media, odiándolo todo y con ganas de cambiar de país y de vida. La cosa es que siendo ya finales de julio, continúo martirizándome por no haber sido un poco más lista durante los años que me he echado ya a la espalda, que aunque tampoco son para espantarse, posiblemente se multipliquen cuando vuelva a pestañear.
Pues bien, esos días me da por marcar una X en el calendario y soltar un “pues a ver qué sale de todo esto” delante de un archivo en blanco hasta convertirlos en una especie de ramadán literario en el que solo puedo alimentarme de las gilipolleces que yo misma escribo.

Y antes de empezar, compruebo que ya me he salido de la línea imaginaria puerca esa.

Vaya, que estar enamorida es un asco.
Enamorida, sí.  Algo así como una fase intermedia —llamémosla “metafase”. ¡O mejor!: “matafase”—entre enamorarse y morirse.

He leído y escrito ya lo suficiente como para aprender que el amor existe y deja de hacerlo en el mismo instante en el que creces y comprendes que lo único que has estado buscando en el amor, ha sido que alguien llenase los huecos vacíos que tú, estúpida, impotente y demasiado emocional, has ido dejando a la espera de que todas esas historias —historias de mierda, además— se hiciesen realidad sin mover el más minúsculo músculo de tu cuerpo.
Porque así, por arte de magia, es como se supone que debe llegar el amor.

Maldito amor y malditas “Cumbres borrascosas”, que nos han hecho creer a toda una generación de paletos que enamorarse  es saciarte la boca con un agua que en realidad es alquitrán.
Más pastoso, amargo y caro, cuando se acaba todo.

Todo esto, a fin de cuentas, viene a tener relación con el problema que ya comentaba antes. ¿Y a quién le importa?
Pues, aunque debería, en realidad a mí no.
Por eso es un problema.

Enamorirte es como cavar tu tumba mientras lloras de felicidad porque alguien ha decidido animarte a seguir cavando. Y entre palazo y palazo, algún que otro polvo que (¿por qué no?), a fin de cuentas a todos nos queda demasiado poco tiempo para arrepentirnos.

Enamorirte es eso que todo ser humano busca durante su vida, el firme propósito a cumplir antes de morir de cáncer, de pulmonía o en un accidente de avión. Enamorirse es tan triste y placentero como cumplir un sueño, como llegar a la meta, para comprender que, en realidad, no queda nada después.

Enamorirte es como los libros de Francisco Umbral, que poca gente los entiende, pero aun así no puedes evitar sentir que hay algo grande, complejo, como onírico, detrás de cada adjetivo innecesario y contradicción intencionada.

Enamorirte es como morirte, pero peor.
Peor, porque a fin de cuentas acabas acabando con todo y ofreciéndole la mano a otra persona mientras agonizas y suplicas por tu vida. Es decir, ¡cómo si morir no fuese suficientemente complicado ya! Y vamos nosotros y decidimos morirnos amando a alguien. ¿Qué puede haber de romántico en compartir un desangre o un derrame cerebral? ¡Por el amor de dios! ¿Es que nadie se ha dado cuenta aún?

¿Por qué nadie se ha propuesto nunca hablar sobre esto? Pues bien, ya contesto yo.
Porque si alguien decide romper la gran mentira del amor, no nos quedaría nada.

Y eso, es una verdad casi tan triste como el mismo amor.


Sin enamorimiento, el mundo quedaría reducido a un Bukowski sumido en el placer hueco de la ebriedad. Y un Bukowski borracho y sin dolor pasional, es como un cristal que atraviesa una piel que no puede sangrar. Dejaría de producirnos morbo.
La oscuridad dejaría de parecernos tentadora, la lujuría dejaría de tener el lujo de pecar, y los besos harían parecer a cualquiera de mis cuatro labios un vulgar bebedero para perros poco rabiosos —que son, precisamente, los que más detesto—.

Enamorirse es tan inútil como necesario.
Hemos convertido al amor, entre tanto librucho de John Green y poemas de Benedetti, en una utopía platónica que, encima, no viene a solucionar nada.
Pero es necesario.

El amor es la gran mentira aceptada por todos que, desde que Julieta decidió clavarse el puñal de Romeo, hemos querido heredar para poder morir de algo que nos haga felices.

Enamorirse es, por lo tanto, no solo mi problema, sino también el de cualquier idiota que quiera comprender la razón por la que un día decidí aceptar que llevaba enamorimuerta bastante tiempo, después de haber cavado y llorado sola por mi propia vida durante un buen par de años.

Porque mi problema es que enamorirse es como escribir.

Un asco.

Pero ay, ¿qué me quedaría a mí sin Bukowski, sin dolor, sin amor?
Sin un fin.

Ya respondo yo.


miércoles, 22 de julio de 2015

Autorretrato.

Cierro los ojos y comienza a enredarse por mi pelo. Los mechones se mezclan con su boca, las uñas desgarran la tinta de su piel, mientras busco con la otra mano algo firme a lo que agarrarme. Encuentro el cabecero, floto un poco y me aparto de él. Me mira así otra vez, sin decir nada. Arquea una ceja y levanta el carrillo izquierdo. Está horroroso, pero él piensa que parece peligroso; sonrío sólo por eso y vuelve a besarme. Fuerte, cálido, un torrente de sangre golpea mis tímpanos. Me quema su tacto, me perforan sus ojos y me atan sus brazos. No huyo, no escapo.  Floto más alto y me baja de un mordisco. Gimo. Un poco más. Sabe a nicotina y cerveza, como los chicos malos. Sus vaqueros fríos sobre mí no calman el ardor. Me molestan. Me molesta todo lo que no lleve su saliva. Es todo visceral, intuitivo. Y muy caprichoso. No nos mentimos, no sufrimos. Es como un torbellino de dos horas que nos calma y nos amansa después de desmembrarnos el uno al otro.

La primera vez prometí que no volvería a pasar. Pero, quién lo diría, la carne ajena tiene un regusto diferente cuando, además, está prohibida.
Ahora todo es natural. Los besos son libres y los dedos se deslizan mejor por la piel de cualquier parte del cuerpo. Fácil, como refrescarse los pies en la orilla después de una combustión perfectamente consentida.
Me habla al oído a sabiendas de que soy capaz de atravesarle la espalda con las uñas. Le gusta. Huele a Armani y marihuana.
Las ganas se me suben al pecho y vuelvo a flotar. Él se aferra a mis muslos para bajarme, para atarme a su tierra, como si fuese su único salvavidas dentro de mi mar, a la deriva y delirando, mientras que es él quien me está salvando a mí sin siquiera saberlo.

—No hay nada de malo… en esto…— sus labios me arrancan las palabras.

Sonríe.

—Eso es precisamente lo que te gusta.

Una convulsión hace que vuelva a devorarle. La habitación y mi cuerpo se quedan pequeños. Me conoce de pies a cabeza. Sabe utilizarme.

—Te echaba de menos…

Paro.
Sé que es verdad, pero no puedo evitar sentir un calambrazo.
Me lo prometí a mí misma,  y sin embargo.

—Eres imbécil.

Sonríe con el carrillo izquierdo.

—Tienes que insultarme más.

Vuelve a la carga, me ata las muñecas y me marca el cuello. Siento la quemazón, el ardor, el olor de su boca atravesándome la piel.
Abro los ojos y me zafo.

—Esto está mal— ha dejado de ser una pregunta.

 —Ahora no.

—Ahora sí.

Se recuesta, apretándose las sienes. El pelo corto y el moreno de windsurf le hacen parecer un dominicano empapado en sudor. El tatuaje le brilla y las gotas recorren las líneas de sus venas en tensión.
Me callo. Sé que debería decir algo, pero el silencio me obliga a no pensar.

Se quita las manos de la cabeza, y vuelve a mirarme.

—Déjate llevar.


Cuando me mira parece querer meterse dentro de mi cabeza. Siempre serio, sereno. Sólo sonríe cuando está cachondo o quiere conseguir algo de alguien. Es el tío más descarado y consentido que he conocido nunca, maneja todo lo que le rodea a su antojo y no le importa nadie salvo él.
Y lo peor de todo, es que lo sabe y lo consigue a la perfección.

Enciende un cigarro a la par que me aparto los mechones de la cara.

Aquella era su frase estrella.

Llevaba meses dejándome llevar, sucumbiendo a esa boca y esa estupidez de niñato. 
Me volvía loca, me tenía histérica, surrealista, fuera de mí. Desaparecía y volvía con la misma facilidad con la que podía hacerlo con algunas más. Siempre de aquí para allá, borracho, fumando, dentro de un mundo demasiado negro para que yo pudiese siquiera imaginarlo. Podía estar ausente semanas. A veces, meses.
Pero siempre volvía a mí.
Decía que algo en mi boca le hacía olvidarlo todo, menos a mí. Decía que conmigo ya no quedaban delitos canjeables.
Yo me prometía que no volvería a dejarme llevar una vez tras otra, pero no podía aguantar demasiado tiempo lejos de esa boca. Me dejaba llevar donde él quisiera, me dejaba manejarle, le gustaba saber que estaba ahí, llamándole los martes por la noche para que me recogiera y no volviera a soltarme. Él en su totalidad era como la cocaína, el chocolate o los domingos de resaca: siempre conseguía que repitiera con solo aparecer delante de mí.

Dejó de mirarme y me volví loca.
Me lancé sobre él, cercándolo con las piernas y lo besé.
Bebió de mí hasta reconstruirse completo.

—Muérdeme.

Levantó la ceja durante un segundo y así comenzó a devorar todo lo que su boca palpaba. Dejé de escuchar el viento y el mundo entero dejó de importarme. Le tocaba sin pensar, por instinto. Lo consumí como un animal, como si algo dentro de mí quisiera aprisionarlo en aquella cama. Lo nuestro se había convertido en una lucha por la posesión del otro que yo estaba ganando con creces, marcando el territorio con ansia, casi con una violencia sutil y desbordante que me hacía querer elevarme del suelo.
Grité como sabía que le gustaba verme. Le dominé, sin dejar que se moviera. Él sonreía y me mordía, queriendo arrancarme la piel, el alma y todo lo que pudiera quedar de mí que pareciera no gemir.

Y qué si estaba mal.
Y qué.
Si eso era precisamente lo que me gustaba.