lunes, 28 de julio de 2014

Colores pastel.

Clementine solo tenía los ojos pequeños cuando miraba al sol, por eso pasaba la mayor parte del tiempo con el balcón cerrado. Yo me había pasado la vida en casa, observando cómo los petirrojos anidaban en primavera y cómo emigraban en invierno. Por eso sabía cuando ella decidía volver a abrir las ventanas y asomarse al mundo: siempre en invierno, siempre nívea.

Una vez al año, el blanco de su mallorquina de madera rugía y sus hojas se abrían, imitando a las alas de mariposa, para mostrarle un mundo cambiante, totalmente distinto a su pequeña guarida. Yo sabía que le gustaba mirar la nieve caer desde la rama del árbol que separaba su ventana de la mía, o cómo los colores anaranjados del atardecer se iban consumiendo en la noche fría y seca de un Noviembre cerrado. Una vez al año, se escuchaba una bonita canción francesa que algo decía sobre la tristeza de los violines, y la veía suspirar, mirando al vacío, lamentándose de Dios sabe qué miseria. Sus pestañas parecían humedecerse, pero parpadeaba y en un instante creía haberlo imaginado; nada era del todo cierto cuando ella se asomaba y posaba la barbilla sobre una mano, semejando a aquellas damas de las historias del pasado.


La veía tan pequeña y frágil, que mil inviernos pensé en bajar corriendo los escalones, de dos en dos si fuera necesario, y plantarme bajo ese balcón, con un violín y una enorme flor blanca. ¿Que por qué no lo hacía desde allí? Pues por miedo, por qué iba a ser. ¿Quién osaría llamarla desde un balcón, nombrarla con la voz temblorosa y clavar su negra mirada en ella? Clementine sólo tenía los ojos pequeños cuando miraba el sol, pero juro haber visto nieve en polvo coloreando sus iris, juro haberme congelado mientras mi mirada patinaba en las curvas de sus blancas mejillas. Y juro, por el mayor de mis suspiros, que no creí haber descubierto el invierno hasta el día en que la vi llorar.

jueves, 24 de julio de 2014

El canto triste de Buenos Aires.



—Un café solo, por favor.

Sin azúcar, sin crema, sin ella.
Sonrió ante su propia idiotez; por supuesto que estaba solo. ¿Qué esperar después de que sus ansias le hicieran abandonarlo todo? Espoleó la cabeza en un acto automático de evitar que los sentimientos de culpabilidad le recorrieran los intestinos y que el nombre de aquella mina presuntuosa volviera a ensuciar sus pensamientos. Ahora no podía arrepentirse de haberla engañado. Todo era tan claro entonces, que no podía permitir que aquella asentada decisión se tambaleara de la noche al amanecer.
Los cristales tintados de sus anteojos reflejaban el rincón preferido de su Buenos Aires. El azul de su cielo le regalaba una calma de la que estaba lejos de imitar. A pesar de la brisa argentina y el olor a café caro, no podía mantener la mano alejada de su cabellera negra, nervioso. Sacó un cigarrillo del bolsillo de los tejanos y lo encendió, acompañando el momento por la risa de las muchachas que colgaban del brazo de un grupo de jóvenes. No se molestó en deslizar los anteojos por la base de su nariz y dirigirles una mirada cómplice, un vistazo propio de un galán argentino entusiasmado ante las perspectivas que le ofrecía aquel lugar perdido en el mundo.
Pero él no era argentino y ni siquiera le gustaban los cigarrillos. Las muchachas pasaron, meciendo sus faldas junto a la brisa. "Como todo", pensó. Apuró el cigarrillo con una mueca de repugnancia cuando llegó el café. El primer sorbo de aquel mejunje amargo le revolucionó el paladar. La gramola se encendió con el canto triste de Beto Fernan, que se entrelazaba junto al aroma del café, mientras él movía los labios, acompañando al solitario cantante, queriendo ser protagonista de aquella historia de amores fallidos y vidas robadas. Se sentía tal como un navío perdido atracando en la isla de los milagros y la plata, como si aquel aire pudiera devolverle su pasado solo con acariciarle las mejillas.

El atardecer le alcanzó en aquella mesa, rodeado de personas que no conocía, escuchando historias que no eran la suya, pero que deseaba intercambiar. Aún podía escuchar a Amanda llamarle cobarde. Quizás ella fuera el motivo de su vuelta. Quizás esperaba encontrarla en aquel lugar, sola como él, con un café frío en los labios. O quizás solo quería auto-convencerse de que nada había cambiado. Aquel pensamiento le pareció tan triste que se alarmó ante el frenesí de su pecho. Las primeras estrellas le saludaban cuando decidió marcharse de aquel lugar del diablo, que tanto le había dado y arrebatado, que había cambiado su vida, la había puesto patas arriba y la había descolocado para luego dejarle sentado en una mesa de cristal y mimbre, junto a una farola y una multitud extranjera, con un café solo en los labios.

Pagó el café mientras maldecía a Amanda, por miedo a hacerlo a sí mismo, como cada día.

La voz de Beto Fernan enmudeció cuando giró la esquina. Su mirada baja puesta en los adoquines no pudo ser testigo de la figura de Amanda, que amarrada al brazo de otro hombre, pensaba en su propio café solo.

Ultraviolencia.

Tengo escondidas extremidades que nadie ve y yo ya no siento.
Como quien guarda las hojas de los poemas en el mini bar y sólo las recuerda cuando quiere emborracharse.
Cuando quiere olvidarse de ellas.

Y a sabiendas de que queda poca vida en lo que escribo,
guardo la tinta y los mapas,
nos sirvo un chupito de aire, olvido el vestido blanco en la última farola y me dedico a llover.

Llevo cinco días bebiendo orujo y llevo cinco días leyéndote.
Llevo cinco días creyéndote.
Como quien sabe que el papel no es más que el envoltorio de lo que nadie ve y yo ya no siento,
y aún así sirve para limpiar la mierda y olvidar lo que ya no tengo
o lo poco que me queda.


A sabiendas de que queda poca vida en lo que escribo,
saco un billete de avión para el sur y lo guardo en el cajón de lo que olvido,
lo que tengo y lo poco que me queda.
A sabiendas de que queda poca vida en lo que escribo,
me recompongo desde el barro de los tacones y digo
"escribo lo suficiente como para destruirme".

Y así pasan las estaciones,
el clima y los trenes,
vaivenes de un tiempo que ya no pertenece a nadie y sin embargo,
sigue esperándote.
Como quien ve amanecer y lo olvida a las siete,
como quien tiene extremidades que nadie ve y que él ya no siente.
Como quien se queda con lo poco que olvida y pierde todo lo que tiene.

lunes, 21 de julio de 2014

Ya no es primavera.

Todo lo que he sido desde que te conozco, han sido retazos de ti de los que has decidido desprenderte en algún momento. He cantado y he llorado tanto durante tanto tiempo a la vez, que ahora me parece ser una parte de alguna canción sin acabar que dejaste colgando de alguna de tus cuerdas. Cerrabas los ojos cuando el mundo desaparecía y la gravedad te empujaba solo hacia mí. Y era precioso.

Sigo escribiendo cartas, por si algún día decides presionarlas contra ti una vez más.
Recuerdo como en aquellas noches a tu alrededor solo se escuchaba el corazón latir y las olas impactando en las rocas, mientras subías y tocabas el cielo, arrancando haces de luz para iluminarme a mí. Lo rellenabas todo chasqueando los dedos, pasándote la arena de una mano a otra, alzando la cabeza para que el viento te revolviera el pelo. Todo era simple y maravilloso.
El agua se volvía aire y el mar firmamento, y me querías como se quiere a un ángel que solo tú conoces.
Ahora el viento no sopla huracanes y el agua no se embravece, pero estoy bien.
Aunque ya no te diga te quiero a todas horas, aunque ya no te bese, aunque ya no te llore. Todo está bien.
Hace ya tiempo que no nos aprisionamos ni nos prometemos mañanas etéreos. Ya no nos apuñalamos ni nos declaramos guerras de añoranza eterna. No sé si es solo disimulo. No sé si te escondes.

Una parte de mí a la que renunciaste necesita verte. Necesita llorar solo para que le recuerdes que tengo que dejar de ser así. Aunque todo este bien.
Te querré siempre.

Aunque mueras.

Bajo las escaleras del piso corriendo, sin importarme caer en el vacío. Un cielo ambarino me ampara en la carrera mientras dejo las farolas y los autobuses atrás. Paso por la plaza central, me reflejo en los cristales de todas las ventanas bajas, aprieto la carrera.
Corro por las avenidas, por la carretera, bajo los alambres telefónicos.
Me paro en seco.
Ahí estás.
Has muerto.
Me arrodillo mientras el ámbar se convierte en gris y el cielo me engulle. El viento marino se lleva mis gritos mientras una canción resuena en mis oídos, inapropiada. Las luces de todas las farolas, de los escaparates, del faro, de las casas se encienden junto a las estrellas. Me miran desde el cielo, expectantes, acompañando a tu cuerpo en un velatorio solemne y puro, mientras tu alma se alza con el aire hacia un lugar donde no puedo alcanzarte aún.
¿Estoy llorando?
La sangre me recorre los labios, pero no siento dolor. Yo no quiero que te vayas.
No te vayas. Vuelve a casa. No te vayas.
Yo no quería dejarte, ¿sabes?
Todo lo que veía eras tú. Todo lo que quería era que me quisieras como se quieren los humanos, aunque fuese demasiado tarde. Aunque no pudiese tenerte.
¿Oyes cómo grito, verdad? Dime que me escuchas. Sé que me escuchas.
Faltó tan poco para ser yo quien se lanzara al vacío. Supe que ibas a morir y no quería creerlo. Podía leerte y no quise mirarte. Soy yo la inerte.


El sudor se convierte en escalofríos y el chico que se parece a ti acaba de asomarse al balcón. Sé que piensa que estoy loca y que tú no existes, por eso no puede velarme. Quédate conmigo esta noche, hasta que él comprenda que eres tú y puedas volver a levitar sobre mí. Hasta que me coja de la mano y me hable en francés. No me sueltes ahora, por favor. Sigue escuchándome. Siempre te quise, aunque no estuvieras, aunque me mintieras, aunque te fueras. Aunque no te quisiera. Siempre te quise. Y tú lo sabías, te reías de mí y me dejabas sola. Volvías y te quedabas. Te ibas y volvías de nuevo. Y yo, que creía que no podría vivir así, estaba alimentándome de tu existencia, de tu aliento y tus fuerzas. Yo te estaba matando.
Has muerto.
No te vayas.
Quédate conmigo.
Quédate conmigo.
Báñame en una nube cuando te necesite. Lluéveme. No te vayas aunque mueras.