miércoles, 22 de octubre de 2014

I'm so immature...

"Mientras yo me empolvo la nariz, él empolva sus pistolas,
y cuando intento no separarme de él,
descubro que ya se ha marchado...

No sé a dónde irá.
No sé dónde estará.

Pero sé que esta noche está preocupado, sé que tiene sueños horribles; así que nos tumbamos en la oscuridad, porque ninguno de los dos tenemos nada que decirnos, y sólo escuchamos el latir de nuestro pecho, como dos tambores en la inmensidad.

No sé qué estamos haciendo.
No sé qué hemos hecho.

Pero sé que el fuego está llegando, y creo que es mejor que huyamos...

Huir, huir, huir, huir...



Mientras yo me ato los zapatos, él se abotona el abrigo,
y así caminamos fuera, asegurándonos de que el lugar está despejado en ambos lados...
No queremos ser vistos en este suicidio.

Pero ahora mismo puedo ver las sogas, y yo no quiero contárselo a mamá. Sé que lo mejor es que no lo sepa,
Y él... él no se lo contará a su familia, porque ahora son todos fantasmas.

Así que nos protegemos el uno al otro con tanto cuidado como podemos, antes de llegar al límite, hasta que nuestro plan termine...

De huir, huir, huir, huir...

¿Te quedarás conmigo un día más?

Porque no quiero estar sola mientras esté así.
No quiero estar sola... cuando mis huesos se descompongan.

Huir, huir, huir, huir...

Mientras yo me empolvo la nariz, él empolva sus pistolas,
y cuando intento no separarme de él,
descubro que ya se ha marchado...

No sé qué estamos haciendo.
No sé qué hemos hecho.

Pero el fuego está llegando, y creo que es mejor que huyamos..."


Daughter - Run.


martes, 21 de octubre de 2014

Run and run.

Los cristales empañados me estaban gritando exactamente lo último que necesitaba escuchar. No sé si había conseguido emborracharme bien o por el contrario estaba todo en mi cabeza, si aquella nulidad mental era solo fruto de mi imaginación, de mi deseo de que algo cambiase, de que aquello ocurriese.
El techo quedaba cada vez más bajo mientras yo me perdía en la obviedad de que aquello tenía que suceder tarde o temprano, que cuando acabase yo no sería la culpable de nada, solo la víctima de un universo que lo aproximaba y lo separaba de mí, como si estuviésemos unidos por cuerdas invisibles que se estiraban y se atraían al son de cualquier canción que hablara de lo bonito de hacer las cosas mal.
Imaginé que tenía las pupilas más dilatadas que él hubiese visto en su vida. Imaginé que fuera era todo precioso, que las nubes cubrían el cielo y que los edificios se habían teñido de ese gris verdoso que a mí tanto me gusta. Imaginé que él había organizado todo ese alboroto para mí, que había sacado la cabeza por la ventana y había gritado como un loco: "¡Que el mundo se transforme para ella hoy, que quiero besarla!".
Lo imaginé y sonreí.
Quizás no me había emborrachado tan mal, después de todo.
Lo llamé sin voz, mirándole sentada. Sonreía como un tiburón, como el recién proclamado rey del mundo. Me acechaba de pie, como si yo fuese su presa, su comida favorita, como si planease la mejor artimaña para abalanzarse sobre mí. Eso era para él, su trofeo, su victoria, su reconocimiento. Aquello no era más que una obra mantelada para atraparme, aquella habitación era mi jaula y él me había acorralado allí para exprimirme y doblegarme como el campeón universal del amor.
La diferencia, es que yo eso sí lo sabía.

¿Y ahora qué?

La pregunta muda vino respondida por una caricia lenta en la mejilla.
Yo sonreí, tonta, interpretando el papel que se esperaba de mí, mientras él se acercaba a mi cuello. Olía la ansiedad en su aliento, escuchaba a su saliva gritar.
Me besó como si fuese a romperme en cualquier momento. Mi boca, paralizada, aceptaba la suya con la lentitud con la que las nubes avanzaban fuera. Me volvía húmeda y aire al mismo tiempo. La duda que tenía entre los dedos se ciñó a su pelo.
Ya no quedaba nada que salvar, ya no quedaban barreras, solo la estúpida convicción de que aquello estallaría conmigo, de que todo se iría al traste, de que estaba corriendo hacia el final. No quería que dejara de besarme y no quería corresponder a aquel beso porque sabía que estaba encaminándome a mi propio adiós.

¿Y luego qué?

—¿Por qué la luz de las farolas es naranja?— me zafé de su boca con toda la delicadeza que pude, empujándole hacia atrás.

Su cara parecía esculpida en cartón-piedra.
¿Y a quién diablos le habría importado entonces de qué dichoso color fuesen las luces?

—A mí. A mí me importa— me respondí a mí misma, inconsciente.




Si esperaba que se cabreara o me mandase a la mierda, iba equivocada. En lugar de señalarme la puerta o levantarme el dedo corazón, se sentó con las piernas cruzadas y la espalda contra la pared y miró hacia la ventana.

—No lo sé— respondió, sincero—. Pero creo que no me gustaría que fuesen de otro color. Me gusta cuando dejan sombras en los edificios y cómo las gotas de lluvia parecen rayos a contraluz.

Él miraba fuera y yo lo escrutaba por dentro, preguntándome qué pensaba, si estaría enfadado conmigo o molesto por haber detenido aquello que tanto tiempo nos había llevado decidir.
Pensé en abandonar, en pirarme corriendo de aquella habitación con mis preguntas sobre el hombro y no volver a aparecer nunca más, exactamente como él haría. Era un error, una decisión estúpida.

Después de todo, un beso es solo un beso.

Volvió a mirarme y suspiró. 
Sonrió.
Apoyé la espalda contra la pared, posicionándome a su lado, cubriéndome las piernas con el largo de la camiseta. Dejé el peso de mi cabeza contra su hombro. 
Las farolas ya creaban sombras sobre nuestra piel.

—Tenemos miedo a lo que no conocemos— dijo.

El mundo parecía haberse parado fuera.

—Creo que te tengo miedo— añadí.

Nos quedamos así sentados, uno junto al otro, durante horas. El cielo terminó por oscurecerse y el ruido de la ciudad por exterminarse. 
Ya no quedaba nada que salvar.

—Voy a comer algo— se levantó, dejándome la cabeza en el aire y el olor a perfume en la pituitaria—¿Te preparo...?

Negué con la cabeza antes de que terminase la frase.
Vi cómo se perdía por el pasillo.

Me tumbé en la cama cuan larga era y me llamé estúpida. Me retorcí, me arañé y empecé a dar vueltas sobre mí misma.
El pitido del microondas sonó cuando puse el primer pie en el suelo y corrí por el pasillo sin pantalones hasta llegar al salón.
Estaba sentado en el sofá, sin camiseta y con la cara entre las rodillas.
Me miró como si viese su cristal favorito echo añicos en el suelo.
Me abalancé a su boca sin pensar en lo cerca que había estado de perder el equilibrio.

Y así fue.
Me besó como si tuviese que exprimir mi boca para seguir respirando. Me dejé besar y palpé cada rincón de él, dando y pidiendo una guerra que había desencadenado sin pensar, dejándome llevar por el maldito impulso de no perderle.

Y le estaba perdiendo.
Le estaba perdiendo mientras me follaba.
O mientras me hacía el amor.

Eso es algo que nunca supe.

martes, 14 de octubre de 2014

Casi sin querer.

No sabía ya si era agua o cerveza lo que me recorría los labios.

Lucía el vello de la nuca erizado, preguntándome si noviembre le habría metido mano a todo esto o si, por el contrario, no era frío, sino un torrente de vida lo que suplía mis parpadeos por espasmos y me impedía mantener la compostura con su pecho frente a mí.
Se inclinó y me mordió el cuello. Su declaración de intenciones me obligó a soltar un rugido sordo que parecía decir "si decides parar acabaré empujándote yo".

La humedad de mi boca recibió con una oda a su lengua, en mitad de una melodía de violines y tubas, como ocurre con el buen jazz y las noches de verano borrosas que tuve que aprender a dejar atrás para no morir entre remordimientos.
Obligó a su mano a enredarse en el largo de mi pelo mientras el ritmo de aquel beso se volvía rebelde y paulatinamente menos constante, más salvaje, más instintivo.

Y nos pasó lo que les pasa a las bestias.

El descontrol, con una contradicción poética de las que a mí me gustan, tomó las riendas de su canibalismo y mis maullidos persas, meciendo la noche en un colchón raído, iluminado entonces por mi ingenuidad y su no tan casual pérdida de conciencia.

Tomaba de mí sin reparo lo que le placía, volviéndome a mí más burda y primitiva y, sin embargo, más mujer a cada amago de grito. Él sonreía al verme atada a sus muñecas, sin escapatoria y esclavizada a él, al gusto de los vaivenes de su lengua en mi lengua, con su curva insistente dibujada en la cara en la cual podía leerle los subtítulos: 
"Y aún no hemos empezado".

Una ola de energía me sacudió por dentro desplegando una onda tan intensa que él pareció percibirla.
Me desnudó aplicando sobre mí el magnetismo de sus labios, jugando con la ilusión que yo ponía en alcanzarlos, zafándose y fundiéndose luego en mí entre risas malévolas.
Estaba en su círculo, en su núcleo y lo sabía.
Podía haberme matado y lo sabía.



La desnudez me hizo abandonar durante unos segundos la embriaguez del vodka y ubicarme sobre su torso desnudo, pero pronto sus colmillos se encargaron de facilitarme la vuelta al mundo de su erotismo extraterrenal.
Se quedó allí y succionó de mí hasta que creí haberme dejado el corazón en su garganta, pidiendo a gritos que le pagase el rescate con la lentitud del amor a las cuatro de la madrugada, a cuatro patas, con las puertas del alma abiertas y un cartel que señalara: "tómalo todo y regresa mañana a devolverlo".
Y así se lo ofrecí, más gata y más humana que nunca, desgarrando con las zarpas cualquier trozo de carne que se quedaba a descubierto, buscando limarme entera con los rotos de su voz y el ruido de los muelles contando asaltos.

Me zafé de él y lo embestí. Y él, cambiado el rol de héroe por el de víctima de una fiera, se dejó hacer. 
Pedía más, pedía lento, pedía fuerte, pedía y pedía. Los pensamientos se escapaban de su mente y llegaban hasta mí en una frecuencia nueva, arrolladora y exuberante que me llenaba a mí de su placer.

Volvió a violentarse él cuando sabía que estábamos cerca del fin. Se puso en pie y me empotró contra la madera vieja de un armario que sirvió como testigo de la brutalidad del ser humano dominado por la noche y el deseo constante de lo que creía que sería amor barato.
Bebió de mi humedad haciéndome música y volviéndome creyente, alabando al cielo y a cualquier dios que pasase por allí y sonriese al palpar mi euforia.
Y llegó.
Intenso como una descarga y apetitoso como el calor del voltaje, estremeciéndome y arrancándome un suspiro de mil hercios, doblegándome y devolviéndome del cielo a los límites de la realidad.
No terminé de suspirar cuando me clavó la estaca y volví a ascender.
La energía se transformó en un bucle intenso y uniforme del que necesitaba y al que recurría cerrándo los ojos.
Empezamos a ser uno y todo el mundo dejó de tener significado completo.
Levitábamos a la vez, pedíamos a la vez, recibíamos a la vez.
Nos fundimos y nos convertimos en aquello que creo debe ser el significado de la vida.
La felicidad.
Fuimos felicidad desnudos y con las gargantas rotas, mojándonos de algo tan abstracto que aún hoy me cuesta recordar sin querer morir para olvidar que no volverá a suceder.

¡Qué cantidad de palabras complejas para explicar un polvo!
Pero qué polvo.
Me hizo el amor más sucio que recuerdo, tan lleno de metáforas que, si alguno de vosotros pudiese entenderme algún día, os olvidaríais de buscar la felicidad en los cajones vacíos de los veranos muertos.



domingo, 12 de octubre de 2014

Roto.

El viento en la cara y la adrenalina me evadían de toda la mierda. Imaginé que la moto se estrellaba de repente contra un muro y no sentí miedo. Necesitaba acción, euforia. Necesitaba el grito que me despertase de la pesadilla.

"Y te sientes mal, y todo es una mierda. Y estás borracho, y quieres arrancarte los pelos para que el dolor supla el vacío del pecho."

Las calles paralelas se transformaban en manchas difuminadas con el ruido del motor. El frío me hacía vivir, me mantenía alerta.
"Más rápido, más rápido".
O que se pare ya el mundo.
Que se pare todo.
Que se pare...

"Y quieres llenarte de algo, como el sexo, para sentir que no estás empezando a desmoronarte, para experimentar euforia y no miedo."


En casa el agua caliente no arregló nada. Quise quemarme hasta acabar llorando de dolor, con las gotas recorriéndome las mejillas, como lágrimas.
Volvía a aquello.
Volvía a ser la chica triste, la que lloraba en la ducha, la que necesitaba salir de casa a las dos de la mañana para poder encontrarle un sentido a seguir viva.
De la noche al día volvía a transfigurarme, a ser un ser dependiente de afecto, una marioneta con la que cualquiera puede trabajar, a la que fácilmente se le mendiga un beso.
Pero yo no quería, no podía quererlo,
Yo no.

"Necesitas estabilidad, un equilibrio, una mínima seguridad en algo...
En alguien."


Me había convertido en la que se odia, la del adiós. Atrás solo quedaban los gritos, los tragos recién potados y un polvo de despedida a la mitad. La puta cara de "qué estoy haciendo con mi vida", la del "dime que me quieres, aunque sea mentira".
Y nada de eso cura, nada mejora, nada cambia el pasado.
Lo llamaría, le pondría la voz más tierna y le suplicaría que pasara la noche conmigo. Que fingiese quererme él. Que me follara porque sí, sin argumento, como ley de vida.
Y no podía.
No podía hacerlo.

Lo juro, a partir de hoy.
A partir de ahora.
No me volverás a ver llorar aunque me esté muriendo.

sábado, 11 de octubre de 2014

Para ti, todo lo que yo me deje.

Las farolas y el ruido de los coches no sirvieron de relleno. Todo estaba negro, todo era una inmensidad opaca y rígida que me destruía segundo a segundo.
La sensación de ardor en el intestino se extendió, ocupando la totalidad de mi cuerpo, haciéndome caer. Alguien me besó. Alguien me golpeó. No encontré diferencia y sonreí.
Me desnudé ahí mismo, sin importarme nada, sin visión de futuro, sin tenerte en cuenta.
Me miraste taciturno.
Sabía que solo me pedías una explicación en silencio mientras en tu cabeza me estrangulabas con aquella maño cerrada en el aire.

¿Me odiabas?

Es lo único que me preguntaba y lo único que no podía dejar escapar. En lugar de eso, me esforzaba por preguntarte sin respiración por qué te lo llevabas todo, como a rastras, cargando un peso muerto, con esa linea en la boca y moratones colgando de los párpados, como si vieses el universo al andar, sin órbita.
Me miraste la piel y te derrumbaste también. Una lágrima turbia te acarició la mejilla.

¿Me odiabas?


Follar con odio, lo sabíamos, siempre fue la última opción, la de emergencia, a la que recurríamos cuando la monotonía los mordía en la nuca.
Yo quería follar y tú querías volver a sentir algo, como en los libros, como en los labios.
Yo era una víbora y tú un lobo recién salido del psiquiátrico, con el rabo entre las piernas y la espada desenvainada.
A punto de algo dulce, como el caramelo.
Yo era la mejor de todas y tú el estúpido que lo reconocía siempre que te pedía amor.
Tu chica inigualable, la del cielo, la caída en picado de cualquier pecador con una botella de ron y conversaciones de extraplaneta.

Me mordía el labio hasta sangrar, hasta que me doliese a mí, porque me parecía injusto que no compartiésemos vacío. Hay que saber ser comprensivo con quien prefieres levantarte que acostarte, hay que saber llevarlo.
La piel nívea y los labios rojos, como de piedra, y tú observándome enfrente, sin entender qué pasaba y cómo habíamos acabado así.
Yo tirando de ti y tú dejándote mecer.
Hicimos la guerra intensa, nos ametrallamos y nos crucificamos después.
Te dejaste vencer, como siempre, y yo volví a arrancar de cuajo mi bandera en busca de otros mundos que me quisieran menos, en busca de los ojos abiertos y las sanguijuelas del estómago.

Volviste a mirarme y balbuceaste algo.

Te estaba tentando.
Te estaba matando.
Me estabas odiando.

Mi vida es una puta tragedia.


jueves, 9 de octubre de 2014

Hazme un guiño y sigo todas tus señales.

"Baby, get back"

Como el día que nos conocimos, ¿recuerdas?

Yo con aquel dichoso mono y sin pedirte por vergüenza. Bebías de aquella botella de vidrio verdosa como si la vida se te estuviera disolviendo en las burbujas. Me limitaba a mirarte de frente, maravillado, escuchando la reverberación de tus cuerdas vocales al soltar una carcajada.
Pobre de mí. Eras la tristeza con el pelo más largo que había visto nunca y bailabas las canciones de los Soprano con los ojos cerrados, como una cuba, ajena al resto de idiotas que te miraban de reojo.
Alguien me ofreció un porro y me lo llevé a la boca, sin pensar, todavía observándote.
No fumaba.
Y sin embargo ahí estaba, absorbiendo aquella mierda para que me mirases, para que al menos te percataras de que allí estaba, jugando con el humo en la boca, presumiendo de ser un tipo extraño con vicios inadecuados y ganas de ser un títere.

Había escuchado de ti que te gustaba volar.
Te recordé entonces, con un par de años menos, bebiendo la cerveza más rubia de la ciudad, enseñando el corazón (el dedo y el alma a partes iguales) a todo el que se atreviese a llamarte cría, sentada en un taburete alto, dominando todo aquel tugurio como un halcón expectante.
Te relamías los labios después de cada buche, como en aquel precioso y preciso momento. Quise de ti lo que querías enseñarle al mundo pero te aterrorizaba perder.
Quería morderte tres mesas detrás de ti.



Dejaste de reír y saliste de la habitación. Otro par de imbéciles siguieron tu culo con la mirada.
Me adelanté, mareándome al abandonar el suelo. Te agarré el brazo en el pasillo y te pedí un beso.
Me reí. A mi alrededor todo daba vueltas.
Quise morderte delante de ti.
Dejé de sobreactuar cuando comenzaste a llorar.
Me gritaste.
No nos conocíamos.
Y lloraste, llamándome maldito capullo pajillero de mierda.
Acentuaste aquel "mierda" de una forma preciosa.
Te abracé y te canté un cacho de aquello que guardaba para ocasiones especiales, como un idiota. Como los demás que esperaban fuera, esperando un hálito de ti.

Me dejaste la camisa manchada y el corazón empapado de rímmel.
Me pegaste y te largaste de allí, drogada y muerta de miedo, meneando la vida al ritmo de tus pasos.
Pensé en correr hacia ti y besarte.
Luego no pensé.

Aquella noche acabé borracho, escuchando a los Soprano y masturbándome en la cama de siempre, mientras gritaba nombres de mujer, buscando alguno que encajara con aquella mirada de muñeca de trapo usada.

Se me olvidaba que en los finales exageradamente tristes nunca hay protagonistas.

sábado, 4 de octubre de 2014

Inconveniente.

—Se me hizo tarde. Las horas volaron y no fui consciente del frío y la soledad de las calles. Iba drogada. Me metí hasta que dejé de tener control sobre mí. Fue alucinante. La dependencia emocional desapareció, la serotonina salía despedida a raudales por mis poros. Fui feliz, a pesar de no saber si saldría de aquella. 

El hombre me miró como solía hacerlo cada miércoles: con la mano derecha bajo la barbilla y una ceja arqueada.

—No me arrepiento. 

<< Las calles daban vueltas y escuchaba un sonido intermitente, parecido al de un teléfono comunicando. Empecé a cantar.

"No recuerdo una anti-historia mejor... de contenido incierto."

Él reía mientras me agarraba de los brazos. con los ojos achinados y la mirada perdida. 
Hablaba de la felicidad efímera y sus consecuencias, pero reía.

"Y alzo el vaso más vacío que yo... lo elevo hacia el infierno."

Algo se estaba muriendo en las calles mientras nosotros cabalgábamos como bestias narcóticas, olvidando el mundo.
Pero fui feliz. >>



El hombre levantó el bolígrafo.

—Ya.

—Creo que puedo ser feliz.

Él me miró de reojo, se acomodó en su sillón.

—¿Te consideras dependiente?

Sonreí.

—¿De qué estamos hablando?

Calló.

—¡Soy dependiente de la felicidad!

El hombre se levantó y me tendió un libro rojo.

"Autoayuda", leí.

—No voy a domesticarme. Quiero convertir las rectas en curvas. Sería una mezcla de beata y ramera. Una chica de la noche eterna. Una ilusión de los días no vividos. Quiero nacer y ser el hambre invisible.

El hombre rió.
Yo me desplomé.