miércoles, 30 de diciembre de 2015

El año nuevo de Vetusta Morla.

Miento por mí
y por todos mis compañeros,
y mientras, me siento a esperar a que una de todas las imágenes que se suceden en mi cabeza se detenga y me diga:
"aquí",
por eso de que cuando estoy triste necesito un lugar seguro para refugiarme,
aunque mi pretérito sea lo menos digno de llamarse perfecto
y no tenga seguro nada,
salvo que de pseudomorirse también se sale.

El último día del año es un lugar de mierda para ponerse a hacer recuento y comprender que me he pasado tres de mis cuatro estaciones interpretando un papel, cuando creía que se me estaba revolucionando el corazón  —no de velocidad, sino por esa rebeldía tonta de quien ve ilusión en un beso— con un himno sordo que solo canto antes de la carcajada que precede a mi romper a llorar.
Porque a veces también lloro.
Porque a veces se me olvida la falta que me hace seguir comportándome como una niña.

Lo malo es que siempre que recuerdo lo que es sentirme pequeña, me muerdo las uñas, e intento explicarme en qué momento de mi vida convertí mi infancia en sinónimo de inferioridad, y no en ver bonitos los besos de antes de la cama.
(En este punto, creo que podría elaborar una tesis doctoral entera justificando que se crece justo cuando tienes más ganas de follar que de amar inmensamente a alguien.)
Saltar de la niñez a ser adulta ha sido para mí despertarme en una cama de matrimonio vacía,
mirar a la derecha
y ver que quien faltaba era yo.


Me he creado una revolución imaginaria solo para repetirme por las mañanas ante el espejo lo fuerte que soy,
y lo alta que tengo que llevar la frente aun a riesgo de que se me caiga el café
y el gato de mi próxima pareja caída libre me arañe sin darme cuenta los tobillos.
Y aun a riesgo de tener que prometerle que cuando salga por esa puerta no se lo contaré a nadie,
me escondo de él y le escribo mientras duerme,
calibro su balanza y mi pistola,
y de un truco sucio saco mil excusas para verlo aterrizar otra mañana,
muerto de miedo y muerto de ganas,
sin explicación
y "solo por si se me olvida algo".
(Aunque luego todo se reduzca a un triste adiós,
sin punto y sin abrazo.)

Escribir, lo siento en el alma (con perdón y gracias a dios), nunca ha conseguido hacerme más fuerte.
Escribir me destruye,
me desarma,
prepara por sí mismo mi epitafio y todas las legañas que se chivarán de mi afición a las madrugadas,
sobre todo las que siguen al perder para siempre a alguien que brillaba.

Y mientras espero a que el reloj marque las cinco —para volver a ser círculo, y nunca más piramidal—, me concentro en esperar a mi yo del 1 de enero-sin-lluvia,
más inocente
y un pelín más rota que hace tres semanas y un día,
porque no era amor y ya dolía,
y de nuevo,
me vuelvo a preguntar:

Por qué al de después del pretérito simple prefirieron llamarlo perfecto,
si el antónimo de simple, siempre será complejo,

y yo no puedo pensar en ayer sin echarme a temblar.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Como si fuera poco.

"Cuando lo veía, solo podía pensar en una cosa.
En una frase.
Y tenía que apretar los labios para que no se me escapara: 'estaría aquí a pesar de todo'."


Hoy me ha parecido un buen día para reconocer que a voces y a veces —quizás más de las que debería— hago como que no te escucho. Como si no me asustaras. Que me miro las uñas mientras hablas, como buscando algo en mitad del blanco y el olor a química, y me encuentro con que un día más a tu lado es un nivel salvado, una supervivencia a nosotros mismos.
Normalmente, actúo como si eso no fuera suficiente.
Finjo que no me gusta estar contigo, que detesto tu olor a chico gris, y a menudo te digo que mi osadía y mis caprichos son más importantes que verte a ti con los ojos cerrados.
Te restriego que somos incompatibles; que nos acabaremos odiando al descubrir que mi materia destruye tu energía, que mi paciencia estrangula tus nervios y correr tras de ti en realidad significa huirte.
Que es irónico que tu acero solo se derrita con el fuego que más me asusta a mí.
Y ya, luego me enfado porque se suponía que tendrías que haberlo sabido de antemano.

Soy un ser despreciable. Incomprensible. Intolerable.
Pero dentro guardo otoño y amor, y te los estoy regalando, aunque no tenga ni idea de cómo usarlos.

No sé por qué parece que me cubro el alma cada vez que te acercas, que solo te dejo destaparme si me besas.
Tu boca otra vez en mi boca fue colorear con matices un corazón monocromado (aún no sé si el tuyo o el mío) y descubrir que el mundo es mucho más complejo de lo que creía antes de ayer. O a lo mejor estas marcas negras de uñas en mis muslos solo significan que aún no me has besado lo suficiente.

—¿Lo suficiente para qué?

—Qué se yo. Para tener ganas de salir corriendo. Para perderme. Para perderte a ti.


Quizás me da rabia reconocer que vuelves a estar loco por mí cuando en realidad no sé qué espero de ti. O de mí contigo. Ni por qué, si corremos demasiado en los tramos cortos, cada día necesito un minuto más para despedirme. Un centímetro menos de tu mundo a mi boca.

He sentido terror de perderte y te he perdido luego. Todo en menos de sesenta segundos. Te he escrito y me he preguntado luego qué me pasa. Y si lo estoy haciendo bien.
(Posiblemente no.)
Te he presentado a mis fantasmas y me han entrado ganas de ponerme a llorar. Y tus ojos se dieron cuenta mientras tu espalda se alejaba de tus labios en mi frente.

La peor parte de todo esto está siendo reconocerme a mí misma cada vez que uno de los dos cierra la puerta y jura que no piensa volver.
El mundo se despierta y yo respiro.
Lo suficiente, para qué.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Not as I thought.

Recuérdamelo siempre.

Apretando los puños mientras el golpe de mi talón contra el escalón lo silencia todo. El eco me devuelve un sonido hueco que me traspasa, una pregunta rara y la sensación de no saber en qué me he estado metiendo en estos últimos días.
Aquel portazo sonó a signo de interrogación sin respuesta.
No me giré, porque sabía que no estarías detrás, que yo había decidido salir de aquel mundo para siempre. Ahora lo pienso, y creo que si me hubiese girado no hubiera podido evitar echarme a llorar.
No sé el qué, pero algo se quedó desperdigado en tus escaleras, algo que se me iba escapando mientras no pensaba en nada. La bajada fue infinita. Podrían haber pasado tantas cosas, pero no pasó nada. De cuando llegué abajo solo recuerdo cómo el mundo me abofeteó y las ganas que tenía de salir corriendo de allí, quizás para huir de la oleada de sentimientos que sabía que se me avecinaría si me detenía.

Hacía tiempo que no recordaba aquella sensación. Quizás dolía más el recuerdo que su espalda en mi retina.

Pero la culpa es mía.

Es irónico que solo gane las veces que me atrevo a volver yo.



Te despedías mil veces mientras yo intentaba detenerte cada una de ellas, sin razones, solo meciéndome por la urgencia de no acabar con lo bonito. Ahora lo pienso y vuelvo a sentirme estúpida, a escucharme a mí misma y sentir vergüenza por esperar una mentira idealizada. Miraba el pedazo entero mientras lo partías para tirarlo luego por la ventana. Tenía ganas de suplicar que no lo hicieras, pero me callé. Me callé porque sabía que tú no lo habrías hecho por mí, que te habrías callado y habrías dejado que se pudriera. Pero qué podríamos haber salvado, si yo guardo acuarelas en el pecho y tu te pones nervioso si la línea no se ajusta a los milímetros.
Qué pena que el resto de seres humanos necesite su parte de cuadrícula para encajar los sentimientos. Tú tan ángulo y yo tan vértice.

Esa noche me quedé dormida en otro sofá, con las páginas de un libro que no me correspondía sobre las mejillas. No leí, pero me pasé las horas escribiendo sin soporte.
Me da pena, pero ya dije la última vez que equivocarse es de valientes estúpidos.
Es irónico que siempre pierda las veces que me atrevo a huir yo.

Alguien que escribe sabe que el daño de las palabras es irreparable, y la forma en la que pronunciaste intoxicación me abrió las venas en canal e hizo que me guardara una pregunta ardiendo en los labios.
Espero que algún día reconozcas que podrías haber luchado, y no quisiste.

Está será la única y última vez que escriba sobre esto.
.

viernes, 16 de octubre de 2015

¿Hasta qué?

Que a mí me da igual que te folles a diez diferentes en una noche.
Me da igual que despiertes con dolor de cabeza y veas a tu lado unos ojos más cansados, una piel más oscura, unos pasos distintos por tu pasillo. Me da igual que abraces un cuerpo frío que te recuerda al metal ardiendo después de haberte corrido dentro. Me dan igual los minutos que tardes en besarla. Los días que pierdas pensando en ella. Los segundos que dure tu amor eterno.
Me dan igual sus piernas largas, sus ojos negros, su música clásica o sus noches sin frenos. No me gusta su risa alta, su pelo suelto ni la manía que tiene de morderse los dedos.
No me gusta tu chica imaginaria.
Me dan igual las agujas del reloj paradas de tu cuarto, tu obsesión por la felicidad y tu sonrisa estúpida de los miércoles borracho. Me da lo mismo tu voz a las ocho de la mañana pidiéndome una tregua infinita y tus días de mierda suplicando no haberme conocido nunca.

No me fastidian tus intentos de joderme la vida.
Y mucho menos los de aparentar que no lo intentas.

Hoy me he descubierto a mí misma pensando en dejar de lado el miedo que ha nacido (no sé porqué, ni cómo, ni en qué momento) dentro de mi pecho, y me he preguntado qué estoy haciendo mal para acabar bebiendo, acordándome de unos días que ni siquiera hemos vivido.

Nada.

Durante toda mi vida, me he esforzado por escurrir hasta la última gota de voluntad en aquellas cosas en las que he creído de verdad. He dado meses de mi vida a personas que no se merecieron tantas esperas, y he creído siempre que el amor puede salvarlo todo.

Qué le vamos a hacer. Tener el alma bonita también tenía que tener sus consecuencias.

Me habría encantado acabar enamorada de ti hasta los huesos, llorándote, suplicándote una mirada bonita por una vida completa entregada a ti.
Pero, cariño, ya ni siquiera sé si te lo mereces.
Y, mucho menos, si me lo merezco yo.

Una cosa es segura, y es que no saldrá de mis labios una sola despedida triste.
Debería dolerte que alguien que siempre ha creído en las palabras no dedique cinco minutos de su vida a firmarte un adiós.
Pero no es odio. Nunca podré odiarte, quizás porque nunca he llegado a quererte lo suficiente tampoco.
Prefiero hacerlo así, invisible entre el tiempo. Como una bomba que acabará explotando en el minuto cero antes de correrte. Como una sacudida que te despierte de ese mundo en el que crees que eres feliz.
Un aviso con mi voz de que deberías valorar más los segundos antes del beso, y un poco menos la lista de tontas que serían capaz de quererte sin amor y sin horas.


Es un aviso.
Habré desaparecido.
No lo forzaré, porque forzarlo sería reafirmar que todavía te siento en un rincón oscuro, que te pienso cuando el frío escuece y el alma arde. Será instantáneo. Instintivo.
Te encontrarás de pie en el mismo sitio del que querías lanzarte al vacío conmigo. Abrirás los ojos con el sabor de otra piel en la boca (más canela) y sin mis remordimientos de haberte equivocado de vida a mi lado. Le abrirás la puerta del salón a una que esté más loca (que no sepa ser tan soga) y sucumbirás lentamente a unos labios más húmedos, pero sin sonrisa en los ojos. No seré yo quien te mire desde abajo cuando la abraces. No tendrá el brillo verde de después del polvo en el iris. No te dirá que te quiere sin hablar, mientras besa sin prisa y sin miedo cada rincón de tu rostro, culpable de no poder dejarte ir, inocente hasta que se demuestre a sí misma lo contrario.
No te escuchará mentir con la mirada de estar descubriendo un nuevo mundo en tu voz, y encima acabar creyéndoselo, ni escurrirá tus problemas llamándote valiente. No recordará cada pequeña porción de tiempo que le has regalado, porque para ti sólo será un amor efímero, un número en gris que, aunque ahora brilla, acabará apagándose con el regusto del ron y el tabaco de tus días de mierda.
Posiblemente, será capaz de mirarte sin vergüenza. Será capaz de abrirse de piernas sin suspirar un poquito primero. Nunca te dirá que no. Nunca te escribirá un adiós sabiendo que no hay dios que se lo crea.

Te asustarás. No vas a tener ni puta idea de qué te pasa. De por qué no vives ya.
¿Y sabes qué?
Que no. Que ya no. Que ya no volveré a abrazarte después. Que no te llamaré y escucharé tu ronquera del domingo. Que no estaré dispuesta a esperar a que llegues pronto, sudado y con el alma abierta, esperando que alguien te cure. Esperando, quizás, a que algún día te confiese que sí, que en realidad tengo dos alas blancas a las que renuncio por ti cada vez que me pides un beso y juego a que no.
No te bailará con miedo, tapándose la cara porque le asusta que seas capaz de verla por dentro. No temerá como yo que escuches su corazón a dos mil. Que ni siquiera tenga sueño después del clímax.
Excitarás otro coño, pero nunca su mente.
Nunca más mi mente, ni mis ganas de quedarme muerta sobre tu pecho cualquier viernes.
No creeré que, en el fondo, sí estabas hecho para mí.

Has querido quererme demasiado deprisa.
Octubre va a acabarse, y estoy más convencida que nunca de que este es el adiós más duro que sabrán dedicarte nunca. Porque, en realidad, ni siquiera es un adiós. Es solo un punto. El sonido de la página arrancándose sin odio, sin dolor, sin heridas.

El final menos triste de un amor que siempre hemos sabido que existía.

Aunque no nos haya dado tiempo a verlo.

lunes, 12 de octubre de 2015

No sé escribir.

Hablamos de sexo porque muchas veces el amor se nos acaba escapando de las manos
y termino con la extraña sensación de haber apostado demasiado corazón en cada una de las veces que me has hecho,
sin amor.

Otras veces ni siquiera hablas, y te dedicas a dedicarme treinta minutos de tu vida a joderme por dentro,
en todos sus sentidos,
y con todas sus complicaciones.

La cosa es, que en cada una de esas veces, nunca sé y nunca he descubierto si lo que nos pasa es normal o si siquiera es cierto.
Últimamente te beso y no sé si me falta amor,
o si sin embargo el problema es que no puedo contenerlo entero.
Porque cuando te corres, me miras y no me preguntas si te quiero,
sé bien que en realidad te lo preguntas a ti,
y te enfadas, te cabreas y te quema hasta el suelo,
porque no sabes qué te pasa, ni de qué cojones te entra miedo.

Que ni tú ni yo sabemos si esto es real,
ni si nos queremos,
ni si podemos dejarnos ir;
y eso es peor que que no exista, pero al menos saberlo.

Estamos en un punto que empezó desde que nos conocimos y del que no salimos aunque pongamos tierra, mar y tiempo.
Ninguno de los dos tenemos paciencia y nos dedicaríamos media vida a deducirnos sin llegar a conocernos, 
solo por el miedo que nos entra a descubrir que no somos,
(o peor:
que sí somos)
lo que nosotros creemos.



Y mientras tanto, ¿qué?
Volver a dejar correr el tiempo, esperar a corrernos otra vez o decidir que es mejor no pensar más en eso.
Pero existe (yo la he visto) una energía de mierda que me hace volver,
un reloj biológico de ti, que no me deja dormir si no me besas.
Y luego, contigo cerca, 
conmigo ya lejos,
arriba,
descubro que no, que no me haces falta, que no te quiero.
Que en tus ojos con los míos no hay fuego y que no necesito tu boca para seguir viviendo.

Hasta que me quema,
y descubro que sí,
que me haces falta,
y que hasta parece que te quiero.

Ahora me río de los físicos que han hablado de atracción y desconfío de quien me habla de polos opuestos. 
No comprendo las leyes que han hablado siempre del acercar y alejarlo todo si no han leído de sus labios un "lo siento, pero esto no está bien".
Como si nos hubieran visto alguna vez comernos la boca, destrozarnos la vida y desaparecer,
pero seguir creyendo que se puede
y que aunque nos matemos luego,
lo suyo y lo mío,
lo mío y lo suyo,
lo que nunca es nuestro,
nunca dejará de ser.


—Todas las heridas tienen un tiempo para cicatrizarse...
(Silencio)
— ...pero las nuestras parecen eternas.

Feliz aniversario.

jueves, 1 de octubre de 2015

Pre-amor a primera vista.

Maledúcame.

Enséñame
—en imperativo—
a esperarte en los portales
con la bufanda cubriéndome la boca
para que no se me escape el suspiro tonto de verte llegando,
mojado y tiritando,
despeinado,
con los ojos achinados y la sonrisa puesta.

Bájame los humos con un beso en la frente
y aléjate luego andando de mí hasta que te alcance
a diez metros,
a un kilómetro,
o a los pocos segundos que dura un año luz contigo.

Vuélvete loco y respira hondo.
Dime que llueve demasiado como para no irnos a dormir,
que es muy tarde
y te acaba de amanecer el apetito de no viajar nunca más
si no es a mis brazos.
Que te quedas porque acabas de llegar de haberte ido:
"como en casa, sólo contigo".


Llámame sin voz y susúrrame dormido a gritos
que te gusta imaginarme mirándote de lejos,
con las ganas cerca
y mis manos acariciado el aire,
besando en hielo del cielo de tu boca
para morir de un incendio después.

Ábreme las puertas y disimula bien no haberte dado cuenta
de que mi alma se acaba de caer al suelo.
Y tírame a mí,
como si nunca fueses a quererme,
sobre el sofá rojo de tu casa
y finge que estás tan cansado como finjo que lo estoy yo.

Vete,
(pero de mentira)
y vuelve luego a quemarme,
esta vez sin prisa.

Repíteme que se puede,
que nuestra coincidencia no fue nunca una cuestión de suerte
porque te sobran formas de vida conmigo.
Miénteme siempre
porque es la única forma que tengo de sobrevivirte.
Hazme sueño.
Y no me despiertes.

"—Cuando conozcas a alguien que sea todos los colores en uno, no lo dejes ir."

sábado, 19 de septiembre de 2015

Quiero un corazón de gomaespuma.

Yo adoraba mi corazón.

Aún a sabiendas de que el vértigo y yo nunca hemos tenido relaciones más allá de los dos minutos de subida, una vez tuve el valor suficiente para volar usando mi inestabilidad como reacción química mágica, y planear sobre el resto del mundo orgullosa, con el corazón en la boca.

¿Y qué diablos iba a saber yo sobre que los latidos no podían programarse en modo avión?

Aquella vez, el corazón se me cayó desde un décimo tercer piso y sin paracaídas. Grité y pataleé, pero no conseguí recuperarlo en el aire, y finalmente terminó por estrellarse.

Cuando bajé la mirada, mi corazón se había divido, exactamente, en dos mitades iguales.

Lloré.
Lloré más de lo que recuerdo haber llorado en toda mi vida.
Aquello que tanto amaba, mi razón de vivir, estaba destrozado.
Ya no era una solo. Ya no era mi corazón.

Cuando encontré a mis pies a la primera de aquellas mitades, ésta estaba a punto de resquebrajarse por completo. Soltaba algunos restos, migajas de cristal de las venas y dejaba a mi paso regueros feos de sangre oscura.
Y aunque aquella mitad de corazón estaba muriéndose, algo dentro de mí decidió llevarla puesta en el pecho.

La segunda mitad, a dieciocho pasos de donde estaba, sin embargo, estaba nueva.



Me sorprendí. ¿Cómo podía haber sobrevivido sin tan sólo un golpe? Ni un arañazo, una marca, una señal... Allí no había nada, y aquella superficie increíblemente lisa era incluso capaz de devolverme mi reflejo.

Como es normal, con el paso del tiempo olvidé a aquella primera parte de mi corazón.
En realidad, no fue necesariamente olvidarla.
Simplemente, dejé de verla.
Sabía que seguía ahí, con sus magulladuras y el alma medio rota, pero ya apenas era capaz de atraer mi atención.

La segunda mitad, sin embargo, lo abarcaba todo.
Su pulcritud y su firmeza, tan diferentes de la otra mitad, me maravillaban y atraían de forma casi obsesiva.

Y así fue, que pasaron los días y yo me acostumbré a transportar aquella segunda preciosa mitad bajo el brazo, protegiéndola del resto de miradas, acaparándola y reservándola sólo para mí, cuidando con mi vida su seguridad.

Sin embargo, el tiempo la fue ennegreciendo.

Día tras día, fui consciente de que aquel cristal pulcro se iba tornando gris, como si manase humo de su interior; y al cabo del tiempo, aquel semicorazón también se ensombreció, como la primera mitad olvidada.

Entonces, tomé la firme decisión de separarme también de aquel corazón, porque había perdido todo lo que amaba en él. Lo coloqué cuidadosamente justo al lado de la primera mitad agónica, y dejé que ambas se sumieran en la oscuridad juntas.

Desde entonces, he cargado en todas partes con el peso muerto de esas dos partes que conforman mi corazón roto. Dos partes que he amado con la intensidad del fuego y la suavidad de los vientos que corrían en mi cara de abril a septiembre. Las llevaba conmigo, a pecho abierto, portando algo muerto.

Pero no volví a llorar.

Porque, aunque estuviera destrozado, pensaba que podría ser feliz si aquel corazón no se me volvía caer nunca más.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Oda a mi sangre fría.

"Las insolencias del Sol,"
le canté a Sabina en blues,
"atraviesan mis cuatro paredes,
mientras dibujas sobre azul
líneas horizontales en la nieve;
luego se sumerge en el pecho
para después tragarse su luz.

Y así me convierto en presa,
de cárcel o depredador,
según el día que tengas tú."

Mochila al hombro y ocho días ya sin ti,
yo eché a reír como si estuviera loca,
él empezó a verter una copa de anís,
a aplaudirme para que me quitara la ropa.
No le bailé como la rubia de la cuarta fila,
y aún hoy sus cartas me siguen gritando:

"Mi amor,
pero a quién se le ocurre recordar el dolor,
cuando ese dolor se llama pasado."

Y cuánta razón tuvo,
y qué poco lo escuché.
Le debí haber bailado,
haberme olvidado del ayer.

Cogió mi mano y me arrastró al balcón,
la lección aprendida,
la mirada en los astros.

"Hasta mañana, corazón;
ya hablaremos cuando cumplas años".

Y aunque escueza y siga volcando el vaso,
quizás nunca olvide quién perduró,
quién me besó la boca por calor,
y quién por amor me besó los labios.
Y ahora voy a pedirme
un minuto de silencio y de pudor,
permite que vacíe el contenedor
en el colchón donde se nos quemó el verano.
Y ahora voy a pedirme,
si me prestas cuatro versos y otra canción,
que me expliques la razón de mi vida,
y me escribas luego otra carta de adiós.

Y así me cantó,
como los jilgueros del Liceo sin teatro:

"Cuchillita de metal de Marte,
de hierro errante y embaucador,
no vayas tentando así a la muerte,
no vaya a ser que la tiente yo.

Cuchillita de navaja de mi suerte,
de regueros de mares rojos,
no vayas pidiendo venganza al verme,
no vaya a ser que la quiera yo."

domingo, 6 de septiembre de 2015

Átame y pídeme perdón.

Con él siempre sentía la bilis en la boca del estómago.

Nosotros teníamos la vida dibujada en el iris y la misma conmoción del mar, que no sabe cómo acaba de nacer o cómo nunca deja de existir, y entre llantos y mareas, el viento lo mece para reconfortarlo.
A nosotros nos bañaban todas aquellas imágenes que se trazaban poquito a poco a nuestras espaldas, ajenas al foco de luz que nos cubría a los dos, mientras caminábamos sin siquiera tener rumbo, por una ciudad que ni siquiera nos importaba.

Así eran los días a su lado: incertidumbre y dependencia consentida.
Todo temporal, excepto el dolor.

Entonces yo no sabía que aquello era amor, ni que algún día acabaríamos por acabar con aquella canción infinita.
Entonces sólo saltábamos en los charcos y nos reíamos de todo lo que éramos. Teníamos secretos que sólo podíamos guardarnos y confesarnos entre los dos. Habíamos creado, sin saberlo, un universo nuevo, con constelaciones tan frágiles que sólo fabricábamos para observarlas, sin llegar nunca a alzar la mano para rozarlas con los dedos, porque yo vivía con el eterno miedo de que todo aquello se viniese abajo, de que me dejase sin voz cuando decidiese destruirse.
Tenía pánico de despertarme, porque sabía que los sueños nunca pueden durar más de once minutos.

Él me hizo pensar que la vida era eso: creer que vas echarte a llorar; sentirte culpable por tener el alma demasiado llena.

Lo sabía, porque él me tocaba de una forma nueva. Me tocaba sin alcanzarme, en la distancia, y yo no sabía si aquello que me estaba entregando sin palabras era miedo o demasiado amor para tan poca piel.
En el espacio que quedaba entre nosotros siempre me dejaba un cosquilleo que me acariciaba el costado, como si su energía fuese la cabeza de un pincel.
Yo quería que él me quitase la ropa y me besara hasta quedarme dormida. Quería que me amase como a una hija, no como a una amante. Y yo... yo le quise como se ama a los muertos, siempre con la tristeza cogida de la mano y las lágrimas de quien no comprende cuándo empezó o acabó todo, pero siempre antes de la despedida.
Le quería con tanta fuerza que a veces no podía frenar el vómito, y acababa por desperdigarme entera a sus pies, con el sabor de haber esquivado a la muerte en la boca.

Él era ese lapso entre la felicidad y el abismo que me dejaba sin respiración y nunca me permitía abrir los ojos.
Era la locura convertida en peligro, el ansia transformada en necesidad.
Era la milésima de segundo que la razón se toma para decidir si quieres besar a alguien o marcharte de su lado para siempre.

Y por eso nunca podía irse, pero tampoco me besaba.



Para mí era suficiente. Me gustaba que me diese la mano y me acariciase las mejillas mientras me miraba como si nunca hubiese visto a alguien vivo.
Quizás fuese eso; quizás era la primera persona que veía con aquellas ganas de vivir para poder recordarlo siempre.

Nunca se lo dije, pero siempre que me entregaba al placer con su rostro en la memoria, repetía el mismo hechizo entre susurros:

"Para mí siempre serás música".

Él era música porque podía recorrerme la piel y rellenarme el alma al escucharle.
Era música, porque podía verlo con los ojos cerrados.
Pero, sobretodo, él era música porque al irse sólo dejaba silencio, porque su canción sólo podía vivir en mi estómago durante unos minutos antes de apagarse.

Luego, volvía a fundirse con el aire y desaparecía en otros oídos, dejándome a mí sola y descubierta, intentando llenarme con piel en lugar de sinfonía.
Y yo le lloraba entre susurros, porque deseaba que se repitiese siempre dentro de mí.
Quería aquella música infinita en el corazón, expandiéndome entera por dentro, haciéndome llorar y vomitar. Quería sentir cómo me destrozaba y me dejaba luego exhausta. Pero quería... necesitaba sentirlo, porque la herida siempre duele más cuando retiras el arma. Porque la sangre sólo sale a borbotones, libre y nueva, cuando descubre que ya nada cubre la carne.
Ni siquiera el puñal.

"Para mí siempre serás música".

"Siempre serás música".

"Para mí siempre serás..."

Y así lloraba, con los dedos dentro, muriéndome por no desear morirme para recordarlo siempre, con los ojos cerrados para no escucharme susurrar, y con el alma abierta en canal y el corazón descosido, rehecho demasiadas veces, con la esperanza de poder volver a reconstruirla cuando saliese el sol.

Porque, para poder reconstruirte, primero debes destruirte a ti mismo por dentro.

Para mí siempre serás música, aunque hayas conseguido destrozarme el corazón.

domingo, 30 de agosto de 2015

Futuficción.

Me he sentido tan estúpida.

La sensación de no pertenecer a algo, de sentirme extraña, se agranda y no me deja respirar. Me ha clavado una instantánea en el pecho, como si fuese posible clavar un segundo físico en un corazón. Ha penetrado en la carne, dejando paso a un reguero de sangre escarlata que ha bañado mi piel. Me ha estrujado las venas como un veneno amargo, como una piedra golpeando mi cráneo.
Ha sido un instante, un segundo de mi vida convertido en puñal.
He escuchado una música recorrerme las arterias y he deseado echar a correr. He deseado no volver, permanecer lejos, no haberlo conocido. Me ha estrangulado como un ave de consumo lista para ser sacrificada. He llorado sin llorar y he suplicado a gritos de silencio un poco de clemencia.
Ha sido como un escalofrío efímero, incurable, mortal. Un aviso de algo que debería haber sabido ya.

Bebo un trago más y me ponen una botella llena en las narices.
Así no hay dios que pueda curarse del alcoholismo.

Todo empezó el día en el que me abrazó por primera vez. Él no me abrazaba nunca. Su afectividad se reducía a las risas y miradas cómplices que compartíamos los días en los que se escapaba a verme sin decirme nada. No podía contárselo a nadie. Era una especie de ritual secreto entre los dos. Venía a verme cuando menos lo esperaba y se pasaba conmigo menos de dos horas, pero era porque no podía estarse demasiado tiempo haciendo una sola cosa.
Pero aquello, a pesar de su misticismo casi religioso, no tenía nada de malo.
Éramos dos animalitos que jugaban a buscarse a escondidas, como si fuese peligroso que alguien nos viese juntos. pero no hacíamos daño a nadie.
Él tenía una vida diferente cuando se alejaba de mí, pero a mí aquello no me importaba. Él era quien era cuando estaba conmigo, y me parecía suficiente.
Pero un día me abrazó.
Estaba a punto de llover y la tierra ya olía a humedad. Mi ciudad parecía preciosa bañada de aquella niebla gris que me recordaba a la calma. Para mí él era eso, niebla, calma. Me miraba con una intensidad nueva, más propia de la de un padre que la de un compañero de juegos. Fue la primera vez que me dio miedo. Creo que en aquel momento me di cuenta de que me había enamorado de él hacía mucho tiempo atrás. La capucha le rozaba la frente de forma desenfadada, y pensé en que debía estar muy preocupado para no importarle que la chaqueta le estropease el peinado. Por primera vez me pareció mayor, que efectivamente ya había pasado los veinticinco.

—Tienes que prometerme que no volverás a hacerlo— su voz seria me impresionó mucho. Nunca me había hablado así. No a mí—. No puedes ir por ahí sin pensar lo que estás haciendo. Ya eres mayorcita.

Yo seguía con la cabeza gacha, con una especie de pudor contenido de mirarle a los ojos. 

—Que a mí me gustes así no significa que puedas hacer siempre lo que se te antoje. Tienes que tener más cuidado.

Ni siquiera sabía por qué estaba siendo regañada pero su imprevisible impetuosidad me había bloqueado cualquier mecanismo de reacción. Me parecía más fácil seguir así, callada, mirando al suelo y esperar a que él mismo me desvelara la razón de aquella reunión improvisada.

—Creo que esto ha llegado demasiado lejos— parecía que aquel monólogo había pasado a ser una manifestación de sus propios pensamientos, ya no me hablaba a mí, sino que trataba de explicarse a sí mismo. Estaba confundido y más guapo que nunca—. A mí me gustas así. Con tu tontería y tus arranques. Me gustas porque eres capaz de pasar de la risa al llanto en un segundo y luego seguir siendo la más estúpida de siempre. Pareces mayor. Una niña grande que me saca de mis casillas y disfruta de saber que es así. Pero sobretodo me gustas porque eres capaz de hacer que yo sienta eso mismo a la vez, ¿comprendes? Puedo llorar contigo si te veo en el suelo y puedo ser más estúpido y crío que tú si te veo feliz. Por eso me he pasado de la raya. He cruzado la línea.

Seguía sin entenderlo, pero de forma inconsciente había alzado la cabeza y me había quedado mirándole embobada. Ahora me miraba fijamente a los ojos.

—No lo entiendo— dije, por fin.

Él sonrió.

—Yo tampoco.


Fue entonces cuando pasó. 
Noté el contacto de sus dedos en mis mejillas. Tenía las yemas frías, húmedas, como la tierra bañada por el rocío. Aquel frescor me recorrió la espina dorsal como un calambrazo seco. Me acercó a él y durante un segundo me vi a mí misma desde una nueva perspectiva, como si fuese la espectadora de aquella escena desde el exterior de mi propio cuerpo. En ningún momento se me pasó por la cabeza que fuera a besarme allí.
No lo hizo.
Utilizó la mano libre para acercarme más su cuerpo, propiciándome un leve empujón desde la espalda. Sentí la sensación de estar derrumbándome sobre él. Y así era. Había hecho que me derrumbara sobre su pecho, que me atase invisiblemente a él. Porque de eso iba todo aquel juego que habíamos compartido desde que nos habíamos conocido. Entonces supe que él también me quería a mí y que, posiblemente, también lo hubiera descubierto ese mismo día.
Necesitaba verme así, derrumbada sobre él, para que no sintiera remordimientos al estar a mi lado. De lo contrario, lo nuestro habría sido imposible. Éramos incompatibles. Dos polos que a pesar de sentir la necesidad de acercarse sufrían una ley divina aún más potente que la física, que les impedía siquiera pensar en ello. Yo era su hermana pequeña, así me había visto siempre, y por eso le estaba permitido venir a verme. Necesitaba cuidarme, hacer que le necesitara para no abandonarme. 
Entonces comprendí.
Aquello no era una declaración, sino una despedida.

—No me gusta que te vayas.

No me respondió. Seguía abrazándome. Llegué a creer que de verdad no me había escuchado, por eso lo miré.
No lloraba, pero se había roto.
Él estaba roto y yo lloré por él.
No sentía pena. No sabía por qué lloraba en realidad, pero él necesitaba llorar y yo lo hice por él.
Cuando se separó de mí supe que no volvería a verme nunca. Que se había acabado.

Nunca habíamos hecho nada malo, porque quererse no estaba mal. Pero en aquel momento los dos maduramos al mismo tiempo. Sabía que no podría aguantar delante de él sin querer volver a derrumbarme sobre su pecho.
Aquello tenía que pasar, tarde o temprano. 

Luego volvió a su vida, y entonces sí me importó, porque me había sacado de allí, como si no me hubiese conocido nunca. Las fotos demostraban que ya no le pertenecía aquel rincón secreto que antes guardaba para mí. Ya no existían esas dos horas malditas que en su realidad nunca habían sucedido. Ya no quedaba nada nuestro.

Hoy he vuelto a verle.
Estaba más mayor, más cambiado, igual de guapo, la mano izquierda enlazada con otra, más blanca y pequeña que la suya. Ella sonreía al hablar mientras él escuchaba una historia que en realidad no le importaba en absoluto. Cuando presta atención tiene cara de tonto y se le arruga la frente, pero claro, ella aún no lo sabe. Es guapa, muy guapa. Tiene esa magia blanquecina que tienen todas las chicas mayores, una elegancia de fotografía que nunca puedes conseguir aunque vistas y te comportes igual. Toda ella parecía un retrato vivo, una instantánea del Cuore.
Puede que incluso llevaran más de un año juntos, pero eso nunca lo sabría. Perfectamente podría haber estado con ella cuando me visitaba a mí.
Al fin y al cabo, nunca hizo nada malo.

Aquella imagen me traspasó el corazón y ahora solo puedo llevarme las manos al pecho, intentando que no se despedace y se extienda sobre mis pulmones hasta ahogarme. Porque me estaba ahogando, estaba convulsionando en silencio, sobre la silla del comedor, con la luz apagada y la lluvia fuera.

Él nunca sabría que me había matado sin saberlo. 
No sabría que su amor me había taladrado.
Que yo no volvería a dejar de crecer con nadie nunca más.

lunes, 3 de agosto de 2015

"Me llamo Caterina."

Últimamente no escribo nada que me haga sentir como antes.
Últimamente, sólo me limito a apagar las luces de madrugada, buscando cualquier excusa buena para convencerme a mí misma de que no correr detrás de ti fue la opción correcta.

Siempre pensé que me habría gustado sentir la brisa de la bahía y el olor a sal que se cuela por el ventanal de la habitación por las noches. Ahora mi mente está demasiado ocupada en tratar de disimular lo sola que me siento desde que te fuiste.
Los días pasan iguales, uno tras otro, con las mismas ganas de lanzarme al vacío.
Esto último llegó a transfigurarse en la necesidad física más extraña que he experimentado nunca.
Algunos días, antes de que los primeros rayos despunten al alba, salgo y contemplo el mar desde los acantilados. Entonces no pienso, no siento. No sufro.
Sólo me lanzo al agua.
Cuando el aire y la gravedad tratan de devolverme a la realidad descubro que todavía soy capaz de asustarme. Eso me gusta más que fingir que estoy bien.

Desde que estoy aquí, siento que todo a mi alrededor se ha degradado a sepia. Desde que decidiste abandonarme nada tiene color ni vida.
Han pasado meses, y todavía me martirizo preguntándome el por qué.
Por qué se fue y me dejó sola después de haber pasado años buscándome.
Recuerdo su cara, sin facciones, sin marcas de dolor, sin una sola despedida. Lo último que me dio fue una mirada seria y la espalda.
Después, nada.
Ahora, nada.

Ni siquiera ha llamado. Ni siquiera ha escrito. Ha desaparecido, se ha borrado, me ha apartado de él,  me ha abandonado de la misma forma que los hombres abandonan a los perros en las cunetas.

"—¿Quién es? ¿Tu mascota?"

Yo había gritado como una energúmena y había exigido un lugar reconocido en tu vida. Había exigido pertenecerte como un alma libre, cuando en realidad siempre fui un lastre pegado a tus talones, una sombra cosida a tu sombra. Una mascota.
Ahora recuerdo las palabras de ese tipo y me siento estúpida. Ahora ya no tengo fuerzas para pegarle a las paredes y reventarte los tímpanos.
Ahora sólo vivo para respirar y recordar que tenías los ojos mucho más grises que de costumbre en el instante en el que te marchaste.

He disfrutado durante estos meses de una soledad maldita y ponzoñosa que ha ido pudriéndome las venas. He llegado a experimentar una locura cíclica que me hacía llorar y reírme de mí misma delante del espejo del baño, gritando a veces por este mismo balcón, preguntándoles a todos por qué.
¿Por qué te fuiste, si éramos todo lo que teníamos?
El día que volviste a encontrarme me agarraste la cara y me suplicaste con los ojos y el temblor de tu barbilla que no volviera a desaparecer nunca. En aquel momento te juro que pensé que habría dado mil vidas como la que perdí con tal de poder verte en cada una de ellas, aunque fuese sólo una vez, si me mirabas como lo hiciste en aquel momento.
Entonces pensé, casi con pánico, que tú sentías por mí lo mismo que yo supe que sentía por ti antes de marcharme.

Por eso ahora me niego a creer todo lo que el resto está callándose.
¿Por qué no me responden? ¿Por qué no me dicen la verdad?
Sé que no te has marchado por ti. Sé que algo no va bien, que tuviste miedo.

No puedo escribir nada sin hablarte a ti. Ni puedo hablarte sin echarme a llorar.
¿Por qué cada vez que tienes miedo me dejas sola?

Cuándo comprenderás que si accedí a vivir fue por ti.
Que ahora sólo queda nada y siete palabras.

"Ahora tengo que ser valiente sin ti".

lunes, 27 de julio de 2015

Amar, matar, y viceversa.

Tengo un problema importante con todo esto; y es que después de años, aún no sé ponerme a escribir sin salirme de la línea esa que se dice que todo escritor decente debe trazar y seguir cuando trata de expresar un sentimiento.
A mí, personalmente, me parece una de las mayores estupideces que se han publicado en mucho tiempo.
Un sentimiento no es algo que pueda dibujarse. No puedes pensar en un sentimiento y dibujar un rectángulo perfecto, con sus cuatro lados y sus vértices punzantes. Un sentimiento es borroso, difuso, etéreo y efímero. Así que aconsejo a todos esos escritoruchos que se dejen de gilipolleces o Bukowski acabará maldiciendo también a esta generación.
Y perdónenme, señores literatos, pero yo necesito cumplir mi sueño.

Me explico.

A veces, me encuentro sin querer en uno de esos días en los que la calle parece mucho más sepia y noctambula que de costumbre. Los mismos días que, por otro lado, se convierten sin darme cuenta en un lunes a las doce y media, odiándolo todo y con ganas de cambiar de país y de vida. La cosa es que siendo ya finales de julio, continúo martirizándome por no haber sido un poco más lista durante los años que me he echado ya a la espalda, que aunque tampoco son para espantarse, posiblemente se multipliquen cuando vuelva a pestañear.
Pues bien, esos días me da por marcar una X en el calendario y soltar un “pues a ver qué sale de todo esto” delante de un archivo en blanco hasta convertirlos en una especie de ramadán literario en el que solo puedo alimentarme de las gilipolleces que yo misma escribo.

Y antes de empezar, compruebo que ya me he salido de la línea imaginaria puerca esa.

Vaya, que estar enamorida es un asco.
Enamorida, sí.  Algo así como una fase intermedia —llamémosla “metafase”. ¡O mejor!: “matafase”—entre enamorarse y morirse.

He leído y escrito ya lo suficiente como para aprender que el amor existe y deja de hacerlo en el mismo instante en el que creces y comprendes que lo único que has estado buscando en el amor, ha sido que alguien llenase los huecos vacíos que tú, estúpida, impotente y demasiado emocional, has ido dejando a la espera de que todas esas historias —historias de mierda, además— se hiciesen realidad sin mover el más minúsculo músculo de tu cuerpo.
Porque así, por arte de magia, es como se supone que debe llegar el amor.

Maldito amor y malditas “Cumbres borrascosas”, que nos han hecho creer a toda una generación de paletos que enamorarse  es saciarte la boca con un agua que en realidad es alquitrán.
Más pastoso, amargo y caro, cuando se acaba todo.

Todo esto, a fin de cuentas, viene a tener relación con el problema que ya comentaba antes. ¿Y a quién le importa?
Pues, aunque debería, en realidad a mí no.
Por eso es un problema.

Enamorirte es como cavar tu tumba mientras lloras de felicidad porque alguien ha decidido animarte a seguir cavando. Y entre palazo y palazo, algún que otro polvo que (¿por qué no?), a fin de cuentas a todos nos queda demasiado poco tiempo para arrepentirnos.

Enamorirte es eso que todo ser humano busca durante su vida, el firme propósito a cumplir antes de morir de cáncer, de pulmonía o en un accidente de avión. Enamorirse es tan triste y placentero como cumplir un sueño, como llegar a la meta, para comprender que, en realidad, no queda nada después.

Enamorirte es como los libros de Francisco Umbral, que poca gente los entiende, pero aun así no puedes evitar sentir que hay algo grande, complejo, como onírico, detrás de cada adjetivo innecesario y contradicción intencionada.

Enamorirte es como morirte, pero peor.
Peor, porque a fin de cuentas acabas acabando con todo y ofreciéndole la mano a otra persona mientras agonizas y suplicas por tu vida. Es decir, ¡cómo si morir no fuese suficientemente complicado ya! Y vamos nosotros y decidimos morirnos amando a alguien. ¿Qué puede haber de romántico en compartir un desangre o un derrame cerebral? ¡Por el amor de dios! ¿Es que nadie se ha dado cuenta aún?

¿Por qué nadie se ha propuesto nunca hablar sobre esto? Pues bien, ya contesto yo.
Porque si alguien decide romper la gran mentira del amor, no nos quedaría nada.

Y eso, es una verdad casi tan triste como el mismo amor.


Sin enamorimiento, el mundo quedaría reducido a un Bukowski sumido en el placer hueco de la ebriedad. Y un Bukowski borracho y sin dolor pasional, es como un cristal que atraviesa una piel que no puede sangrar. Dejaría de producirnos morbo.
La oscuridad dejaría de parecernos tentadora, la lujuría dejaría de tener el lujo de pecar, y los besos harían parecer a cualquiera de mis cuatro labios un vulgar bebedero para perros poco rabiosos —que son, precisamente, los que más detesto—.

Enamorirse es tan inútil como necesario.
Hemos convertido al amor, entre tanto librucho de John Green y poemas de Benedetti, en una utopía platónica que, encima, no viene a solucionar nada.
Pero es necesario.

El amor es la gran mentira aceptada por todos que, desde que Julieta decidió clavarse el puñal de Romeo, hemos querido heredar para poder morir de algo que nos haga felices.

Enamorirse es, por lo tanto, no solo mi problema, sino también el de cualquier idiota que quiera comprender la razón por la que un día decidí aceptar que llevaba enamorimuerta bastante tiempo, después de haber cavado y llorado sola por mi propia vida durante un buen par de años.

Porque mi problema es que enamorirse es como escribir.

Un asco.

Pero ay, ¿qué me quedaría a mí sin Bukowski, sin dolor, sin amor?
Sin un fin.

Ya respondo yo.


miércoles, 22 de julio de 2015

Autorretrato.

Cierro los ojos y comienza a enredarse por mi pelo. Los mechones se mezclan con su boca, las uñas desgarran la tinta de su piel, mientras busco con la otra mano algo firme a lo que agarrarme. Encuentro el cabecero, floto un poco y me aparto de él. Me mira así otra vez, sin decir nada. Arquea una ceja y levanta el carrillo izquierdo. Está horroroso, pero él piensa que parece peligroso; sonrío sólo por eso y vuelve a besarme. Fuerte, cálido, un torrente de sangre golpea mis tímpanos. Me quema su tacto, me perforan sus ojos y me atan sus brazos. No huyo, no escapo.  Floto más alto y me baja de un mordisco. Gimo. Un poco más. Sabe a nicotina y cerveza, como los chicos malos. Sus vaqueros fríos sobre mí no calman el ardor. Me molestan. Me molesta todo lo que no lleve su saliva. Es todo visceral, intuitivo. Y muy caprichoso. No nos mentimos, no sufrimos. Es como un torbellino de dos horas que nos calma y nos amansa después de desmembrarnos el uno al otro.

La primera vez prometí que no volvería a pasar. Pero, quién lo diría, la carne ajena tiene un regusto diferente cuando, además, está prohibida.
Ahora todo es natural. Los besos son libres y los dedos se deslizan mejor por la piel de cualquier parte del cuerpo. Fácil, como refrescarse los pies en la orilla después de una combustión perfectamente consentida.
Me habla al oído a sabiendas de que soy capaz de atravesarle la espalda con las uñas. Le gusta. Huele a Armani y marihuana.
Las ganas se me suben al pecho y vuelvo a flotar. Él se aferra a mis muslos para bajarme, para atarme a su tierra, como si fuese su único salvavidas dentro de mi mar, a la deriva y delirando, mientras que es él quien me está salvando a mí sin siquiera saberlo.

—No hay nada de malo… en esto…— sus labios me arrancan las palabras.

Sonríe.

—Eso es precisamente lo que te gusta.

Una convulsión hace que vuelva a devorarle. La habitación y mi cuerpo se quedan pequeños. Me conoce de pies a cabeza. Sabe utilizarme.

—Te echaba de menos…

Paro.
Sé que es verdad, pero no puedo evitar sentir un calambrazo.
Me lo prometí a mí misma,  y sin embargo.

—Eres imbécil.

Sonríe con el carrillo izquierdo.

—Tienes que insultarme más.

Vuelve a la carga, me ata las muñecas y me marca el cuello. Siento la quemazón, el ardor, el olor de su boca atravesándome la piel.
Abro los ojos y me zafo.

—Esto está mal— ha dejado de ser una pregunta.

 —Ahora no.

—Ahora sí.

Se recuesta, apretándose las sienes. El pelo corto y el moreno de windsurf le hacen parecer un dominicano empapado en sudor. El tatuaje le brilla y las gotas recorren las líneas de sus venas en tensión.
Me callo. Sé que debería decir algo, pero el silencio me obliga a no pensar.

Se quita las manos de la cabeza, y vuelve a mirarme.

—Déjate llevar.


Cuando me mira parece querer meterse dentro de mi cabeza. Siempre serio, sereno. Sólo sonríe cuando está cachondo o quiere conseguir algo de alguien. Es el tío más descarado y consentido que he conocido nunca, maneja todo lo que le rodea a su antojo y no le importa nadie salvo él.
Y lo peor de todo, es que lo sabe y lo consigue a la perfección.

Enciende un cigarro a la par que me aparto los mechones de la cara.

Aquella era su frase estrella.

Llevaba meses dejándome llevar, sucumbiendo a esa boca y esa estupidez de niñato. 
Me volvía loca, me tenía histérica, surrealista, fuera de mí. Desaparecía y volvía con la misma facilidad con la que podía hacerlo con algunas más. Siempre de aquí para allá, borracho, fumando, dentro de un mundo demasiado negro para que yo pudiese siquiera imaginarlo. Podía estar ausente semanas. A veces, meses.
Pero siempre volvía a mí.
Decía que algo en mi boca le hacía olvidarlo todo, menos a mí. Decía que conmigo ya no quedaban delitos canjeables.
Yo me prometía que no volvería a dejarme llevar una vez tras otra, pero no podía aguantar demasiado tiempo lejos de esa boca. Me dejaba llevar donde él quisiera, me dejaba manejarle, le gustaba saber que estaba ahí, llamándole los martes por la noche para que me recogiera y no volviera a soltarme. Él en su totalidad era como la cocaína, el chocolate o los domingos de resaca: siempre conseguía que repitiera con solo aparecer delante de mí.

Dejó de mirarme y me volví loca.
Me lancé sobre él, cercándolo con las piernas y lo besé.
Bebió de mí hasta reconstruirse completo.

—Muérdeme.

Levantó la ceja durante un segundo y así comenzó a devorar todo lo que su boca palpaba. Dejé de escuchar el viento y el mundo entero dejó de importarme. Le tocaba sin pensar, por instinto. Lo consumí como un animal, como si algo dentro de mí quisiera aprisionarlo en aquella cama. Lo nuestro se había convertido en una lucha por la posesión del otro que yo estaba ganando con creces, marcando el territorio con ansia, casi con una violencia sutil y desbordante que me hacía querer elevarme del suelo.
Grité como sabía que le gustaba verme. Le dominé, sin dejar que se moviera. Él sonreía y me mordía, queriendo arrancarme la piel, el alma y todo lo que pudiera quedar de mí que pareciera no gemir.

Y qué si estaba mal.
Y qué.
Si eso era precisamente lo que me gustaba.

domingo, 19 de abril de 2015

Carta XX: Mi muerte estaba viva.

"El verbo sangrar es bonito porque expresa la salida del cuerpo de lo que me hace vivir.
A lo mejor rebuscando bien encuentro una palabra que saque lo que me mata, también."

Sellé la carta con un beso y la guardé en el cajón después de escribirla. Tenía apenas tres párrafos con la misma medida y mi incontinencia de palabras. Sé que algún día entrará alguien a recogerla.
Mientras la escribí miré hacia atrás en varias ocasiones; la música estaba demasiado alta y yo tenía miedo de que alguien me agarrase por detrás para matarme allí mismo.
Nada que no pudiese volver a superar.

"Pasarán los años y esa foto se hará amarilla."
Aún lo recuerdo como si Charly lo hubiese escrito para mí ayer.
Mi habitación no ha cambiado un ápice desde el día que me arrebató mi niñez con su mirada precoz y mis ansias imaginarias. Quizás era demasiado niña para un mundo todavía trazado a lápiz, con sombras negras y ojeras de llorar por lo que aún no existía. Yo lloré porque creía que la felicidad era perder la virginidad con el que jamás será padre de mis hijos.
"Si no lo hacemos tú y yo, aquí no hay nadie más."
La obligación de cambiar el mundo cayó ese día sobre mis hombros como un peso muerto que desaparecía con sus besos y mis ganas de reformar aquel cuarto y pintarlo de gris. Era tan oscura que mi piel jamás volvió a coger color.

Ahora soy pálida y no me gusta el sol, pero la sal me sigue reconfortando. Conocí a un chico raro que siempre hablaba de música. Me gustó. Le tenía más pánico a vivir que yo. Me besó y comenzó a bailarme los dedos en la espalda esa misma noche. Me imaginé a veces en la orilla actuando en un sueño de una noche de verano, pero siempre fue invierno mientras no me besó.
Durante mi vida he cambiado labios por fotos mentales y manos por citas de gente muerta: es justo llamarme idiota.


Comencé a contar arrugas a los dieciséis, aún miro al cielo cuando se vuelve de espaldas y les grito a los de arriba que vengan a reinventar todos esos axiomas porque siempre he sido la única que nunca los entendió.
Volví a casa porque mamá necesitaba olvidar y yo una manta nueva en la que envolver todo lo que no me gusta de vosotros.
"Yo no soy feliz contigo", y aún así me quiso como si su mundo hubiese sido dibujado por mí.
Luego lo dejé porque creí sentirme bien con todo esto.

Empecé a actuar como alguien normal. Mi cuarto seguía igual, aunque trasladé los libros al armario. Salía a beber como si tuviese potestad para vivir una vida simple; yo, que tenía que salvarlos a todos. Por eso bebía y comprendía a Truman Capote cuando bailaba bien. No me alejé de nadie, pero comenzaron a verme rara y sabía que el chico guapo tenía ganas de escupirme en la copa. Efe me cuidaba mientras yo le decía al mundo que me lanzase más polvo desde las nubes.
Me olvidé de quien me quiso y lloré por quien estaba hasta los huevos de verme feliz. Me acordé de mi padre y terminé de culparme al descubrir que en realidad nunca había pasado el tiempo ahí fuera.

Levanté el telón y comencé a pasear. No pisé la arena el día que lo conocí.
Tenía la sonrisa de los que no tienen nada que perder y un par de tatuajes en idiomas que aprendería en pocos meses.
"Una travesura rápida más y lo dejo", lo prometo.
Me agarró de la mano y no pude volver a acercarme al mar sin sentir remordimientos.
Hoy me llama algunas tardes y me pide que me quede a enredarme a dormir. Nunca acepto, pero sabe que se me van los ojos a su cuello cada vez que no puedo mirarle a la boca. Le hice una foto cuando no miraba y la tengo colgada junto a la ropa sucia por eso de que el roce de las metáforas hace el cariño.
Yo no sé qué ha pasado, sólo que ya no me siento miserable.
Me pidió que le prestase el aliento y lo llamé gilipollas. Volvió a reírse y me atrapó.
"Yo soy aire solo contigo."

Ahora por la noche sólo su boca sabe a más.

martes, 24 de febrero de 2015

De cero.

Yo, que siempre he buscado razones cada vez que he escuchado el timbre del despertador, he tenido que encontrarlas escuchándome dormir.
Bienvenidos a mi epílogo.

Siempre pensé que esa sería la canción que escucharía el día que pudiese tenerte delante con el corazón sujeto por las dos manos. El día que tuviese un porcentaje de certeza suficiente para decidirme a ser valiente.
Tardé en comprender que al principio no dolía porque no lo había aceptado. Ni siquiera me había dado cuenta de que se había acabado días antes de todo el dolor, no comprendía que teníamos en la frente una cuenta atrás, con números teñidos de rojo, y ese pitido insoportable de las alarmas de seguridad.
Me arranqué la venda y temblé. Siempre es duro hacerte grande de repente.
Por más que me esfuerzo, me sigue costando no imaginar. No inventar una segunda parte, una versión buena. Un falso punto de partida que pudiese permitirme seguir ciega.

Sin embargo, sabes que siempre he tenido agallas (aunque ahora no quieras verlas). Créeme, hago todo lo posible por seguir convenciéndome de que tengo razón, aunque en esta ocasión, sea de una forma totalmente diferente.
Me acabo de inventar un rol imperfectamente real, uno que me ayude a asimilarlo todo paso a paso. Será difícil. Será como un gran teatro en el que repetiré a cada actor que no me importa. Sus caras de resignación, su falta de diálogo, todo ello me asegura que nadie me cree.
Pero saben que es duro. Saben que lo intento.
Ese monólogo estúpido, sin embargo, me permite estar bien delante de ellos. Tengo la misión de no ser descubierta delante de un público que sabe que es una farsa preciosa.

Claro que siento que nada está bien, que todo es gris.
Eso es porque el punto que puse solo ha conseguido tapar tu imagen delante mía, pero los puntos no borran todo lo que se ha logrado escribir antes, no eliminan lo pasado, y tú lo sabías tan bien como yo  soy capaz de pronunciarlo ahora.
Porque ahora he comprendido.

Ahora sé que duele porque nada había acabado. Comprendo que me equivoqué, que no debí callarme, que no debí escuchar a nadie salvo a mí misma. Ahora sé que me odiaste por no correr detrás de ti cuando necesitabas verme allí. Ahora sé que la persona que imaginaste que era no se correspondió con la que te quiso atar aquel día. Ahora lo sé. 
Pero desear que vuelva a empezar, que todo sea cero, ya no ayuda. Ya no sirve.
Te cansaste de esperar en la entrada a ver si volvía a pasar, mientras yo me limitaba a refunfuñar al lado de la ventana, pensando que algún día entrarías por esa puerta pidiéndome perdón, prometiéndome que el marcador volvería a cero.
Pero mira que fui estúpida.




Hoy, todo aquello por lo que luché en silencio durante tanto tiempo ya no existe. Siempre lo supiste, aunque nunca dijeses nada. Siempre supiste que yo luchaba sola, creyendo mover montañas. Te compadecías de mí intentando hacerme comprender que aquella ficción que yo había creado no era real. Que para ti el marcador no es que estuviese en cero, sino que ya había iniciado una cuenta atrás, que pronto lo eliminarías todo. 
Esa era tu manera de ayudarme. Esa era tu manera de no dolerme. Intentando no involucrarte en una mentira que me acabaría matando cuando la descubriera, una falsa idea de la realidad que tú no podías revelarme porque me destrozaría. Y tú, siempre siendo tú, siempre cuidándome a distancia, no podías permitir que te mirase rota por algo que tú habías provocado.
Tenía que destruirme yo.

Pero yo seguía intentándolo. Yo seguía creyéndome mi mentira, construyendo un mundo en el que cupiésemos los dos, uno en el que todo fuera de cero. Una falsedad tan bonita y triste, que te hacía daño a ti. Te dolía porque no podías dármela, porque no podías hacerme feliz. Me compadecías, me tenías lástima. Apretabas los puños cuando yo lloraba, y cuando los demás te miraban reprochándote cada lágrima mía, aprendiste a callarte la verdad. Todo por mí. Todo por salvarme a mí.
Ha debido dolerte tanto que ahora me culpo por todas aquellas noches en las que te odie sin remedio, en las que quise que desaparecieras sin dejar rastro aquí, en las que deseé, con la mayor negrura de mi alma no haberte conocido nunca, no haberte mirado nunca.

Me mirabas cuando yo no veía porque querías que comprendiera todo en un pestañeo. Porque, después de todo, seguías creyendo en mí. Creías que podría hacerlo, que podría comprender por mí misma que esa venda existía, que no era realista, que no tenía pupilas, que el mundo me miraba con una sonrisa cansada, que el telón hacía horas que se había bajado, y que tú ya estabas harto de mirarme así.
Que tú también fuiste actor, pero habías comprendido que el teatro se había desmoronado.
¿Por qué yo no podía verlo? ¿Acaso aquello merecía llamarse de verdad amor? Tú lo dudaste siempre, por eso actuaste así. Por eso comenzaste a odiarme a mí. Porque ya no quedaba nada y yo tenía la culpa de pensar que sí. Porque querías esa mentira, pero tú no podías verla, no podías crearla como yo, y mucho menos podías zambullirte de boca en la mía. 

Cuando el amor proviene solo de una de las dos partes y esta se desvela, siempre olvidamos que puede ser una carga para la otra persona, que incluso podemos estar haciéndola sufrir. Si pensamos que por nuestro amor se puede solucionar todo, se puede justificar todo, se puede perdonar todo, que todo puede venir de cero... nos estamos equivocando. Y eso es lo que causa dolor. Por eso tú cerrabas los ojos. Por eso apretabas los puños. Por eso no querías verme. Porque sufrías al verme feliz en un escenario falso, bailando con una sombra que no eras tú, sonriendo a los demás y sin mirarte a ti, sustituyéndote por una mentira que creía que algún día sería cierta, que tú comprenderías que aquel mundo ficticio, que aquel guión sin actos era lo correcto, que aquel sería el final.
Lo siento.
Nunca quise verte sufrir, nunca quise que todo se transformara en esto.
Gracias por darme los minutos de tu obra, por acompañarme y alejarte cuando debías hacerlo.
Prometo no cerrar los ojos nunca más delante de ti. Mirarte de frente y decirte orgullosa que he vuelto, que he comprendido.
Y ver, con una sonrisa, cómo tú te alejas de mí con menos culpabilidad. Con la mismas ganas de ignorarme, pero por fin con la conciencia tranquila.
Y solo entonces, quizás podrás dejar de odiarme porque yo te odiase a ti.
No volveré a culparte, porque nunca más seré tu enemiga.
Gracias por todo siempre.
Y lo siento, una vez más.

lunes, 23 de febrero de 2015

Black is not sad, it's poetic.

Me grita el pecho en mitad de la noche. Todas esas imágenes pasan por mi cabeza como una ráfaga, como líneas de color detrás de unos párpados cerrados.
Todo ocurre siempre antes de lo que nos imaginamos.

Yo estoy de pie en mitad del sitio, con una cámara nueva y una sudadera prestada. Me veo mucho más pequeña, con mucho más miedo. Saludo a los demás como si aquella amistad fuese eterna, como si nada malo pudiese pasar entre esas cuatro paredes. Conozco a la mayoría de aquella gente, los recuerdo a todos. Hay un grupo sentado en aquella esquina, bajo el aire acondicionado. Toda la habitación se hace más nítida en mi memoria. Comienzan a definirse los pequeños detalles que hacían de aquel sitio mi segundo hogar. Mi gente. En aquel grupo, sin embargo, no hay nadie conocido. Siete chicos. Sé que el chico del pelo largo es hermano de P. Me impresionó escucharlo. La cara del muchacho de al lado me resulta familiar. Creo que es novio de alguien de quien ya no guardo recuerdos. Hay más gente. El muchacho del pelo rizado tiene cara de bonachón. Es agradable. Otro de ellos lleva una chupa negra que me recuerda demasiado a J. El sexto dibuja en un cuaderno. Pero hay uno más. A la izquierda. El chico de la izquierda. Apenas le recuerdo, pero sé que estuvo ahí.
Es un niño y apenas se atreve a levantar la cabeza. Tiene los mismos ojos. 

Me grita el pecho en mitad de la noche, porque todo ocurre siempre antes de lo que nos imaginamos.

Despierto pidiendo perdón, sin aire y envuelta en la misma culpabilidad que hace cinco meses.
Cinco y sumando.
Lo siento tanto.

Por cada pestañeo, una imagen más cercana de él me castiga en la oscuridad.

Está sentado junto a la pared, con una camisa de cuadros. Es viernes y ha quedado con alguien. Apenas lo conozco, pero tiene los mismos ojos.

Alcanzo el móvil a tientas y busco el número de F con el resplandor de la pantalla cegándome los ojos.

Me dibuja en la piel un trazo negro. Yo río mientras intento zafarme de sus manos rodeando mis muñecas. "¡Estate quieta!" No quiero irme. No quiero.

Comunica y vuelvo a intentarlo. Necesito que F se despierte. Necesito que alguien me escuche. El pecho me sigue ardiendo.

Primero está a mi lado. Estamos en el asiento exterior. Está enfermo. Estamos solos. Está esperando a alguien. La conversación es tan insustancial que estoy deseando que se largue. Mira demasiado. Me intimida. Es...
Cambio.
Ahora es de noche. Está sentado en el asiento del copiloto. Parece que los demás no existen. "No, yo no vivo ahí", ríe. "Deja ya de preocuparte". Nunca pude. "Habrá más veces."

Dejo el móvil sobre la almohada y comienzo a llorar. Mi pecho estalla y su voz se me queda agolpada en los oídos. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

"Sueña hoy conmigo".





No puedo soportarlo.

Me coge la mano. Estoy mareada. "¿Salimos?" Está lloviendo. "Sí". Me empapo pero ha dejado de importarme. Caminamos. Tiene una idea. Le sigo. Siempre le seguiría. Parece que nos conocemos desde siempre. Me ayuda mientras se ríe de mi. ¿Por qué hemos cambiado? ¿Qué nos ha pasado?  "Nunca te imaginé así". Llegamos y me siento cómoda por primera vez en mucho tiempo. No hay luz allí. Es muy tarde. "Quédate a dormir". Es una locura. Lo es. Juega a asustarme. Excusas, excusas. Preciosas excusas. Me abraza. "Túmbate". "Tengo frío". "Estoy contigo". Reímos. Todo está bien. Ninguno de los dos habla de él. Demasiado bueno. Se enfada. Me da la espalda. Me duele el pecho. ¿Qué me pasa? Se gira y me abraza. Quiere besarme. No me besa. Me abraza. Me duermo con él. Él me cuida. Él me cuida.

Lloro porque no es justo, Tengo que hacer algo. Tengo que cambiarlo. Tengo que cambiarlo. No te vayas. No me odies. 

"Toma un decisión de una vez. Si de verdad te importa sal ahí fuera." No dudó. Yo no lo supe hasta mucho después. Me extrañé al encontrarlo solo fuera. Qué guapo está. Parece mayor. Sigo bebiendo. Está todo bien. Está conmigo. Bebemos. Bailamos. Me mira como si no quisiera soltarme nunca. No dejes de mirarme así. No te alejes. Me coge la mano y me saca fuera. Ya no llueve. El suelo está lleno de barro. Se sienta. Está borracho. Pero qué guapo está. "Yo..." "...porque es así". Apenas escucho nada. Me mira así de nuevo. "¿Qué?" "Que me importas". Me besa. Tengo la boca seca pero no quiero que pare. No quiere parar. Me besa. 

Lloro porque se ha ido. Lloro porque no está. Lloro porque me odia. Lloro porque lo sabe.

Me abraza mientras lloro. Está conmigo. "Solo quiere hacerte daño" ¿Por qué no te das cuenta? ¿Por qué lo haces tú? ¿Por qué?  "Voy a matarlo". "No quiero verte llorar". "Yo te cuido". Los demás preguntan. Me refugio en él. Él me cuida. Él está aquí. Él no se va. Me limpia las lágrimas. Me lleva a casa. Vuelve a besarme. Me besa en la calle. El tiempo pasa. Los coches pasan. Entramos al portal. "Déjame subir". Nunca subió. Me besaba. Me besaba. Se va besándome. Está feliz. Soy feliz.

Lloro porque todo está roto. Me arde el pecho. ¿Por qué? ¿Por qué duele?

"A ti no puedo negarte casi nada". "Dame una hora y estoy contigo". Salto en la cama. Soy feliz. No duele nada. Está conmigo. Qué guapo está. Esa sudadera. Me invita. Le pego. Habla. Me cuenta quién es. Necesita hablar. Necesita explotar. Me duele verle así. "No estás solo". "Quiero que vengas conmigo". Iría siempre contigo. Lo haría por ti. Me abraza. Me coge en brazos y me sienta sobre sus piernas. "Así está todo bien". Está todo bien. Todo. "Déjame subir". Nunca subió. Me besaba. Me besaba. Me besaba. Me besaba y volaba. Creía que todo acababa de empezar, sin saber que sería la última vez que me besaba. "Buenas noches chiquitina."

No te vayas. No te vayas. No me odies. No puedes odiarme. No me odies.

Se va. Se está yendo. Y yo beso a otro. Quiero que me bese él. Estoy borracha pero sé qué estoy haciendo. Se va. Se va. Se ha ido. No está.

Lloro porque dijo que me cuidaría.

"A mí me gustas así". No vuelvas a irte, estúpido. "Somos amigos". No te vayas, estúpido. " ...ya da igual".

Fin. Comprendo que todo acaba. Entonces conozco a F. Desde entonces todo ha sido igual. No ha vuelto a aparecer. Ahora sé que me odia. Mis gritos no sirven de nada en mitad de la noche. Lloro porque sé que me odia. Porque sé que me he callado. Me odia por callar. Me odia. No puedo más. Me importas. Me importas. 

Ha borrado nuestra foto y le ha dicho a C que no quiere volver a verme. Le decepcioné. Y yo no sé qué ha pasado. ¿Por qué me odia? ¿Por qué?
Me ha matado.
Y yo no supe darme cuenta.
Todo ocurrió antes de lo que nos imaginábamos. 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Not about angels.

Desconexión fatal.
Y regreso.

—¿Quién te necesita?— escucho desde el penúltimo asiento.

Quedan veinte minutos de trayecto.
Llevo una trenza mal hecha y los ojos llorosos. Cabe destacar que son las tres y media de la mañana.
La puerta se cierra con un golpe seco y el trasto vuelve a ponerse en marcha.
Mi cara de pánico únicamente se justifica porque creo que es la única cara apropiada a estas horas y en este lugar. Cabe destacar, además, que viajo sola.
Pero no, no siento miedo. Cuando estás triste no sientes miedo.
Pienso en cada palabra anterior como el prólogo perfecto de la historia que protagonizaré cuando salga del autobús.
Vuelvo a escuchar esa voz.

—¡Cómo si pudieses cambiar algo a estas alturas!

Tiene razón.
No puedo más que soltar una sonrisa irónica al reflejo débil que me ofrece la ventana. Saco una mueca de asco. Tengo la espalda dada a la conversación.
La persona a quien se dirige la voz no abre la boca en todo el trayecto. Averiguo que el conductor debe estar tan pendiente como yo. Debe ser aburrido conducir un autobús.
No hay nadie más aquí.
Pasamos una avenida llena de naranjos acompasados únicamente por traqueteo de la máquina. Me gusta el color de las naranjas en la oscuridad. Sé que son naranjas aunque el color hace horas que murió.

—No hablas. Tú nunca hablas. No tienes ni una sola palabra después de todo.

Ya no hay reproche en su voz. 
Siento compasión por el acusado y el acusador por partes iguales.
Quizás dude y por eso no responde. Quizás sea mejor el silencio. O puede que no. No es mi historia.
El conductor decide poner la radio, quizás para calmar ánimos, quizás para hacerse notar, quizás para evitar un inminente derramamiento de lágrimas.
Una canción inunda la atmósfera del bus. Me suena haberla escuchado en alguna película.

—A veces pienso que es mejor así. Que te calles, digo. Me ahorras sufrimiento. Soy yo, que tardo en comprenderlo. ¿Sabes? Tienes razón. Siempre la tienes. Y yo... yo ya no tengo remedio. Tú ganas— demasiado alto—.  No, no. No hagas gestos; no pienso callarme, me da igual que me escuchen.

Escucho cómo el conductor comienza a dar golpecitos en el volante al son de la música. Recuerdo la película de la canción. En esa escena alguien corría.
Quedan quince minutos de viaje. 
Catorce.

—No puedo más.

"Yo tampoco", articulo en silencio con los labios. 
La voz camina nerviosa por el autobús. Posiblemente esté temblando. 
Pasamos el puerto sin despedida del faro. Miro al mar y veo cómo las gaviotas duermen sobre la sábana marina en la oscuridad. El contraste blanco de sus plumas me recuerda a la voz de Tom Odell en una balada acústica. 
Las gaviotas tampoco tienen miedo.




—¿Quién te necesita...?

No es una réplica de la primera pregunta. Esta vez la voz se rompe. 
Y silencio.
No escucho llantos mientras veo caer mis lágrimas sobre el pantalón. 
He empezado a llorar sin darme cuenta.

—¿Quién...?

La emisora de radio emite a las tres y media "Heal". Y hace frío dentro del autobús.
¿Por qué no habla? ¿Por qué no le responde?
Dale una oportunidad. Una. Aunque sea la última.
Aunque quizás ya vayan demasiadas.
Y yo sigo llorando.
Quedan once minutos de trayecto y no hay respuesta.
Siento el impulso de volverme entre lágrimas y pedirle a gritos que conteste, por lo que más quiera.
Las luces del autobús se bajan en una advertencia del conductor.
Lo comprendo, los conductores de autobús nunca son buenos protagonistas de historias.
Me propongo comenzar a rehacerme la trenza para fingir no ahogarme en el silencio de aquella voz muda.
Solo nueve minutos de trayecto.

Nadie vuelve a hablar, pero yo no dejo de llorar. De repente ya no me acuerdo de las gaviotas ni de la banda sonora de ninguna película. El viaje de espaldas me provoca una arcada rápida.
No vomito. Luego me estremezco.

—No es justo,

"No lo es". Mi reflejo ya no existe porque apenas hay luz dentro del autobús. 
Una mano me agarra la trenza recién hecha.
Y siento miedo.
Gritos en el oído.
Grita.
Grita.

—NO PUEDO MÁS. NO PUEDO MÁS. CÁLLATE. NO PUEDO MÁS. NO PUEDO MÁS, NO PUEDO, CÁLLATE. CÁLLATE. NO PUEDO MÁS, CÁLLATE. CÁLLATE. CÁLLATE. CÁLLATE. CÁLLATE. CÁLLATE.

Me levanto del asiento aterciopelado entre mis propios gritos. No tengo manos suficientes para taparme los oídos. 
Su voz sigue reverberando en mi cabeza como si se tratase de una enorme esfera hueca.
Caigo de boca sobre el suelo del autobús en marcha y saboreo mi sangre.
Pero me callo.
Me callo y abro los ojos.

Está sentada en el primer asiento, dándole la espalda al conductor.
Es la voz que nunca habla. La voz sin voz.
Y soy yo.
Y a mí que siempre me habían gustado las historias de autobuses.

Me duele el labio.

—¿Quién te necesita?

Y ahora lo entiendo.
Saboreo mi sangre.
Y desconexión fatal.

Quedan veinte minutos de trayecto.

martes, 3 de febrero de 2015

Aquí no se habla de "transluces de bohemia".


"Amanece con la misma probabilidad con la que puede nevar mañana."

De verdad, a veces me doy escalofríos. Y espero que el acordeoncito francés que tintinea por aquí no tenga algo que ver, o voy a reprocharte otra vez volver al papel cuando me faltas. Cuando empiezo a faltarme yo.

La ironía de pasar la página 103 de El Jugador de Dostoievski (¡mi amado Dostoievski!) radica en haberme enamorado hace apenas unas semanas de un adicto a la ruleta (que ojalá fuese ésta la rusa y no yo); un borracho con ojitos tristes que decía poder bajarme el punto más brillante de aquel firmamento que algún día reclamaría como patrimonio de mi humanidad.
De acuerdo, no precisamente en estos términos, pero esto es lo que pasa cuando te enamoras de un no-poeta: que tiendes a buscar las líricas en las promesas mudas que hace con sus disparos de reojo.
O a lo mejor soy yo, que me esfuerzo por encontrar los fantasmas que eché a espuertas hace meses, con tal de empezar una vida nueva, o por lo menos, una que no sea la mía.

Y aquí es donde todo empieza a enrevesarse y a tornarse confuso, hasta el punto de que mi indiferencia sobre el entendimiento del lector sea tan absoluta que me vaya por las ramas de los árboles bajo los que besaba a otro durante todo el mes de agosto.
(Maldita dulzura la nuestra.)




Decía Alexei: “Verdaderamente, este hombre no puede mirarme a la cara. A veces lo intenta, pero siempre le respondo con una mirada tan insistente, es decir, insolente, que parece que va a sacarle de quicio.”
Tuve la sensación de que me había descubierto a mí misma por primera vez, (fijaos si soy idiota), así que comencé a actuar como si me importases más que toda la tranquilidad que tanto me había costado recolectar.
Yo, el saco de nervios que no recuerda que debe callarse cuando está borracha, me desvié tanto hacia aquel ego satisfactorio que me producían tus intentos de mirada, que olvidé lo que realmente quería y lo que, naturalmente, era lo último que necesitaba:
Tú y tu misoginia con trocitos de chocolate en las comisuras.

Me tranquiliza pensar que pronto llegará la primavera y los dos estaremos distraídos con el polen y los rayitos de sol que se cuelan por los árboles bajo los que nunca te besé en septiembre.
Me tranquiliza saber que todavía no tengo claro si por ese tiempo te seguiré extrañando.

Ahora sí, y contra esto créeme que no existe nada que puedas hacer ya:
He decido ponerme un enorme punto y aparte en lo que a mi lucha individual respecta. La misma lucha que hasta ayer pensaba estar compartiendo contigo.
Contra ti.
Y esta vez es una decisión y no una promesa, porque nunca puedo llegar a prometer nada, nada de nada, por muy sobria que ande a las una y cuarto de un martes.

Aún me repiquetea tu pregunta, como una estaca a punto de sacarme los "síes" a base de ignorar lo que me duele que me ignores cuando hago como que te ignoro.
Que por qué, me preguntabas cuando aún no me conocías; que por qué ya no puedo prometer.

Ups.
Y ay.
(Y au...)

Aún no te he contado que, cada vez que escribo, me juro a mí misma que el punto final no cerrará una oración que termine, incluso con la misma y precisa palabra, hablando de ti.