sábado, 12 de diciembre de 2015

Not as I thought.

Recuérdamelo siempre.

Apretando los puños mientras el golpe de mi talón contra el escalón lo silencia todo. El eco me devuelve un sonido hueco que me traspasa, una pregunta rara y la sensación de no saber en qué me he estado metiendo en estos últimos días.
Aquel portazo sonó a signo de interrogación sin respuesta.
No me giré, porque sabía que no estarías detrás, que yo había decidido salir de aquel mundo para siempre. Ahora lo pienso, y creo que si me hubiese girado no hubiera podido evitar echarme a llorar.
No sé el qué, pero algo se quedó desperdigado en tus escaleras, algo que se me iba escapando mientras no pensaba en nada. La bajada fue infinita. Podrían haber pasado tantas cosas, pero no pasó nada. De cuando llegué abajo solo recuerdo cómo el mundo me abofeteó y las ganas que tenía de salir corriendo de allí, quizás para huir de la oleada de sentimientos que sabía que se me avecinaría si me detenía.

Hacía tiempo que no recordaba aquella sensación. Quizás dolía más el recuerdo que su espalda en mi retina.

Pero la culpa es mía.

Es irónico que solo gane las veces que me atrevo a volver yo.



Te despedías mil veces mientras yo intentaba detenerte cada una de ellas, sin razones, solo meciéndome por la urgencia de no acabar con lo bonito. Ahora lo pienso y vuelvo a sentirme estúpida, a escucharme a mí misma y sentir vergüenza por esperar una mentira idealizada. Miraba el pedazo entero mientras lo partías para tirarlo luego por la ventana. Tenía ganas de suplicar que no lo hicieras, pero me callé. Me callé porque sabía que tú no lo habrías hecho por mí, que te habrías callado y habrías dejado que se pudriera. Pero qué podríamos haber salvado, si yo guardo acuarelas en el pecho y tu te pones nervioso si la línea no se ajusta a los milímetros.
Qué pena que el resto de seres humanos necesite su parte de cuadrícula para encajar los sentimientos. Tú tan ángulo y yo tan vértice.

Esa noche me quedé dormida en otro sofá, con las páginas de un libro que no me correspondía sobre las mejillas. No leí, pero me pasé las horas escribiendo sin soporte.
Me da pena, pero ya dije la última vez que equivocarse es de valientes estúpidos.
Es irónico que siempre pierda las veces que me atrevo a huir yo.

Alguien que escribe sabe que el daño de las palabras es irreparable, y la forma en la que pronunciaste intoxicación me abrió las venas en canal e hizo que me guardara una pregunta ardiendo en los labios.
Espero que algún día reconozcas que podrías haber luchado, y no quisiste.

Está será la única y última vez que escriba sobre esto.
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