miércoles, 30 de diciembre de 2015

El año nuevo de Vetusta Morla.

Miento por mí
y por todos mis compañeros,
y mientras, me siento a esperar a que una de todas las imágenes que se suceden en mi cabeza se detenga y me diga:
"aquí",
por eso de que cuando estoy triste necesito un lugar seguro para refugiarme,
aunque mi pretérito sea lo menos digno de llamarse perfecto
y no tenga seguro nada,
salvo que de pseudomorirse también se sale.

El último día del año es un lugar de mierda para ponerse a hacer recuento y comprender que me he pasado tres de mis cuatro estaciones interpretando un papel, cuando creía que se me estaba revolucionando el corazón  —no de velocidad, sino por esa rebeldía tonta de quien ve ilusión en un beso— con un himno sordo que solo canto antes de la carcajada que precede a mi romper a llorar.
Porque a veces también lloro.
Porque a veces se me olvida la falta que me hace seguir comportándome como una niña.

Lo malo es que siempre que recuerdo lo que es sentirme pequeña, me muerdo las uñas, e intento explicarme en qué momento de mi vida convertí mi infancia en sinónimo de inferioridad, y no en ver bonitos los besos de antes de la cama.
(En este punto, creo que podría elaborar una tesis doctoral entera justificando que se crece justo cuando tienes más ganas de follar que de amar inmensamente a alguien.)
Saltar de la niñez a ser adulta ha sido para mí despertarme en una cama de matrimonio vacía,
mirar a la derecha
y ver que quien faltaba era yo.


Me he creado una revolución imaginaria solo para repetirme por las mañanas ante el espejo lo fuerte que soy,
y lo alta que tengo que llevar la frente aun a riesgo de que se me caiga el café
y el gato de mi próxima pareja caída libre me arañe sin darme cuenta los tobillos.
Y aun a riesgo de tener que prometerle que cuando salga por esa puerta no se lo contaré a nadie,
me escondo de él y le escribo mientras duerme,
calibro su balanza y mi pistola,
y de un truco sucio saco mil excusas para verlo aterrizar otra mañana,
muerto de miedo y muerto de ganas,
sin explicación
y "solo por si se me olvida algo".
(Aunque luego todo se reduzca a un triste adiós,
sin punto y sin abrazo.)

Escribir, lo siento en el alma (con perdón y gracias a dios), nunca ha conseguido hacerme más fuerte.
Escribir me destruye,
me desarma,
prepara por sí mismo mi epitafio y todas las legañas que se chivarán de mi afición a las madrugadas,
sobre todo las que siguen al perder para siempre a alguien que brillaba.

Y mientras espero a que el reloj marque las cinco —para volver a ser círculo, y nunca más piramidal—, me concentro en esperar a mi yo del 1 de enero-sin-lluvia,
más inocente
y un pelín más rota que hace tres semanas y un día,
porque no era amor y ya dolía,
y de nuevo,
me vuelvo a preguntar:

Por qué al de después del pretérito simple prefirieron llamarlo perfecto,
si el antónimo de simple, siempre será complejo,

y yo no puedo pensar en ayer sin echarme a temblar.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Como si fuera poco.

"Cuando lo veía, solo podía pensar en una cosa.
En una frase.
Y tenía que apretar los labios para que no se me escapara: 'estaría aquí a pesar de todo'."


Hoy me ha parecido un buen día para reconocer que a voces y a veces —quizás más de las que debería— hago como que no te escucho. Como si no me asustaras. Que me miro las uñas mientras hablas, como buscando algo en mitad del blanco y el olor a química, y me encuentro con que un día más a tu lado es un nivel salvado, una supervivencia a nosotros mismos.
Normalmente, actúo como si eso no fuera suficiente.
Finjo que no me gusta estar contigo, que detesto tu olor a chico gris, y a menudo te digo que mi osadía y mis caprichos son más importantes que verte a ti con los ojos cerrados.
Te restriego que somos incompatibles; que nos acabaremos odiando al descubrir que mi materia destruye tu energía, que mi paciencia estrangula tus nervios y correr tras de ti en realidad significa huirte.
Que es irónico que tu acero solo se derrita con el fuego que más me asusta a mí.
Y ya, luego me enfado porque se suponía que tendrías que haberlo sabido de antemano.

Soy un ser despreciable. Incomprensible. Intolerable.
Pero dentro guardo otoño y amor, y te los estoy regalando, aunque no tenga ni idea de cómo usarlos.

No sé por qué parece que me cubro el alma cada vez que te acercas, que solo te dejo destaparme si me besas.
Tu boca otra vez en mi boca fue colorear con matices un corazón monocromado (aún no sé si el tuyo o el mío) y descubrir que el mundo es mucho más complejo de lo que creía antes de ayer. O a lo mejor estas marcas negras de uñas en mis muslos solo significan que aún no me has besado lo suficiente.

—¿Lo suficiente para qué?

—Qué se yo. Para tener ganas de salir corriendo. Para perderme. Para perderte a ti.


Quizás me da rabia reconocer que vuelves a estar loco por mí cuando en realidad no sé qué espero de ti. O de mí contigo. Ni por qué, si corremos demasiado en los tramos cortos, cada día necesito un minuto más para despedirme. Un centímetro menos de tu mundo a mi boca.

He sentido terror de perderte y te he perdido luego. Todo en menos de sesenta segundos. Te he escrito y me he preguntado luego qué me pasa. Y si lo estoy haciendo bien.
(Posiblemente no.)
Te he presentado a mis fantasmas y me han entrado ganas de ponerme a llorar. Y tus ojos se dieron cuenta mientras tu espalda se alejaba de tus labios en mi frente.

La peor parte de todo esto está siendo reconocerme a mí misma cada vez que uno de los dos cierra la puerta y jura que no piensa volver.
El mundo se despierta y yo respiro.
Lo suficiente, para qué.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Not as I thought.

Recuérdamelo siempre.

Apretando los puños mientras el golpe de mi talón contra el escalón lo silencia todo. El eco me devuelve un sonido hueco que me traspasa, una pregunta rara y la sensación de no saber en qué me he estado metiendo en estos últimos días.
Aquel portazo sonó a signo de interrogación sin respuesta.
No me giré, porque sabía que no estarías detrás, que yo había decidido salir de aquel mundo para siempre. Ahora lo pienso, y creo que si me hubiese girado no hubiera podido evitar echarme a llorar.
No sé el qué, pero algo se quedó desperdigado en tus escaleras, algo que se me iba escapando mientras no pensaba en nada. La bajada fue infinita. Podrían haber pasado tantas cosas, pero no pasó nada. De cuando llegué abajo solo recuerdo cómo el mundo me abofeteó y las ganas que tenía de salir corriendo de allí, quizás para huir de la oleada de sentimientos que sabía que se me avecinaría si me detenía.

Hacía tiempo que no recordaba aquella sensación. Quizás dolía más el recuerdo que su espalda en mi retina.

Pero la culpa es mía.

Es irónico que solo gane las veces que me atrevo a volver yo.



Te despedías mil veces mientras yo intentaba detenerte cada una de ellas, sin razones, solo meciéndome por la urgencia de no acabar con lo bonito. Ahora lo pienso y vuelvo a sentirme estúpida, a escucharme a mí misma y sentir vergüenza por esperar una mentira idealizada. Miraba el pedazo entero mientras lo partías para tirarlo luego por la ventana. Tenía ganas de suplicar que no lo hicieras, pero me callé. Me callé porque sabía que tú no lo habrías hecho por mí, que te habrías callado y habrías dejado que se pudriera. Pero qué podríamos haber salvado, si yo guardo acuarelas en el pecho y tu te pones nervioso si la línea no se ajusta a los milímetros.
Qué pena que el resto de seres humanos necesite su parte de cuadrícula para encajar los sentimientos. Tú tan ángulo y yo tan vértice.

Esa noche me quedé dormida en otro sofá, con las páginas de un libro que no me correspondía sobre las mejillas. No leí, pero me pasé las horas escribiendo sin soporte.
Me da pena, pero ya dije la última vez que equivocarse es de valientes estúpidos.
Es irónico que siempre pierda las veces que me atrevo a huir yo.

Alguien que escribe sabe que el daño de las palabras es irreparable, y la forma en la que pronunciaste intoxicación me abrió las venas en canal e hizo que me guardara una pregunta ardiendo en los labios.
Espero que algún día reconozcas que podrías haber luchado, y no quisiste.

Está será la única y última vez que escriba sobre esto.
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