sábado, 10 de diciembre de 2016

Viator.

Lo he cambiado todo.
Esa tal yo ahora solo me mira de reojo, ya no me grita desde lejos. La mayor parte del tiempo la veo caminando de espaldas, suspirando a veces, meditándome a ratos. Miedosa de perderse, deseosa de encontrarme unos kilómetros más adelante de donde ahora estoy.
Reconozco mis cambios, los símbolos de mi decadente metamorfosis hacia un futuro inútil por el que me dejo la vida. Solo tengo constancia de que he perdido algo en el camino, de que me he olvidado de algo indispensable. Algo indomesticable que he dejado morir de sed para no cargar con su responsabilidad. Puede que esa sea la razón por la que ya apenas escribo.


Siento lástima al ver cómo lee y apenas puede traducir lo que siento a su fútil lenguaje. Es una misericordia repugnante que, al menos, en ocasiones contiene las lágrimas en un sacrificio mudo por no despertar a más demonios.
Me pregunto si he dejado de desear, si mi ambición ha muerto, si esa tristeza que conseguí llevarme - yo, solo lo conseguí yo - algún día me devolverá aquellas cancerígenas mariposas que me hacían sentir que seguía viva por algo. Quizás mi talón de Aquiles fuera también mi único lazo a la conciencia de una vida con sentido.
Escribir con tristeza siempre fue más fácil. Creí que siendo feliz era casi imposible componer algo realmente hermoso.
Nunca comprendí que la verdadera inutilidad de la palabra llega cuando un día amaneces con el alma vacía.

Que cada cual avive el alma dormida,
creo que aún tardaré en despertar.

sábado, 16 de julio de 2016

Tréboles.

La parte bonita fue verlo allí, con la calma propia del anticipo de la tormenta y los ojos bañados en el cielo de otro mundo. Automáticamente sentí un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. El aliento y su vaho era más pálido que en ninguna otra época del año. La ciudad entera bailaba con el castañear de sus dientes en una melodía helada y armónica que me hizo sonreír sin apenas percibirlo. En ese momento pensé que todos los comienzos de todas las historias deberían empezar así, con la sonrisa congelada de quien sabe que va a llegar a amar mucho.

Te vi en algún lugar, en algún momento de mi vida en el que mi mente estaba demasiado ocupada para saber que algún día decidirías arriesgarte por mí. "Como si ya te conociera". No es la primera vez que lo escucho, pero la línea semicurva de tu boca tiene un drama nuevo.

Suspiro siempre después de escribirte, como si aún no te hubieras atrevido a besarme. Pero ya son muchas las noches en las que venzo sobre el mundo cuando me hago amor contigo. También me haces planes de presente, sin miedo y sin vergüenza, con tu risa traviesa de "sin querer pero queriéndote".
Creo que siempre me quedará la duda de qué nos habría pasado si no hubiera decidido ser valiente. Me voy a quedar con la duda de si habrías vuelto a saludarme, sin dos besos, sin café y sin probabilidad. Sin ley de gravitación, ni atracción universal.
Ahora me escuchas como si la locura fuera una canción nueva que solo me pertenece a mí y que serías incapaz de arrebatarme si yo no te la ofreciera con el alma abierta antes.

Debería haberlo visto mientras conducías:
El hilo rojo, tu instinto y mi nueva buena suerte.

jueves, 26 de mayo de 2016

Consulta 3.

Me pregunto si algún día podré encontrarme de cara con un espejo sin tener que hacer un ejercicio mental olímpico antes de observarme. El pánico insulso de mi enfermedad a veces se materializa de formas extrañas: hoy se ha convertido en la certeza absoluta de que  existe un contador, un reloj inverso, un cronómetro que me descuenta el presente.
He visto ese reloj en mi muñeca, golpeándome, convirtiéndose en mi pulsación y creándome un vértigo olvidado.

Yo, igual que una estúpida, decidí en su día basar la vida en el amor futuro. No soy la única, hay mucha gente así. A nuestro tipo de personas el amor le parece un fin idílico, una meta, una consecuencia final de la vida. 
Yo invierto cada segundo en amar intensamente, aunque a veces no se me note. Amo, amo todo el tiempo, y me convierto así en esa clase de personas a las que me encantaría señalar con el dedo y acusar de tonta dependencia emocional, de incapacidad de supervivencia, de cachorro domesticado y con bozal.
El problema es que, una vez descubrí que el amor romántico se disuelve, comencé a basar mi potencial necesidad amorosa en mí misma. Creo que ese fue mi punto de inicio sobre el papel, el motivo por el que tuve, por vez primera, un ansia imperante de escribir todo lo que no sabía decirme en voz alta. 
Aun a riesgo de convertir mis palabras en un manifiesto ególatra, sí: la mayor parte de las veces me he escrito a mí misma. 
He escrito sobre amor, sobre el sentimiento que te destroza el pecho y te hace parecer un títere, sobre la vida después del alguien; pero, en realidad, solo me he estado escribiendo a mí.
Y me he destrozado.


No puedo mirarme en un espejo. Hay días en los que no puedo mirar a la gente a los ojos. Me recuerda a mi infierno, a la búsqueda del algo en otros cuerpos que nunca he podido encontrar. No es pasión, no es ternura, y ni siquiera es alma. Es algo mucho más superficial, algo que me ha pasado desapercibido durante mi madurez, algo que se ha quedado cojo, sostenido por mi estúpida creencia de que la vida se basaría en palabras y tinta. Me falto a mí misma sosteniéndome, regalándome fe y minutos de vida. Pero pensaba que era suficiente con amar sin dimensión definible.
Luego comprendí y escribí, con el trazo más amargo, que el amor no salva. 
La enfermedad te convierte en un esclavo de ti mismo, crea un hueco insaciable que no se puede completar con el amor ajeno. No puede llenarse con el amor puro, con las lágrimas de felicidad, con la esencia de la vida que tanto anhelaba encontrar mientras besaba.

Me he destruido a mí misma para siempre, y aunque suelo repetirme que algún día podré curarme, en el fondo, en ese pliegue interno que todo el mundo esconde, sé que jamás será posible. 

Y esto es solo el comienzo.
Este es el epitafio de mi vida sin mí.

martes, 24 de mayo de 2016

Acuarelas azules.

"Hay un rincón color vermut y un pentagrama inverso. Un cuadro de Magritte y una carpeta azul. Hay un disco roto y tres cuartos de alegría. Hay silencio. Hay un libro de Cortázar y dos gaviotas. Hay naranjos y hay mucha tristeza. Un jersey gris, unas tijeras y una ecuación sin letras. No hay manzanas. Hay Spinoza y rencor. Y más silencio." 

Me vendí porque sabía que si no me iba te querría toda la vida. Ya no tengo ese miedo oscuro, ese pánico que me entraba al leerme el futuro. He sido consciente desde el primer momento de que algún día tocaría escribirte a ti pidiéndote perdón sin poder mirarte a los ojos, llena y viva, pero sin ti. Sabía perfectamente que podría sobrevivirte. Sabía aún mejor que tú no lograrías hacerlo nunca. 

Me guardo rencor por haberte destrozado la vida queriéndote. Tenías razón: iba a hacerte daño. Iba a hacerte daño porque guardaba un Victor Hugo en el alma a los diecisiete que no podía permitir regalarte la vida sin arrebatártela cuando la usaras. Quizás mi amor era solo una excusa preciosa para hacerme a mí misma, para engañarte en otra cama conmigo y no sentirme culpable después. 

No significa que no haya sufrido. Todavía hoy raspa. Irremediablemente he tenido que aprender a que no me joda que finjas estar bien. Antes solo pensaba en arrancarme los brazos. 

El 6 de enero fue la última vez que te lloré. Fue la última vez que me dijiste que me amabas. Fue la noche de mi despedida y mi confesión: ese día te quise como no lo hice en años. 
Te vi, por fin, con las lágrimas de un soldado que teme más a la vida futura que a la muerte; te vi como un niño temblando que predice su destino; te vi como un dios que acepta el hecho de que su pasional capricho le hará sufrir para siempre. Pero no lo evitabas. Llevabas años sin querer evitarlo “porque de eso se trata el amor”. 

Te he escrito tantas veces en mi mente, pero siempre acababa llorando. Algún día te veré y lo descubrirás sin necesidad de decírtelo. 
Vuelves a estar sobre mí, yo he decidido descender. No me lo merezco. 
Ojalá algún día no eche de menos volar. Ojalá lo hagas tú siempre. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Este invierno apenas ha llovido.

Arriesgarme a ti como quien apuesta sus siete primeras vidas sin ser gato ni saber huirte. Atreverme a plantarme frente a tu plan de reconstrucción de esparadrapo, sin pensar cómo saldré yo de ahí mañana, pero diciéndote que sí a todo. Que sí a mí con los ojos cerrados, a mí patidifusa, ensangrentada o geocéntrica.
A mí polivalentemente tuya.

Dices que la posibilidad de la certeza de que algo va a romperse te atraviesa el pecho. Y tienes miedo. Y yo aguanto, valiente, las ganas de echarme a llorar para que puedas apoyarte en mi metro sesenta y hacerte fuerte cuando tú rompes a llorar por los dos.


Me gusta mucho mirarte y que sonrías. Que me veas. O que me mires. O lo que sea que dices tú siempre cuando me hablas de arte. Me gusta cuando te pones así de serio y me cuentas cosas de las que no podré olvidarme aunque deba. Y me gustas cuando repites lo mismo cada vez que tus pensamientos te llevan a algo, aunque sepa exactamente qué vas a decir porque el hilo de los míos ha llegado al mismo punto sin quererlo.
Me gusta que no creas en nada que no veas y digas que no puedes creer que esté delante de ti cuando me miras. Me gusta tu inestabilidad y tu forma de volverte loco en segundos. Me gusta tu risa de niño y todas y cada una de las manías a las que les tienes miedo aunque no me lo digas. Porque también —y sobre todo— me vuelves loca cuando no dices nada.

Otras veces te miro y creo que voy a morirme.
No tengo razones, pero creo que voy a morirme. Que ahí, en ese momento, el coche va a estrellarse y voy a morirme, delante de ti, sin haber llegado a llorarte a la cara.
Y cuando pienso en eso, sé que estoy en el lugar correcto.
Que aunque "me defino como una persona ajena al destino" con casi toda seguridad éramos inevitables el uno al otro. Porque quizás no seamos destino y seamos eso, una inevitabilidad constante a la que nos hemos ido preparando durante todos estos años sin mirarnos.

Sigo arriesgándome a ti desde que te conozco, aunque tú no lo sepas.
Y sería capaz de inventarme una octava vida para seguir haciéndolo mientras pueda.
Hasta que decida matarme.
O hasta que ya no me quieras.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

El año nuevo de Vetusta Morla.

Miento por mí
y por todos mis compañeros,
y mientras, me siento a esperar a que una de todas las imágenes que se suceden en mi cabeza se detenga y me diga:
"aquí",
por eso de que cuando estoy triste necesito un lugar seguro para refugiarme,
aunque mi pretérito sea lo menos digno de llamarse perfecto
y no tenga seguro nada,
salvo que de pseudomorirse también se sale.

El último día del año es un lugar de mierda para ponerse a hacer recuento y comprender que me he pasado tres de mis cuatro estaciones interpretando un papel, cuando creía que se me estaba revolucionando el corazón  —no de velocidad, sino por esa rebeldía tonta de quien ve ilusión en un beso— con un himno sordo que solo canto antes de la carcajada que precede a mi romper a llorar.
Porque a veces también lloro.
Porque a veces se me olvida la falta que me hace seguir comportándome como una niña.

Lo malo es que siempre que recuerdo lo que es sentirme pequeña, me muerdo las uñas, e intento explicarme en qué momento de mi vida convertí mi infancia en sinónimo de inferioridad, y no en ver bonitos los besos de antes de la cama.
(En este punto, creo que podría elaborar una tesis doctoral entera justificando que se crece justo cuando tienes más ganas de follar que de amar inmensamente a alguien.)
Saltar de la niñez a ser adulta ha sido para mí despertarme en una cama de matrimonio vacía,
mirar a la derecha
y ver que quien faltaba era yo.


Me he creado una revolución imaginaria solo para repetirme por las mañanas ante el espejo lo fuerte que soy,
y lo alta que tengo que llevar la frente aun a riesgo de que se me caiga el café
y el gato de mi próxima pareja caída libre me arañe sin darme cuenta los tobillos.
Y aun a riesgo de tener que prometerle que cuando salga por esa puerta no se lo contaré a nadie,
me escondo de él y le escribo mientras duerme,
calibro su balanza y mi pistola,
y de un truco sucio saco mil excusas para verlo aterrizar otra mañana,
muerto de miedo y muerto de ganas,
sin explicación
y "solo por si se me olvida algo".
(Aunque luego todo se reduzca a un triste adiós,
sin punto y sin abrazo.)

Escribir, lo siento en el alma (con perdón y gracias a dios), nunca ha conseguido hacerme más fuerte.
Escribir me destruye,
me desarma,
prepara por sí mismo mi epitafio y todas las legañas que se chivarán de mi afición a las madrugadas,
sobre todo las que siguen al perder para siempre a alguien que brillaba.

Y mientras espero a que el reloj marque las cinco —para volver a ser círculo, y nunca más piramidal—, me concentro en esperar a mi yo del 1 de enero-sin-lluvia,
más inocente
y un pelín más rota que hace tres semanas y un día,
porque no era amor y ya dolía,
y de nuevo,
me vuelvo a preguntar:

Por qué al de después del pretérito simple prefirieron llamarlo perfecto,
si el antónimo de simple, siempre será complejo,

y yo no puedo pensar en ayer sin echarme a temblar.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Como si fuera poco.

"Cuando lo veía, solo podía pensar en una cosa.
En una frase.
Y tenía que apretar los labios para que no se me escapara: 'estaría aquí a pesar de todo'."


Hoy me ha parecido un buen día para reconocer que a voces y a veces —quizás más de las que debería— hago como que no te escucho. Como si no me asustaras. Que me miro las uñas mientras hablas, como buscando algo en mitad del blanco y el olor a química, y me encuentro con que un día más a tu lado es un nivel salvado, una supervivencia a nosotros mismos.
Normalmente, actúo como si eso no fuera suficiente.
Finjo que no me gusta estar contigo, que detesto tu olor a chico gris, y a menudo te digo que mi osadía y mis caprichos son más importantes que verte a ti con los ojos cerrados.
Te restriego que somos incompatibles; que nos acabaremos odiando al descubrir que mi materia destruye tu energía, que mi paciencia estrangula tus nervios y correr tras de ti en realidad significa huirte.
Que es irónico que tu acero solo se derrita con el fuego que más me asusta a mí.
Y ya, luego me enfado porque se suponía que tendrías que haberlo sabido de antemano.

Soy un ser despreciable. Incomprensible. Intolerable.
Pero dentro guardo otoño y amor, y te los estoy regalando, aunque no tenga ni idea de cómo usarlos.

No sé por qué parece que me cubro el alma cada vez que te acercas, que solo te dejo destaparme si me besas.
Tu boca otra vez en mi boca fue colorear con matices un corazón monocromado (aún no sé si el tuyo o el mío) y descubrir que el mundo es mucho más complejo de lo que creía antes de ayer. O a lo mejor estas marcas negras de uñas en mis muslos solo significan que aún no me has besado lo suficiente.

—¿Lo suficiente para qué?

—Qué se yo. Para tener ganas de salir corriendo. Para perderme. Para perderte a ti.


Quizás me da rabia reconocer que vuelves a estar loco por mí cuando en realidad no sé qué espero de ti. O de mí contigo. Ni por qué, si corremos demasiado en los tramos cortos, cada día necesito un minuto más para despedirme. Un centímetro menos de tu mundo a mi boca.

He sentido terror de perderte y te he perdido luego. Todo en menos de sesenta segundos. Te he escrito y me he preguntado luego qué me pasa. Y si lo estoy haciendo bien.
(Posiblemente no.)
Te he presentado a mis fantasmas y me han entrado ganas de ponerme a llorar. Y tus ojos se dieron cuenta mientras tu espalda se alejaba de tus labios en mi frente.

La peor parte de todo esto está siendo reconocerme a mí misma cada vez que uno de los dos cierra la puerta y jura que no piensa volver.
El mundo se despierta y yo respiro.
Lo suficiente, para qué.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Not as I thought.

Recuérdamelo siempre.

Apretando los puños mientras el golpe de mi talón contra el escalón lo silencia todo. El eco me devuelve un sonido hueco que me traspasa, una pregunta rara y la sensación de no saber en qué me he estado metiendo en estos últimos días.
Aquel portazo sonó a signo de interrogación sin respuesta.
No me giré, porque sabía que no estarías detrás, que yo había decidido salir de aquel mundo para siempre. Ahora lo pienso, y creo que si me hubiese girado no hubiera podido evitar echarme a llorar.
No sé el qué, pero algo se quedó desperdigado en tus escaleras, algo que se me iba escapando mientras no pensaba en nada. La bajada fue infinita. Podrían haber pasado tantas cosas, pero no pasó nada. De cuando llegué abajo solo recuerdo cómo el mundo me abofeteó y las ganas que tenía de salir corriendo de allí, quizás para huir de la oleada de sentimientos que sabía que se me avecinaría si me detenía.

Hacía tiempo que no recordaba aquella sensación. Quizás dolía más el recuerdo que su espalda en mi retina.

Pero la culpa es mía.

Es irónico que solo gane las veces que me atrevo a volver yo.



Te despedías mil veces mientras yo intentaba detenerte cada una de ellas, sin razones, solo meciéndome por la urgencia de no acabar con lo bonito. Ahora lo pienso y vuelvo a sentirme estúpida, a escucharme a mí misma y sentir vergüenza por esperar una mentira idealizada. Miraba el pedazo entero mientras lo partías para tirarlo luego por la ventana. Tenía ganas de suplicar que no lo hicieras, pero me callé. Me callé porque sabía que tú no lo habrías hecho por mí, que te habrías callado y habrías dejado que se pudriera. Pero qué podríamos haber salvado, si yo guardo acuarelas en el pecho y tu te pones nervioso si la línea no se ajusta a los milímetros.
Qué pena que el resto de seres humanos necesite su parte de cuadrícula para encajar los sentimientos. Tú tan ángulo y yo tan vértice.

Esa noche me quedé dormida en otro sofá, con las páginas de un libro que no me correspondía sobre las mejillas. No leí, pero me pasé las horas escribiendo sin soporte.
Me da pena, pero ya dije la última vez que equivocarse es de valientes estúpidos.
Es irónico que siempre pierda las veces que me atrevo a huir yo.

Alguien que escribe sabe que el daño de las palabras es irreparable, y la forma en la que pronunciaste intoxicación me abrió las venas en canal e hizo que me guardara una pregunta ardiendo en los labios.
Espero que algún día reconozcas que podrías haber luchado, y no quisiste.

Está será la única y última vez que escriba sobre esto.
.

viernes, 16 de octubre de 2015

¿Hasta qué?

Que a mí me da igual que te folles a diez diferentes en una noche.
Me da igual que despiertes con dolor de cabeza y veas a tu lado unos ojos más cansados, una piel más oscura, unos pasos distintos por tu pasillo. Me da igual que abraces un cuerpo frío que te recuerda al metal ardiendo después de haberte corrido dentro. Me dan igual los minutos que tardes en besarla. Los días que pierdas pensando en ella. Los segundos que dure tu amor eterno.
Me dan igual sus piernas largas, sus ojos negros, su música clásica o sus noches sin frenos. No me gusta su risa alta, su pelo suelto ni la manía que tiene de morderse los dedos.
No me gusta tu chica imaginaria.
Me dan igual las agujas del reloj paradas de tu cuarto, tu obsesión por la felicidad y tu sonrisa estúpida de los miércoles borracho. Me da lo mismo tu voz a las ocho de la mañana pidiéndome una tregua infinita y tus días de mierda suplicando no haberme conocido nunca.

No me fastidian tus intentos de joderme la vida.
Y mucho menos los de aparentar que no lo intentas.

Hoy me he descubierto a mí misma pensando en dejar de lado el miedo que ha nacido (no sé porqué, ni cómo, ni en qué momento) dentro de mi pecho, y me he preguntado qué estoy haciendo mal para acabar bebiendo, acordándome de unos días que ni siquiera hemos vivido.

Nada.

Durante toda mi vida, me he esforzado por escurrir hasta la última gota de voluntad en aquellas cosas en las que he creído de verdad. He dado meses de mi vida a personas que no se merecieron tantas esperas, y he creído siempre que el amor puede salvarlo todo.

Qué le vamos a hacer. Tener el alma bonita también tenía que tener sus consecuencias.

Me habría encantado acabar enamorada de ti hasta los huesos, llorándote, suplicándote una mirada bonita por una vida completa entregada a ti.
Pero, cariño, ya ni siquiera sé si te lo mereces.
Y, mucho menos, si me lo merezco yo.

Una cosa es segura, y es que no saldrá de mis labios una sola despedida triste.
Debería dolerte que alguien que siempre ha creído en las palabras no dedique cinco minutos de su vida a firmarte un adiós.
Pero no es odio. Nunca podré odiarte, quizás porque nunca he llegado a quererte lo suficiente tampoco.
Prefiero hacerlo así, invisible entre el tiempo. Como una bomba que acabará explotando en el minuto cero antes de correrte. Como una sacudida que te despierte de ese mundo en el que crees que eres feliz.
Un aviso con mi voz de que deberías valorar más los segundos antes del beso, y un poco menos la lista de tontas que serían capaz de quererte sin amor y sin horas.


Es un aviso.
Habré desaparecido.
No lo forzaré, porque forzarlo sería reafirmar que todavía te siento en un rincón oscuro, que te pienso cuando el frío escuece y el alma arde. Será instantáneo. Instintivo.
Te encontrarás de pie en el mismo sitio del que querías lanzarte al vacío conmigo. Abrirás los ojos con el sabor de otra piel en la boca (más canela) y sin mis remordimientos de haberte equivocado de vida a mi lado. Le abrirás la puerta del salón a una que esté más loca (que no sepa ser tan soga) y sucumbirás lentamente a unos labios más húmedos, pero sin sonrisa en los ojos. No seré yo quien te mire desde abajo cuando la abraces. No tendrá el brillo verde de después del polvo en el iris. No te dirá que te quiere sin hablar, mientras besa sin prisa y sin miedo cada rincón de tu rostro, culpable de no poder dejarte ir, inocente hasta que se demuestre a sí misma lo contrario.
No te escuchará mentir con la mirada de estar descubriendo un nuevo mundo en tu voz, y encima acabar creyéndoselo, ni escurrirá tus problemas llamándote valiente. No recordará cada pequeña porción de tiempo que le has regalado, porque para ti sólo será un amor efímero, un número en gris que, aunque ahora brilla, acabará apagándose con el regusto del ron y el tabaco de tus días de mierda.
Posiblemente, será capaz de mirarte sin vergüenza. Será capaz de abrirse de piernas sin suspirar un poquito primero. Nunca te dirá que no. Nunca te escribirá un adiós sabiendo que no hay dios que se lo crea.

Te asustarás. No vas a tener ni puta idea de qué te pasa. De por qué no vives ya.
¿Y sabes qué?
Que no. Que ya no. Que ya no volveré a abrazarte después. Que no te llamaré y escucharé tu ronquera del domingo. Que no estaré dispuesta a esperar a que llegues pronto, sudado y con el alma abierta, esperando que alguien te cure. Esperando, quizás, a que algún día te confiese que sí, que en realidad tengo dos alas blancas a las que renuncio por ti cada vez que me pides un beso y juego a que no.
No te bailará con miedo, tapándose la cara porque le asusta que seas capaz de verla por dentro. No temerá como yo que escuches su corazón a dos mil. Que ni siquiera tenga sueño después del clímax.
Excitarás otro coño, pero nunca su mente.
Nunca más mi mente, ni mis ganas de quedarme muerta sobre tu pecho cualquier viernes.
No creeré que, en el fondo, sí estabas hecho para mí.

Has querido quererme demasiado deprisa.
Octubre va a acabarse, y estoy más convencida que nunca de que este es el adiós más duro que sabrán dedicarte nunca. Porque, en realidad, ni siquiera es un adiós. Es solo un punto. El sonido de la página arrancándose sin odio, sin dolor, sin heridas.

El final menos triste de un amor que siempre hemos sabido que existía.

Aunque no nos haya dado tiempo a verlo.

lunes, 12 de octubre de 2015

No sé escribir.

Hablamos de sexo porque muchas veces el amor se nos acaba escapando de las manos
y termino con la extraña sensación de haber apostado demasiado corazón en cada una de las veces que me has hecho,
sin amor.

Otras veces ni siquiera hablas, y te dedicas a dedicarme treinta minutos de tu vida a joderme por dentro,
en todos sus sentidos,
y con todas sus complicaciones.

La cosa es, que en cada una de esas veces, nunca sé y nunca he descubierto si lo que nos pasa es normal o si siquiera es cierto.
Últimamente te beso y no sé si me falta amor,
o si sin embargo el problema es que no puedo contenerlo entero.
Porque cuando te corres, me miras y no me preguntas si te quiero,
sé bien que en realidad te lo preguntas a ti,
y te enfadas, te cabreas y te quema hasta el suelo,
porque no sabes qué te pasa, ni de qué cojones te entra miedo.

Que ni tú ni yo sabemos si esto es real,
ni si nos queremos,
ni si podemos dejarnos ir;
y eso es peor que que no exista, pero al menos saberlo.

Estamos en un punto que empezó desde que nos conocimos y del que no salimos aunque pongamos tierra, mar y tiempo.
Ninguno de los dos tenemos paciencia y nos dedicaríamos media vida a deducirnos sin llegar a conocernos, 
solo por el miedo que nos entra a descubrir que no somos,
(o peor:
que sí somos)
lo que nosotros creemos.



Y mientras tanto, ¿qué?
Volver a dejar correr el tiempo, esperar a corrernos otra vez o decidir que es mejor no pensar más en eso.
Pero existe (yo la he visto) una energía de mierda que me hace volver,
un reloj biológico de ti, que no me deja dormir si no me besas.
Y luego, contigo cerca, 
conmigo ya lejos,
arriba,
descubro que no, que no me haces falta, que no te quiero.
Que en tus ojos con los míos no hay fuego y que no necesito tu boca para seguir viviendo.

Hasta que me quema,
y descubro que sí,
que me haces falta,
y que hasta parece que te quiero.

Ahora me río de los físicos que han hablado de atracción y desconfío de quien me habla de polos opuestos. 
No comprendo las leyes que han hablado siempre del acercar y alejarlo todo si no han leído de sus labios un "lo siento, pero esto no está bien".
Como si nos hubieran visto alguna vez comernos la boca, destrozarnos la vida y desaparecer,
pero seguir creyendo que se puede
y que aunque nos matemos luego,
lo suyo y lo mío,
lo mío y lo suyo,
lo que nunca es nuestro,
nunca dejará de ser.


—Todas las heridas tienen un tiempo para cicatrizarse...
(Silencio)
— ...pero las nuestras parecen eternas.

Feliz aniversario.