lunes, 30 de septiembre de 2013

Huracanes.

Él no volvería a dirigirle la palabra nunca más. Se lo prometió a sí mismo cuando la lluvia volvía a decorar los ventanales.
El tiempo allí dentro parecía pasar mucho más lento que de costumbre, aunque claro, quizás el problema fuese que tenía demasiado tiempo para pensar en todo. Para pensar en ella.
Era el sexto café que tomaba en la semana sin su pelo en la almohada y ya volvía a saberle tan insípido como antes. Llegó a la conclusión de que su vida a partir de entonces sería como aquel café: delicioso cuando llevas años sin probarlo, pero insípido una vez que te acostumbrabas a su sabor en el cielo de la boca.
Cómo deseaba que ella fuese café. Que todo aquel dolor se fuera tan rápido como su aroma.

La lluvia siguió empañando los cristales día tras día y noche tras noche. 
Una de las veces, sonrió al ver la carrera que dos gotas mantenían en su ventana. 
"Cuánto le habría gustado a ella", pensó.
En seguida se abofeteó. Era un método algo brusco, es cierto, pero el único que llegó a ver realmente factible. Quería asociar su recuerdo con el dolor físico, y no solo con la presión de su pecho. Quería hacerle ver a su mente que aquel rostro no podría volver a traer nada bueno a su vida.

Y así pasaron uno tras otro los días, las semanas, los meses. Cada vez la sentía más lejana.
Él reía, salía a la calle, se emborrachaba, besaba, vomitaba y volvía a salir. Volvió a retomar su día a día con normalidad, sin importarle cuánto tiempo hubiera precisado para ello.

Hasta que un día, la olvidó.


Él estaba en el bar cuando la chica del pelo negro llegó llorando. La reconoció al instante.
La chica tardó un poco en reaccionar, pero acabó estrechándose en los brazos de él.
Y allí, siguió llorando.
Preocupado, le alzó el rostro y la observó de cerca. Sintió que todo su mundo se venía abajo cuando ella habló por fin.

—Está en coma.

Deseó con toda su alma no haber oído bien. Las rodillas le temblaron has dejar de responder las órdenes de su consciente. 
Cayó súbitamente al suelo.

Estaba en coma. Era la primera noticia que tenía de ella después de tres años.
Se llevó las manos a la cabeza e intentó pensar con claridad, con sensatez.
El recuerdo efímero de aquella tarde de lluvia le cruzó la mente. 
"No volvería a dirigirle la palabra. No volvería a verla. No volvería a recordarla."

Y, por primera vez en su vida, supo que había cumplido una promesa.