jueves, 1 de octubre de 2015

Pre-amor a primera vista.

Maledúcame.

Enséñame
—en imperativo—
a esperarte en los portales
con la bufanda cubriéndome la boca
para que no se me escape el suspiro tonto de verte llegando,
mojado y tiritando,
despeinado,
con los ojos achinados y la sonrisa puesta.

Bájame los humos con un beso en la frente
y aléjate luego andando de mí hasta que te alcance
a diez metros,
a un kilómetro,
o a los pocos segundos que dura un año luz contigo.

Vuélvete loco y respira hondo.
Dime que llueve demasiado como para no irnos a dormir,
que es muy tarde
y te acaba de amanecer el apetito de no viajar nunca más
si no es a mis brazos.
Que te quedas porque acabas de llegar de haberte ido:
"como en casa, sólo contigo".


Llámame sin voz y susúrrame dormido a gritos
que te gusta imaginarme mirándote de lejos,
con las ganas cerca
y mis manos acariciado el aire,
besando en hielo del cielo de tu boca
para morir de un incendio después.

Ábreme las puertas y disimula bien no haberte dado cuenta
de que mi alma se acaba de caer al suelo.
Y tírame a mí,
como si nunca fueses a quererme,
sobre el sofá rojo de tu casa
y finge que estás tan cansado como finjo que lo estoy yo.

Vete,
(pero de mentira)
y vuelve luego a quemarme,
esta vez sin prisa.

Repíteme que se puede,
que nuestra coincidencia no fue nunca una cuestión de suerte
porque te sobran formas de vida conmigo.
Miénteme siempre
porque es la única forma que tengo de sobrevivirte.
Hazme sueño.
Y no me despiertes.

"—Cuando conozcas a alguien que sea todos los colores en uno, no lo dejes ir."

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