domingo, 30 de agosto de 2015

Futuficción.

Me he sentido tan estúpida.

La sensación de no pertenecer a algo, de sentirme extraña, se agranda y no me deja respirar. Me ha clavado una instantánea en el pecho, como si fuese posible clavar un segundo físico en un corazón. Ha penetrado en la carne, dejando paso a un reguero de sangre escarlata que ha bañado mi piel. Me ha estrujado las venas como un veneno amargo, como una piedra golpeando mi cráneo.
Ha sido un instante, un segundo de mi vida convertido en puñal.
He escuchado una música recorrerme las arterias y he deseado echar a correr. He deseado no volver, permanecer lejos, no haberlo conocido. Me ha estrangulado como un ave de consumo lista para ser sacrificada. He llorado sin llorar y he suplicado a gritos de silencio un poco de clemencia.
Ha sido como un escalofrío efímero, incurable, mortal. Un aviso de algo que debería haber sabido ya.

Bebo un trago más y me ponen una botella llena en las narices.
Así no hay dios que pueda curarse del alcoholismo.

Todo empezó el día en el que me abrazó por primera vez. Él no me abrazaba nunca. Su afectividad se reducía a las risas y miradas cómplices que compartíamos los días en los que se escapaba a verme sin decirme nada. No podía contárselo a nadie. Era una especie de ritual secreto entre los dos. Venía a verme cuando menos lo esperaba y se pasaba conmigo menos de dos horas, pero era porque no podía estarse demasiado tiempo haciendo una sola cosa.
Pero aquello, a pesar de su misticismo casi religioso, no tenía nada de malo.
Éramos dos animalitos que jugaban a buscarse a escondidas, como si fuese peligroso que alguien nos viese juntos. pero no hacíamos daño a nadie.
Él tenía una vida diferente cuando se alejaba de mí, pero a mí aquello no me importaba. Él era quien era cuando estaba conmigo, y me parecía suficiente.
Pero un día me abrazó.
Estaba a punto de llover y la tierra ya olía a humedad. Mi ciudad parecía preciosa bañada de aquella niebla gris que me recordaba a la calma. Para mí él era eso, niebla, calma. Me miraba con una intensidad nueva, más propia de la de un padre que la de un compañero de juegos. Fue la primera vez que me dio miedo. Creo que en aquel momento me di cuenta de que me había enamorado de él hacía mucho tiempo atrás. La capucha le rozaba la frente de forma desenfadada, y pensé en que debía estar muy preocupado para no importarle que la chaqueta le estropease el peinado. Por primera vez me pareció mayor, que efectivamente ya había pasado los veinticinco.

—Tienes que prometerme que no volverás a hacerlo— su voz seria me impresionó mucho. Nunca me había hablado así. No a mí—. No puedes ir por ahí sin pensar lo que estás haciendo. Ya eres mayorcita.

Yo seguía con la cabeza gacha, con una especie de pudor contenido de mirarle a los ojos. 

—Que a mí me gustes así no significa que puedas hacer siempre lo que se te antoje. Tienes que tener más cuidado.

Ni siquiera sabía por qué estaba siendo regañada pero su imprevisible impetuosidad me había bloqueado cualquier mecanismo de reacción. Me parecía más fácil seguir así, callada, mirando al suelo y esperar a que él mismo me desvelara la razón de aquella reunión improvisada.

—Creo que esto ha llegado demasiado lejos— parecía que aquel monólogo había pasado a ser una manifestación de sus propios pensamientos, ya no me hablaba a mí, sino que trataba de explicarse a sí mismo. Estaba confundido y más guapo que nunca—. A mí me gustas así. Con tu tontería y tus arranques. Me gustas porque eres capaz de pasar de la risa al llanto en un segundo y luego seguir siendo la más estúpida de siempre. Pareces mayor. Una niña grande que me saca de mis casillas y disfruta de saber que es así. Pero sobretodo me gustas porque eres capaz de hacer que yo sienta eso mismo a la vez, ¿comprendes? Puedo llorar contigo si te veo en el suelo y puedo ser más estúpido y crío que tú si te veo feliz. Por eso me he pasado de la raya. He cruzado la línea.

Seguía sin entenderlo, pero de forma inconsciente había alzado la cabeza y me había quedado mirándole embobada. Ahora me miraba fijamente a los ojos.

—No lo entiendo— dije, por fin.

Él sonrió.

—Yo tampoco.


Fue entonces cuando pasó. 
Noté el contacto de sus dedos en mis mejillas. Tenía las yemas frías, húmedas, como la tierra bañada por el rocío. Aquel frescor me recorrió la espina dorsal como un calambrazo seco. Me acercó a él y durante un segundo me vi a mí misma desde una nueva perspectiva, como si fuese la espectadora de aquella escena desde el exterior de mi propio cuerpo. En ningún momento se me pasó por la cabeza que fuera a besarme allí.
No lo hizo.
Utilizó la mano libre para acercarme más su cuerpo, propiciándome un leve empujón desde la espalda. Sentí la sensación de estar derrumbándome sobre él. Y así era. Había hecho que me derrumbara sobre su pecho, que me atase invisiblemente a él. Porque de eso iba todo aquel juego que habíamos compartido desde que nos habíamos conocido. Entonces supe que él también me quería a mí y que, posiblemente, también lo hubiera descubierto ese mismo día.
Necesitaba verme así, derrumbada sobre él, para que no sintiera remordimientos al estar a mi lado. De lo contrario, lo nuestro habría sido imposible. Éramos incompatibles. Dos polos que a pesar de sentir la necesidad de acercarse sufrían una ley divina aún más potente que la física, que les impedía siquiera pensar en ello. Yo era su hermana pequeña, así me había visto siempre, y por eso le estaba permitido venir a verme. Necesitaba cuidarme, hacer que le necesitara para no abandonarme. 
Entonces comprendí.
Aquello no era una declaración, sino una despedida.

—No me gusta que te vayas.

No me respondió. Seguía abrazándome. Llegué a creer que de verdad no me había escuchado, por eso lo miré.
No lloraba, pero se había roto.
Él estaba roto y yo lloré por él.
No sentía pena. No sabía por qué lloraba en realidad, pero él necesitaba llorar y yo lo hice por él.
Cuando se separó de mí supe que no volvería a verme nunca. Que se había acabado.

Nunca habíamos hecho nada malo, porque quererse no estaba mal. Pero en aquel momento los dos maduramos al mismo tiempo. Sabía que no podría aguantar delante de él sin querer volver a derrumbarme sobre su pecho.
Aquello tenía que pasar, tarde o temprano. 

Luego volvió a su vida, y entonces sí me importó, porque me había sacado de allí, como si no me hubiese conocido nunca. Las fotos demostraban que ya no le pertenecía aquel rincón secreto que antes guardaba para mí. Ya no existían esas dos horas malditas que en su realidad nunca habían sucedido. Ya no quedaba nada nuestro.

Hoy he vuelto a verle.
Estaba más mayor, más cambiado, igual de guapo, la mano izquierda enlazada con otra, más blanca y pequeña que la suya. Ella sonreía al hablar mientras él escuchaba una historia que en realidad no le importaba en absoluto. Cuando presta atención tiene cara de tonto y se le arruga la frente, pero claro, ella aún no lo sabe. Es guapa, muy guapa. Tiene esa magia blanquecina que tienen todas las chicas mayores, una elegancia de fotografía que nunca puedes conseguir aunque vistas y te comportes igual. Toda ella parecía un retrato vivo, una instantánea del Cuore.
Puede que incluso llevaran más de un año juntos, pero eso nunca lo sabría. Perfectamente podría haber estado con ella cuando me visitaba a mí.
Al fin y al cabo, nunca hizo nada malo.

Aquella imagen me traspasó el corazón y ahora solo puedo llevarme las manos al pecho, intentando que no se despedace y se extienda sobre mis pulmones hasta ahogarme. Porque me estaba ahogando, estaba convulsionando en silencio, sobre la silla del comedor, con la luz apagada y la lluvia fuera.

Él nunca sabría que me había matado sin saberlo. 
No sabría que su amor me había taladrado.
Que yo no volvería a dejar de crecer con nadie nunca más.

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