lunes, 3 de agosto de 2015

"Me llamo Caterina."

Últimamente no escribo nada que me haga sentir como antes.
Últimamente, sólo me limito a apagar las luces de madrugada, buscando cualquier excusa buena para convencerme a mí misma de que no correr detrás de ti fue la opción correcta.

Siempre pensé que me habría gustado sentir la brisa de la bahía y el olor a sal que se cuela por el ventanal de la habitación por las noches. Ahora mi mente está demasiado ocupada en tratar de disimular lo sola que me siento desde que te fuiste.
Los días pasan iguales, uno tras otro, con las mismas ganas de lanzarme al vacío.
Esto último llegó a transfigurarse en la necesidad física más extraña que he experimentado nunca.
Algunos días, antes de que los primeros rayos despunten al alba, salgo y contemplo el mar desde los acantilados. Entonces no pienso, no siento. No sufro.
Sólo me lanzo al agua.
Cuando el aire y la gravedad tratan de devolverme a la realidad descubro que todavía soy capaz de asustarme. Eso me gusta más que fingir que estoy bien.

Desde que estoy aquí, siento que todo a mi alrededor se ha degradado a sepia. Desde que decidiste abandonarme nada tiene color ni vida.
Han pasado meses, y todavía me martirizo preguntándome el por qué.
Por qué se fue y me dejó sola después de haber pasado años buscándome.
Recuerdo su cara, sin facciones, sin marcas de dolor, sin una sola despedida. Lo último que me dio fue una mirada seria y la espalda.
Después, nada.
Ahora, nada.

Ni siquiera ha llamado. Ni siquiera ha escrito. Ha desaparecido, se ha borrado, me ha apartado de él,  me ha abandonado de la misma forma que los hombres abandonan a los perros en las cunetas.

"—¿Quién es? ¿Tu mascota?"

Yo había gritado como una energúmena y había exigido un lugar reconocido en tu vida. Había exigido pertenecerte como un alma libre, cuando en realidad siempre fui un lastre pegado a tus talones, una sombra cosida a tu sombra. Una mascota.
Ahora recuerdo las palabras de ese tipo y me siento estúpida. Ahora ya no tengo fuerzas para pegarle a las paredes y reventarte los tímpanos.
Ahora sólo vivo para respirar y recordar que tenías los ojos mucho más grises que de costumbre en el instante en el que te marchaste.

He disfrutado durante estos meses de una soledad maldita y ponzoñosa que ha ido pudriéndome las venas. He llegado a experimentar una locura cíclica que me hacía llorar y reírme de mí misma delante del espejo del baño, gritando a veces por este mismo balcón, preguntándoles a todos por qué.
¿Por qué te fuiste, si éramos todo lo que teníamos?
El día que volviste a encontrarme me agarraste la cara y me suplicaste con los ojos y el temblor de tu barbilla que no volviera a desaparecer nunca. En aquel momento te juro que pensé que habría dado mil vidas como la que perdí con tal de poder verte en cada una de ellas, aunque fuese sólo una vez, si me mirabas como lo hiciste en aquel momento.
Entonces pensé, casi con pánico, que tú sentías por mí lo mismo que yo supe que sentía por ti antes de marcharme.

Por eso ahora me niego a creer todo lo que el resto está callándose.
¿Por qué no me responden? ¿Por qué no me dicen la verdad?
Sé que no te has marchado por ti. Sé que algo no va bien, que tuviste miedo.

No puedo escribir nada sin hablarte a ti. Ni puedo hablarte sin echarme a llorar.
¿Por qué cada vez que tienes miedo me dejas sola?

Cuándo comprenderás que si accedí a vivir fue por ti.
Que ahora sólo queda nada y siete palabras.

"Ahora tengo que ser valiente sin ti".

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