sábado, 19 de septiembre de 2015

Quiero un corazón de gomaespuma.

Yo adoraba mi corazón.

Aún a sabiendas de que el vértigo y yo nunca hemos tenido relaciones más allá de los dos minutos de subida, una vez tuve el valor suficiente para volar usando mi inestabilidad como reacción química mágica, y planear sobre el resto del mundo orgullosa, con el corazón en la boca.

¿Y qué diablos iba a saber yo sobre que los latidos no podían programarse en modo avión?

Aquella vez, el corazón se me cayó desde un décimo tercer piso y sin paracaídas. Grité y pataleé, pero no conseguí recuperarlo en el aire, y finalmente terminó por estrellarse.

Cuando bajé la mirada, mi corazón se había divido, exactamente, en dos mitades iguales.

Lloré.
Lloré más de lo que recuerdo haber llorado en toda mi vida.
Aquello que tanto amaba, mi razón de vivir, estaba destrozado.
Ya no era una solo. Ya no era mi corazón.

Cuando encontré a mis pies a la primera de aquellas mitades, ésta estaba a punto de resquebrajarse por completo. Soltaba algunos restos, migajas de cristal de las venas y dejaba a mi paso regueros feos de sangre oscura.
Y aunque aquella mitad de corazón estaba muriéndose, algo dentro de mí decidió llevarla puesta en el pecho.

La segunda mitad, a dieciocho pasos de donde estaba, sin embargo, estaba nueva.



Me sorprendí. ¿Cómo podía haber sobrevivido sin tan sólo un golpe? Ni un arañazo, una marca, una señal... Allí no había nada, y aquella superficie increíblemente lisa era incluso capaz de devolverme mi reflejo.

Como es normal, con el paso del tiempo olvidé a aquella primera parte de mi corazón.
En realidad, no fue necesariamente olvidarla.
Simplemente, dejé de verla.
Sabía que seguía ahí, con sus magulladuras y el alma medio rota, pero ya apenas era capaz de atraer mi atención.

La segunda mitad, sin embargo, lo abarcaba todo.
Su pulcritud y su firmeza, tan diferentes de la otra mitad, me maravillaban y atraían de forma casi obsesiva.

Y así fue, que pasaron los días y yo me acostumbré a transportar aquella segunda preciosa mitad bajo el brazo, protegiéndola del resto de miradas, acaparándola y reservándola sólo para mí, cuidando con mi vida su seguridad.

Sin embargo, el tiempo la fue ennegreciendo.

Día tras día, fui consciente de que aquel cristal pulcro se iba tornando gris, como si manase humo de su interior; y al cabo del tiempo, aquel semicorazón también se ensombreció, como la primera mitad olvidada.

Entonces, tomé la firme decisión de separarme también de aquel corazón, porque había perdido todo lo que amaba en él. Lo coloqué cuidadosamente justo al lado de la primera mitad agónica, y dejé que ambas se sumieran en la oscuridad juntas.

Desde entonces, he cargado en todas partes con el peso muerto de esas dos partes que conforman mi corazón roto. Dos partes que he amado con la intensidad del fuego y la suavidad de los vientos que corrían en mi cara de abril a septiembre. Las llevaba conmigo, a pecho abierto, portando algo muerto.

Pero no volví a llorar.

Porque, aunque estuviera destrozado, pensaba que podría ser feliz si aquel corazón no se me volvía caer nunca más.

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