sábado, 4 de octubre de 2014

Inconveniente.

—Se me hizo tarde. Las horas volaron y no fui consciente del frío y la soledad de las calles. Iba drogada. Me metí hasta que dejé de tener control sobre mí. Fue alucinante. La dependencia emocional desapareció, la serotonina salía despedida a raudales por mis poros. Fui feliz, a pesar de no saber si saldría de aquella. 

El hombre me miró como solía hacerlo cada miércoles: con la mano derecha bajo la barbilla y una ceja arqueada.

—No me arrepiento. 

<< Las calles daban vueltas y escuchaba un sonido intermitente, parecido al de un teléfono comunicando. Empecé a cantar.

"No recuerdo una anti-historia mejor... de contenido incierto."

Él reía mientras me agarraba de los brazos. con los ojos achinados y la mirada perdida. 
Hablaba de la felicidad efímera y sus consecuencias, pero reía.

"Y alzo el vaso más vacío que yo... lo elevo hacia el infierno."

Algo se estaba muriendo en las calles mientras nosotros cabalgábamos como bestias narcóticas, olvidando el mundo.
Pero fui feliz. >>



El hombre levantó el bolígrafo.

—Ya.

—Creo que puedo ser feliz.

Él me miró de reojo, se acomodó en su sillón.

—¿Te consideras dependiente?

Sonreí.

—¿De qué estamos hablando?

Calló.

—¡Soy dependiente de la felicidad!

El hombre se levantó y me tendió un libro rojo.

"Autoayuda", leí.

—No voy a domesticarme. Quiero convertir las rectas en curvas. Sería una mezcla de beata y ramera. Una chica de la noche eterna. Una ilusión de los días no vividos. Quiero nacer y ser el hambre invisible.

El hombre rió.
Yo me desplomé.



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