jueves, 9 de octubre de 2014

Hazme un guiño y sigo todas tus señales.

"Baby, get back"

Como el día que nos conocimos, ¿recuerdas?

Yo con aquel dichoso mono y sin pedirte por vergüenza. Bebías de aquella botella de vidrio verdosa como si la vida se te estuviera disolviendo en las burbujas. Me limitaba a mirarte de frente, maravillado, escuchando la reverberación de tus cuerdas vocales al soltar una carcajada.
Pobre de mí. Eras la tristeza con el pelo más largo que había visto nunca y bailabas las canciones de los Soprano con los ojos cerrados, como una cuba, ajena al resto de idiotas que te miraban de reojo.
Alguien me ofreció un porro y me lo llevé a la boca, sin pensar, todavía observándote.
No fumaba.
Y sin embargo ahí estaba, absorbiendo aquella mierda para que me mirases, para que al menos te percataras de que allí estaba, jugando con el humo en la boca, presumiendo de ser un tipo extraño con vicios inadecuados y ganas de ser un títere.

Había escuchado de ti que te gustaba volar.
Te recordé entonces, con un par de años menos, bebiendo la cerveza más rubia de la ciudad, enseñando el corazón (el dedo y el alma a partes iguales) a todo el que se atreviese a llamarte cría, sentada en un taburete alto, dominando todo aquel tugurio como un halcón expectante.
Te relamías los labios después de cada buche, como en aquel precioso y preciso momento. Quise de ti lo que querías enseñarle al mundo pero te aterrorizaba perder.
Quería morderte tres mesas detrás de ti.



Dejaste de reír y saliste de la habitación. Otro par de imbéciles siguieron tu culo con la mirada.
Me adelanté, mareándome al abandonar el suelo. Te agarré el brazo en el pasillo y te pedí un beso.
Me reí. A mi alrededor todo daba vueltas.
Quise morderte delante de ti.
Dejé de sobreactuar cuando comenzaste a llorar.
Me gritaste.
No nos conocíamos.
Y lloraste, llamándome maldito capullo pajillero de mierda.
Acentuaste aquel "mierda" de una forma preciosa.
Te abracé y te canté un cacho de aquello que guardaba para ocasiones especiales, como un idiota. Como los demás que esperaban fuera, esperando un hálito de ti.

Me dejaste la camisa manchada y el corazón empapado de rímmel.
Me pegaste y te largaste de allí, drogada y muerta de miedo, meneando la vida al ritmo de tus pasos.
Pensé en correr hacia ti y besarte.
Luego no pensé.

Aquella noche acabé borracho, escuchando a los Soprano y masturbándome en la cama de siempre, mientras gritaba nombres de mujer, buscando alguno que encajara con aquella mirada de muñeca de trapo usada.

Se me olvidaba que en los finales exageradamente tristes nunca hay protagonistas.

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