martes, 14 de octubre de 2014

Casi sin querer.

No sabía ya si era agua o cerveza lo que me recorría los labios.

Lucía el vello de la nuca erizado, preguntándome si noviembre le habría metido mano a todo esto o si, por el contrario, no era frío, sino un torrente de vida lo que suplía mis parpadeos por espasmos y me impedía mantener la compostura con su pecho frente a mí.
Se inclinó y me mordió el cuello. Su declaración de intenciones me obligó a soltar un rugido sordo que parecía decir "si decides parar acabaré empujándote yo".

La humedad de mi boca recibió con una oda a su lengua, en mitad de una melodía de violines y tubas, como ocurre con el buen jazz y las noches de verano borrosas que tuve que aprender a dejar atrás para no morir entre remordimientos.
Obligó a su mano a enredarse en el largo de mi pelo mientras el ritmo de aquel beso se volvía rebelde y paulatinamente menos constante, más salvaje, más instintivo.

Y nos pasó lo que les pasa a las bestias.

El descontrol, con una contradicción poética de las que a mí me gustan, tomó las riendas de su canibalismo y mis maullidos persas, meciendo la noche en un colchón raído, iluminado entonces por mi ingenuidad y su no tan casual pérdida de conciencia.

Tomaba de mí sin reparo lo que le placía, volviéndome a mí más burda y primitiva y, sin embargo, más mujer a cada amago de grito. Él sonreía al verme atada a sus muñecas, sin escapatoria y esclavizada a él, al gusto de los vaivenes de su lengua en mi lengua, con su curva insistente dibujada en la cara en la cual podía leerle los subtítulos: 
"Y aún no hemos empezado".

Una ola de energía me sacudió por dentro desplegando una onda tan intensa que él pareció percibirla.
Me desnudó aplicando sobre mí el magnetismo de sus labios, jugando con la ilusión que yo ponía en alcanzarlos, zafándose y fundiéndose luego en mí entre risas malévolas.
Estaba en su círculo, en su núcleo y lo sabía.
Podía haberme matado y lo sabía.



La desnudez me hizo abandonar durante unos segundos la embriaguez del vodka y ubicarme sobre su torso desnudo, pero pronto sus colmillos se encargaron de facilitarme la vuelta al mundo de su erotismo extraterrenal.
Se quedó allí y succionó de mí hasta que creí haberme dejado el corazón en su garganta, pidiendo a gritos que le pagase el rescate con la lentitud del amor a las cuatro de la madrugada, a cuatro patas, con las puertas del alma abiertas y un cartel que señalara: "tómalo todo y regresa mañana a devolverlo".
Y así se lo ofrecí, más gata y más humana que nunca, desgarrando con las zarpas cualquier trozo de carne que se quedaba a descubierto, buscando limarme entera con los rotos de su voz y el ruido de los muelles contando asaltos.

Me zafé de él y lo embestí. Y él, cambiado el rol de héroe por el de víctima de una fiera, se dejó hacer. 
Pedía más, pedía lento, pedía fuerte, pedía y pedía. Los pensamientos se escapaban de su mente y llegaban hasta mí en una frecuencia nueva, arrolladora y exuberante que me llenaba a mí de su placer.

Volvió a violentarse él cuando sabía que estábamos cerca del fin. Se puso en pie y me empotró contra la madera vieja de un armario que sirvió como testigo de la brutalidad del ser humano dominado por la noche y el deseo constante de lo que creía que sería amor barato.
Bebió de mi humedad haciéndome música y volviéndome creyente, alabando al cielo y a cualquier dios que pasase por allí y sonriese al palpar mi euforia.
Y llegó.
Intenso como una descarga y apetitoso como el calor del voltaje, estremeciéndome y arrancándome un suspiro de mil hercios, doblegándome y devolviéndome del cielo a los límites de la realidad.
No terminé de suspirar cuando me clavó la estaca y volví a ascender.
La energía se transformó en un bucle intenso y uniforme del que necesitaba y al que recurría cerrándo los ojos.
Empezamos a ser uno y todo el mundo dejó de tener significado completo.
Levitábamos a la vez, pedíamos a la vez, recibíamos a la vez.
Nos fundimos y nos convertimos en aquello que creo debe ser el significado de la vida.
La felicidad.
Fuimos felicidad desnudos y con las gargantas rotas, mojándonos de algo tan abstracto que aún hoy me cuesta recordar sin querer morir para olvidar que no volverá a suceder.

¡Qué cantidad de palabras complejas para explicar un polvo!
Pero qué polvo.
Me hizo el amor más sucio que recuerdo, tan lleno de metáforas que, si alguno de vosotros pudiese entenderme algún día, os olvidaríais de buscar la felicidad en los cajones vacíos de los veranos muertos.



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