miércoles, 24 de julio de 2013

Tan negro como el gris.

"Mis alas no dependen de tus brazos".
O eso decía. 

Recuerdo la primera vez que le vi. En aquel momento, podría haber alcanzado sus labios con el meñique de mi mano izquierda; podría haberme hecho estremecer con solo un hálito, un gesto o un latido. Todo a mi alrededor parecía ser la más tonta de las ficciones, tan pequeña e insostenible comparada con el ardor de aquellos ojos. El mundo giraba, y yo solo podía agarrarme inconscientemente al débil hilo del que pendía de su alma.
Entonces supe que él no estaría más.
Porque así hubo de haber sido. Sabía que ese momento había sido creado para destruirse varias miradas después. Él también lo supo, y sin embargo, no titubeó un solo instante al regalarme un último atisbo de luz de su iris. E intenté no volver a respirar.
Aún hoy en las noches frías me pregunto si habrá vuelto a mirar a alguien así. No siento rabia, ira ni celos. Quizás solo un poco de dolor. Quizás porque puede que haya sido la última vez.
Su pupila dilatada, siempre seguirá en mi presente.

'Los ojos encharcados de un alma hecha trizas.'

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