domingo, 18 de diciembre de 2011

C'est la vie.

"¡Que me da igual que sean una, diez o mil quinientas ochenta y tres las veces que le oigo respirar! ¿Saben ellos acaso la gracia y dicha que provoca el mínimo movimiento de sus músculos? ¿Han contado ellos el número exacto de arrugas que se forman torno a su sonrisa? 

Nunca podrían comparar el roce de su boca en la nuca con cualquier elemento vivo. No dudarían, ni llorarían, y aclamarían al cielo por cada vez que su boca produce un sonido. Y después, les pasaría lo que a mí.

Que lo echarían de menos, aunque no lo conocieran.

Rogarían cada tarde por el mínimo atisbo de su risa. Esperarían eternidades, y en el primer segundo en el que reconociesen sus rasgos, les sucumbirían las ganas de vivir. Sentirían el remolino de sensaciones que provoca su voz, y experimentarían sus retazos de locura como humo de primeras caladas en su aliento. 

Rezarían a dioses en los que nunca creyeron por no morir antes de haber llorado palabras desde la primera hasta la última letra de su abecedario. Y más tarde, aprenderían a crear música a base de pulsaciones por minuto, con el tempo de cada hora que pasaran sin él. Y serían canciones infinitas, que empezarían a la mitad para que el final fuese como el principio. 

Se volverán adictos de una droga temporal, con dosis incalculadas y efectos secundarios en forma de cicatrices. Pero les aseguro, que preferirán haber olido una sola vez su aroma, un solo beso de sus labios y una última caricia de sus manos, que toda una eternidad sin él."




Atentamente: su mitad.



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