domingo, 13 de mayo de 2012

Venas con humo y palabras.

Hoy no quiero empezar por el principio. Me gustan más los finales, por eso de que el tiempo es demasiado efímero, y yo estoy creciendo demasiado deprisa. Por eso quiero asegurarme de acabar en un banco con sueños esparcidos y tus huellas dactilares en el torso de cada minuto.
Quizás no sabes lo jodido que es mentir a todo un universo para que luego vengas tú y lo estropees todo.
Porque a ti no podría mentirte, y yo me detesto cada vez que reconozco que mis heridas de guerra se han acostumbrado a la sal de tus besos. Al dulce escozor de la piel enlazando noches. Y días. Y besos. Y versos. 

Qué sé yo, puede que todas mis cuentas pendientes se hayan revelado en estos tres minutos de canción. O que corazón rehaga su coraza cada  vez que recuerda el color de mis ojos la última noche que estuve entre tus versos. Demasiado vacío condensado en recuerdos en los que faltabas. En todos y cada uno de ellos, estaba ese hueco de mi cama que sabes que detesto. 
Y eso es algo que yo nunca podría contarte.
Entonces no podría definir lo que es tener un agujero negro en la boca del estómago sin llorar, y sé que a ti no te gusta verme llorar. 
Que no lo soportas.
Ni todas esas noches que tú no sabes y no puedes recordar, en las que me quedaba horas en tu espejo, pintando poemas con lágrimas de esas que luego digo que no existen. Y el dolor de tus acordes golpeándome el pecho, cuando ese espejo se rompía y producía cortes de alma por minuto. Con las manos heladas, ese corazón de segunda mano y trozos de cristal con tu reflejo. Y no te veía en ninguno de esos momentos.

- Ana, se ha ido. 

Porque tampoco sabes que tengo montones de cartas para ti en meses de ternura incompleta, escondidos en ese rincón de mi pared que esperaba que volvieras. Ni que lloraba cada vez que me llamaban tonta  por haber pasado treinta y ocho días y medio (sí, los he contado) en el rincón de tu ausencia, escribiendo por si volvías.
Y tú sin saberlo.

Con cuatro millones de muros invisibles. Y yo los odiaba, porque tú no los necesitabas. Porque podías pasar por mi lado y no llorar.
Se te daba bien rasgar almas con las púas de los pelos de punta de mi nuca.  
Y eso es algo que nunca podré olvidar. 

Y que hubo veces en las que deseé no pertenecer a este todo. Hubo veces en las que lloré demasiado. Hubo versos que no debí escribir, y noches de borrachera y resaca de lágrimas sabor vacío. 
Y tan vacío. Tan vacío... 
Aparté victorias de cervezas que ya no colocaban si no llevaban pedacitos de ti en mi boca, en noches de esas, de insomnio y escuchar retumbar los muelles de la luna. 
Una.
Otra. 
Otra vez.
Un día la rompiste, y no volvió a haber luna conmigo.
Y nunca más volví a dormir, porque tú no estabas para decirme que me querías.
Porque ya no me querías.

Y yo soñaba que sí.





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