martes, 23 de octubre de 2012

Nuestra jodida realidad.


Yo le he visto los ojos al miedo.
Sé por qué no aúlla, ni por qué ya no cree en la pasión de las noches de Julio. Sé también de que color se viste en las madrugadas y por qué cuando escampa recurre al vació como único amante.
Sé por qué discurren por las dunas de sus mejillas cada pedazo de nostalgia con sabor salado.

Consecuente ahora de todas las vidas que ambos compartieron, se dispone a regalarle en estas líneas los últimos alientos de esperanza que resuenan en el eco de su pecho.
Y dentro de su coraza, guardados sus últimos gramos de morfina, por si al regresar recuerda que todo fue mentira.
Mentira, una vez más.

Entonces, y solo entonces, sé que volverá a sepultar sus razones sin mañana, condenadas a una eterna espera; aún agonizante, en una efímera existencia de tres latidos, cuya hemorragia jamás podrá detener.
Y amarrado a su destino, un trozo de papel en el que grabará por siempre el escozor del fónico sonido del amor pasivo. Amor latente. Amor cohibido.

El suspiro de todo este silencio hace que su voz enmudezca.  Como invierno, como el alma.
Se hace pequeña, distante y fría; envuelta en la niebla que cubre cada palabra sin destino propio. Como el último náufrago que a pesar de querer perecer en vida, aún conserva un álito de esperanza guardada en su interior.



Yo le he visto los ojos al miedo.
 Y puedo prometerte que es la imagen más triste que jamás hayan encarcelado mis pupilas.

La impotencia de solo poder retratar con sangre las dolencias del alma, cuyas ojeras se han cansado de esperar en vela, clama al cielo cada noche, porque Cronos vuelva a visitarle y arraigue en él su semilla.
Y que con ella sus latidos dejen de resonar como el tic-tac que apresura a cada instante la muerte del corazón.

Pobre miedo.
Pobre y triste espera.

Aún aquí escucho a lo lejos el sonido de tus ecos de agonía. Yo te espero tumbada sobre mi lecho de vida latente, a que por fin decidas compartir tu soledad.
Te ansío, suplicio constante. Haz de mí esa llama, que jamás se apague en el fogoso abrazo de su hálito. De sus labios. De su cuerpo.

Yo le he visto los ojos al miedo.
Y creédme cuando os digo, que jamás he visto algo tan triste y hermoso como su esencia.



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