viernes, 20 de julio de 2012

Cuanta dos, y dime basta.

Primer susurro de la noche.
Su cuerpo, ya entumecido, cede a cada caricia que su boca le ofrece. Lentamente, escruta cada rincón inexplorado de su esencia, de su más íntimo paraje. 
Piel pálida, suave; y con centímetros de dunas insondables, como desiertos de arena en un mar de poros. Terciopelo color arena, le llamaba.
Perfectamente desconocida.

Aquello fue todo un accidente oportuno, surgido de algo llamado desenfreno.
¿Te cuento un secreto? En realidad, yo esto ya lo he vivido. Hace mucho, mucho tiempo. Quizás en alguna otra vida pasada, donde tenía los ojos color acero, y yo podía cazar cada pestaña con un ligero disparo de corazón.
Pium, pium.

-Lamento terriblemente mi error. Nunca quise hacerte tan indispensable.

A la tercera caricia y media sus dedos ya saben a menta y canela molida. Y un toque de lima que no me deja respirar. Sabor antaño, sabor nostalgia. Hay un resquicio en la puerta por donde entra un poco de luz, y transforma su perfil en algo sumamente perfecto. 

"Fuimos tan deprisa."


Recupero el aliento y observo cada trazo con pulcritud, buscando alguna imperfección en este momento, en este preciso instante. Sus piernas dibujan un equitativo equilibrio casi impactante, donde cada línea se convierte en otro mundo. Y yo me dejo, y navego por cada mar de miradas que su iris me ofrece.
Sedienta; exhausta.

Camino despacio, para llegar antes.
Cierro la puerta.
Cierro los ojos.
Respiro.

"¿Cómo pudimos hacernos esto?" 



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