sábado, 16 de julio de 2016

Tréboles.

La parte bonita fue verlo allí, con la calma propia del anticipo de la tormenta y los ojos bañados en el cielo de otro mundo. Automáticamente sentí un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. El aliento y su vaho era más pálido que en ninguna otra época del año. La ciudad entera bailaba con el castañear de sus dientes en una melodía helada y armónica que me hizo sonreír sin apenas percibirlo. En ese momento pensé que todos los comienzos de todas las historias deberían empezar así, con la sonrisa congelada de quien sabe que va a llegar a amar mucho.

Te vi en algún lugar, en algún momento de mi vida en el que mi mente estaba demasiado ocupada para saber que algún día decidirías arriesgarte por mí. "Como si ya te conociera". No es la primera vez que lo escucho, pero la línea semicurva de tu boca tiene un drama nuevo.

Suspiro siempre después de escribirte, como si aún no te hubieras atrevido a besarme. Pero ya son muchas las noches en las que venzo sobre el mundo cuando me hago amor contigo. También me haces planes de presente, sin miedo y sin vergüenza, con tu risa traviesa de "sin querer pero queriéndote".
Creo que siempre me quedará la duda de qué nos habría pasado si no hubiera decidido ser valiente. Me voy a quedar con la duda de si habrías vuelto a saludarme, sin dos besos, sin café y sin probabilidad. Sin ley de gravitación, ni atracción universal.
Ahora me escuchas como si la locura fuera una canción nueva que solo me pertenece a mí y que serías incapaz de arrebatarme si yo no te la ofreciera con el alma abierta antes.

Debería haberlo visto mientras conducías:
El hilo rojo, tu instinto y mi nueva buena suerte.

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